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Nuestra línea de fuego cultural

De la cantidad de novelas que se publican cada año, la gran mayoría no son más que panfletos escritos por borregos que buscan aplausos fáciles. Luego hay otras que nacen desde el amor a la literatura por parte de autores que anteponen sus principios a los de la mayoría. Y el tercer grupo, el importante, está formado por aquellas que se convierten en clásicos instantáneos imposibles de criticar de un modo razonado o lógico.

Y el que es listo sabe diferenciarlas.

Vivimos, por desgracia, dentro de una burbuja social en la que es más sencillo no pensar y tragar con lo que todos te dicen que deberías leer, ver y oír, y eso hace que se olvide lo más importante de todo: pensar.

Aquellos que buscan caricias perrunas en acciones dirigidas en fila india en dirección a un precipicio donde, al fondo, les espera el mayor de los olvidos, sinceramente, no me provocan ninguna sensación. Cero.

Y no porque sea un insensible o alguien que disfruta viendo sufrir a los demás (aunque si nos ponemos a identificar a algunos de esos “demás”, en muchos casos creo que daría palmas con una sonrisa de oreja a oreja), sino porque a estas alturas del juego, y teniendo en nuestras manos un modo sencillo de contrastar información o simplemente leer, aquellos que deciden reventarse la cabeza contra la pared solo por anteponer el miedo a que te señalen con la libertad, pues bien jodidos están.

Adiós.

Y ahora le toca al gran don Arturo Pérez-Reverte y a su última obra Línea de fuego (Alfaguara) recibir los insultos de esas ratas, como él las ha llamado muy acertadamente, a raíz de su último libro, al que considero una verdadera obra maestra de la literatura escrita en español.

La piara está acostumbrada a mentiras sobre nuestra historia, a escuchar solamente lo que los acomplejados revanchistas les han contado que vivieron o vieron con más victimismo que sensatez o verdad, y claro, estas ganas de seguir teniendo una razón que jamás tuvieron les lleva a tachar de varias cosas inexplicables (no porque no se pueda hacer, si no porque los que las escupen son incapaces de explicar su origen, demostrando así su nulo nivel intelectual) a obras que muestran dos bandos, dos enemigos, sin tener la osadía de decir quién era el bueno y quién el malo; cosa que en nuestra Guerra Civil nunca pasó, pues solo había hermanos contra hermanos.

¿Que hubo atrocidades por parte en el bando nacional?, claro, y también las hubo muy crueles en el republicano, aunque les escueza a los más idiotas.

Porque en las guerras (excluyendo obviamente la segunda mundial) nunca hay buenos ni malos, ni asesinos o víctimas: solo hay, en el peor de los casos, hijosdeputa contra hijosdeputa.

¿Que había buena gente luchando, gente que no merecía lo que le pasó?, también, y gente noble, o con verdaderos ideales, o que murieron heroicamente, pero, repito, en ambos bandos.

Eso es justo lo que muchos no pueden tragar y les cuesta entender, pues si se atrevieran a hacerlo todo su castillo de naipes ideológico se derrumbaría, convirtiéndoles en gente sin enemigos, sin una lucha, sin un grito de guerra.

En definitiva, y según ellos mismos, se darían cuenta de que son tontos útiles para que otros alcanzasen la gloria, y después, según el plan, directos a la basura.

Ese estúpido buenismo que corroe a nuestro mundo, porque ya es algo global, nos ha cegado ante la verdad oculta en nuestro pasado, del que no aprendemos, y del tipo de futuro que estamos construyendo, obligándonos a no tener en cuenta los movimientos de ajedrez que las altas esferas perpetran ante nuestras narices.

Porque cuando pasan cosas como las quemas de iglesias en Chile, la decapitación de Francia, o que en Bolivia vuelvan a ganar una elecciones aquellos que están liderados por un hombre que tuvo un hijo con una menor de 15 años, todo sin que nadie se lleve las manos a la cabeza, sin que un alma dé un golpe sobre la mesa, es que algo no marcha bien. Algo definitivamente no va bien.

Tenemos un país invadido por personas que viven en hoteles de lujo y se bañan en piscinas privadas en Canarias, mientras la economía del lugar muere; tenemos rebrotes en toda España por culpa, entre otras muchas cosas, de una gestión gubernamental que solo busca convertirnos en la nueva Venezuela a base de empobrecernos hasta el punto de que no tengamos el valor de plantarles cara; tenemos una televisión y unos medios digitales (la mayoría) devorados por los sobornos, y que no hacen más que engañarnos días tras día para transformarnos en pollos sin cabeza incapaces de agruparnos contra el enemigo común. Pero, ¡ojo!, que no se os olvide atacar el último libro de don Arturo Pérez-Reverte, porque está blanqueando a los nacionales o, lo que más gracia me ha hecho, tachar a los de un bando de algo que no fue.

Todo esto sabiendo, o eso espero, que la obra es de ficción; lo pone en la primera página… esa que la mayoría ni habrá superado a la hora de leer la novela.

Hacen falta autores que nos hablen de temas con sinceridad, con inteligencia y sin miedo, pero sobre todo hace falta una sociedad que sepa cuál es el viento contra el que hay que andar, contra el que hay que lanzar nuestra críticas, porque en cuanto todos perdamos el norte en este aspecto estad seguro que no va a haber manera de volver atrás.

Pero, ¿qué sabré yo? 

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