Estuvo a punto de desaparecer para siempre en los fríos archivos de una corporación, pero ha logrado llegar a las salas. ‘Coyote vs. Acme’ trasciende el regreso de los Looney Tunes para firmar un ensayo brillante sobre el fracaso, la persistencia y el mito de Sísifo entre yunques y explosiones.
¿Quién le iba a decir a mi yo de la infancia —ese que alucinaba cada vez que pisaba el Parque Warner— que a los 24 años seguiría riendo, llorando y emocionándose en una butaca de cine gracias a los Looney Tunes? Hay personajes inmunes al tiempo porque, de alguna manera mágica, detienen nuestro propio reloj biológico cuando volvemos a encontrarnos con ellos. Clásicos como Looney Tunes: Back in Action o la primera Space Jam cimentaron mi infancia, compartiendo panteón con la intocable ¿Quién engañó a Roger Rabbit?: tótems que demostraron la viabilidad de juntar animación y acción real sin pedir permiso a nadie.
Con los años, la esperanza de revivir esa magia en la gran pantalla se fue apagando. Mejor corramos un tupido velo sobre Space Jam: Nuevas leyendas (hay recuerdos que es más sano dejar en el cajón). Parecía que Bugs Bunny, el Pato Lucas y compañía estaban condenados a ser una reliquia nostálgica. Hasta que, contra todo pronóstico, apareció Coyote vs. Acme.
Y reconozcámoslo: ninguna otra película podría haber resultado tan apropiada para sobrevivir a semejante odisea.
El chiste que se escribió solo
La historia detrás de Coyote vs. Acme parece salida de un guion de los propios Looney Tunes. Piénsenlo. Una película sobre un coyote que lleva toda su existencia pleiteando contra la corporación que fabrica los productos destinados a destruirlo, termina enfrentándose, en el mundo real, a los intereses de una de las mayores compañías de entretenimiento del planeta.
Tras años de incertidumbre, la cinta parecía abocada a coger polvo en los almacenes de Warner. Que hoy finalmente podamos verla convierte su existencia en un chiste metatextual involuntario: el Coyote luchando contra Acme en la ficción, y una película sobre el Coyote luchando por existir en la realidad.
Lo verdaderamente extraordinario es que Coyote vs. Acme funciona de maravilla sin necesidad de conocer su accidentado making-of. Es, por encima de todo, una comedia redonda.
El director Dave Green entiende la regla de oro: a los Looney Tunes no hace falta reinventarlos, modernizarlos ni pasarlos por filtros contemporáneos. Solo hacía falta recordar por qué funcionaban en primer lugar. La película recupera la lógica cartoon —absurda, física y desvergonzada— que convirtió a estos personajes en iconos. Hay persecuciones, explosiones, accidentes imposibles y una avalancha de gags visuales ejecutados con un ritmo calcado al de los mejores cortos clásicos.
Sísifo con un cohete en la espalda
Y en el centro del huracán está él. El Coyote.
Resulta fascinante ver cómo un personaje cuyo único propósito vital se reducía a perseguir a un pájaro del desierto, acaba sosteniendo una historia de semejante peso emocional. Detrás de la comedia, el Coyote siempre ha escondido una figura profundamente trágica. Sabemos que va a fracasar. Sabemos que el cohete le explotará en la cara, que el precipicio no estaba donde él creía y que la marca Acme terminará pasándole factura. Lo sabemos antes de que ocurra. Y aun así, no podemos apartar la mirada.
Ahí es donde entra Sísifo.
El mito atraviesa Coyote vs. Acme de forma descarnada. Como Sísifo empujando su roca, el Coyote está condenado a repetir eternamente una tarea inútil. Cada día vuelve a empezar. Cada nuevo plano dibujado en papel milimetrado esconde la promesa ingenua de una victoria. Y cada vez, la montaña vuelve a caer sobre él.
La película capta la esencia de la lectura que Albert Camus hace del mito: la victoria no consiste en coronar la cima, reside en encontrar un motivo para seguir empujando la piedra al día siguiente.
Coyote vs. Acme no convierte esa idea en una de esas moralejas liberales facilonas de «si trabajas lo suficiente, conseguirás tus sueños». No. Aquí se puede perder. Es más, se va a perder. Fracasarás, harás el ridículo y caerás por el barranco dejando una patética nubecita de humo. La heroicidad está en el simple acto de levantarse.
El monopolio y el coyote
No se puede pasar por alto el misil en la línea de flotación que la película lanza contra el turbocapitalismo moderno. Acme no es solo una fábrica de yunques; es el retrato perfecto del monopolio corporativo desregulado. Una empresa que inunda el mercado con productos defectuentos, que maximiza sus beneficios a costa de la seguridad de sus consumidores y que, cuando se le exigen responsabilidades, despliega un ejército de abogados trajeados para aplastar al individuo. En este ecosistema, el Coyote deja de ser un simple depredador hambriento para convertirse en el último eslabón de la cadena de consumo: el ciudadano alienado y ninguneado que choca, una y otra vez, contra el muro de hormigón de una corporación a la que no le importan ni su vida ni sus quejas.
El arte de saber perder
Ahí late el verdadero corazón de la cinta. Debajo del humor físico y del talento del Coyote para la autodestrucción, asoma un relato desarmante sobre la amistad, la perseverancia y la resistencia frente a un sistema diseñado para aplastarte. Llega un momento en el que olvidas que estás viendo a un dibujo animado; sencillamente, te importa lo que le pase.
Y sí, lloré.
Arrancar lágrimas sin recurrir al drama fácil es un milagro. La emoción te asalta al darte cuenta del verdadero truco de magia: de repente, descubres que te importa profundamente alguien que durante décadas solo había existido para recibir un yunque en la cabeza.
A este logro se suma el tremendo potencial cómico de enfrentar esta sensibilidad con una trama de abogados, tribunales y corporaciones. El resultado es una parodia de los thrillers judiciales filtrada por la anarquía de los Looney Tunes. Una combinación imposible sobre el papel que en pantalla resulta magnética.
Hay una ironía deliciosamente poética en todo esto. El arte, una vez más, adelantándose a la realidad. Por eso Coyote vs. Acme acaba siendo mucho más que un ejercicio de nostalgia.
Es una película sobre perder. Sobre perder una demanda. Sobre perder una batalla. Sobre que el plan vuelva a salir mal. Sobre ser el Coyote en un mundo lleno de correcaminos con la suerte de cara.
No hay aquí una pantomima liberal de «intenta y conseguirás». Hay algo más honesto: intenta, pierde, ríete de la caída y vuelve a intentarlo. Quizá la vida consista exactamente en eso. En seguir empujando la piedra asumiendo que volverá a rodar hacia abajo.
Por eso resulta tan hermoso que una película desahuciada haya logrado colarse en la cartelera. Que una historia sobre el mayor perdedor del cine haya cruzado, por fin, la línea de meta.
Esa es la broma final de Coyote vs. Acme.
El Coyote siempre pierde. Pero esta vez, contra todo pronóstico, ganó.
Y sí, definitivamente, eso basta para imaginárnoslo feliz.
Estuvo a punto de desaparecer para siempre en los fríos archivos de una corporación, pero ha logrado llegar a las salas. ‘Coyote vs. Acme’ trasciende el regreso de los Looney Tunes para firmar un ensayo brillante sobre el fracaso, la persistencia y el mito de Sísifo entre yunques y explosiones.