‘Veredicto’, de Ane Odriozola

Hay una pregunta que parece sencilla hasta que somos nosotros quienes tenemos que responderla: ¿qué es peor, dejar libre a un culpable o enviar a prisión a un inocente?

Ane Odriozola construye Veredicto alrededor de ese dilema y consigue algo especialmente interesante: que no contemplemos el juicio desde la cómoda posición del espectador. Aquí también nos toca decidir.

Laia Ortiz regresa a San Sebastián y es seleccionada para formar parte del jurado popular de un caso que ha despertado una enorme expectación. Borja Miranda ha muerto y todas las miradas apuntan a su compañero de piso, Lander Foronda, hijo de un poderoso constructor donostiarra relacionado con un escándalo inmobiliario. Hay motivos, sospechas y suficientes elementos para que resulte tentador construir una conclusión antes incluso de escuchar todas las pruebas.

Pero Veredicto juega precisamente con eso. Con nuestras certezas. Con la facilidad con la que creemos haber entendido una historia cuando apenas conocemos una parte de ella. La defensa de Lander introduce una posibilidad que cambia las reglas del juego: ¿y si el asesinato estuviera relacionado con un antiguo asesino en serie? A partir de ahí, cada nueva información obliga a revisar lo anterior.

Y esa es probablemente una de las mayores virtudes de la novela. Odriozola convierte al lector en un miembro más del jurado. Escuchamos testimonios, conocemos pruebas y observamos las estrategias de acusación y defensa mientras inevitablemente vamos tomando partido. Unas páginas después dudamos. Luego volvemos a estar seguros. Y vuelta a empezar.

El componente judicial aporta tensión, pero Veredicto no se queda únicamente en descubrir quién mató a Borja Miranda. También habla de prejuicios, de poder, de las primeras impresiones y de la enorme dificultad de separar los hechos de aquello que queremos creer. Porque nadie llega completamente limpio a un juicio. Todos cargamos con experiencias, simpatías, antipatías y convicciones que condicionan nuestra forma de mirar.

San Sebastián vuelve a proporcionar a la historia una personalidad propia y la trama avanza con buen ritmo, administrando la información sin necesidad de recurrir continuamente al giro imposible. Hay misterio, investigación y secretos, pero también personajes con suficientes claroscuros para mantener viva la duda.

Veredicto funciona muy bien como thriller judicial porque consigue que queramos saber qué ocurrió, pero funciona todavía mejor cuando consigue algo bastante más incómodo: hacernos desconfiar de nuestro propio criterio.

Una novela adictiva, entretenida y con un planteamiento que invita a jugar mientras leemos. Porque podemos cambiar de sospechoso todas las veces que queramos. Por suerte, nosotros no tendremos que levantarnos al final y pronunciar el veredicto.