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‘El instituto’ de Stephen King

Stephen King nunca ha dejado de ser Stephen King

por Manuel Gris

Hoy voy a hacer algo que creo no se ha hecho antes y que no se debe solo a que me apetece romper un poco las reglas sobre las reseñas literarias, en parte, sino a que llevo con ganas de escribir sobre la última novela de Stephen King desde que superé las 100 páginas.

Allá va: voy a hablar de un libro del que me quedan apenas 100 páginas.

¿Y de dónde vienen esas ganas viscerales a escribir sobre el genio de Maine?, ¿Por qué mis ansias de teclear no pueden esperar los dos viajes en tren que me quedan?, fácil: es una novela TAN BUENA que necesito decirlo a los cuatro vientos de una vez.

¡ES BUENÍSIMA!

Si todavía estáis aquí y confiáis en mi criterio a la hora de hablar de una novela que no he terminado, os invito a sentaros con calma y entrar en la cantidad de alabanzas que van a empezar a cubrir cada una de las líneas que vienen a continuación.

Allá vamos.

Para empezar hay que especificar que, como nos tiene últimamente acostumbrados, esta novela no es de terror. O al menos no del que el maestro inventó hace años y que fue su seña de identidad hasta que se atrevió a salir de esa etiqueta.

Por eso me molesta un poco la forma que tienen algunos medios de venderla, algo así como el King más terrorífico ha vuelto. Nanai.

En El Instituto nos encontramos a un Stephen King que ha vuelto a hacer lo que mejor se le da de un modo tan fluido y perfecto, tan lleno de detalles y de personajes y situación que te dejan sin habla, que no creo equivocarme si digo que el gran King lo ha escrito mientras sonreía todo el rato, sabedor de lo grande que le estaba quedando y lo bien que escribe cuando se centra en temas profundos y crueles en lugar de tratar de hacer libros de thrillers o ciencia ficción.

Aquí, y es como debería haberse dicho en un principio, nos encontramos al Stephen King que todos queremos, el que es capaz de meterte toda la paja del mundo (porque la mete) pero sin que te sobre una letra por la forma que tienen de dártela y lo que se nota que está disfrutando con cada una de las páginas que ha llenado.

Impecablemente construida

Los malos son muy malos, los buenos perfectamente buenos, y todo pasa con una lógica y una tensión difícil de encontrar en muchas de las novelas de hoy en día, centradas en dar piruetas mentales e inventar chorradas que tratan de rompernos la cabeza olvidando que el lector, como tal, lo que quiere es que no le traten de tonto, ni de inculto, ni que le intenten convencer con discursos aburridos, y leer una historia bien escrita, bien narrada, y que no hay una maldita laguna en ningún momento. Ni una (hasta la página 500 no ha habido).

Todos hablan con lógica, se comportan llevados por sus instintos (a veces hacia la luz y otras veces hacia la oscuridad, pero de un modo sensato), y sin dejar en ningún momento de lado las críticas sociales y de la actualidad que también son marca de la casa.

Y es que este inmortal escritor parece más lúcido y centrado, con los ojos más abiertos y con autenticas ganas de escupir a la cara de los falsos, que muchos de los supuestos escritores que cogen la moda de turno, la temática del momento con los personajes más aburridos del mundo, y le colocan con calzador una supuesta inteligente historia esperando que no nos demos cuenta de que está cubierta de arriba abajo de vaselina.

Y encima les dan premios nacionales ¡Increíble!

Por eso, y sin saber si al final se estropeará (aunque esta vez dudo que lo haga) no puedo más que deciros que vayáis directos a por El Instituto. Sin miedo. Porque a veces la única manera de desenmascarar a los payasos de la cultura actual es leyendo de nuevo a los que hicieron en su día que el escribir fuera un verdadero arte.

¿Y no es justo lo que necesitamos en la actualidad?, ¿empezar a ser capaces de expulsar de nuestro lado a los que no sirven ni para reírse de ellos?

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