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Sueño, fuego y culpa

por Elena Rubio Viagel

Barcelona siempre cogía una atmósfera especial cuando comenzaba el verano. Vivía a pie de playa y desde su ventana cada madrugada se dormía oyendo las olas.
Era la noche de San Juan, y las hogueras se habían repartido por toda la orilla, no había apenas hueco entre una y otra. No sabía si bajar y sentarse alrededor de una de ellas o quedarse en casa dándole todavía más vueltas a lo que ya llevaba días pensando.

Se había comprado aquel piso hacía ya un mes, se había ido de compras, había amueblado toda la casa y seguía comprando cuadros, plantas… todo aquello que decorase su apartamento. Tiempo antes, cuando vivían juntos, habían tenido una de sus peores discusiones. Pol era muy impulsivo, y la discusión había subido mucho de tono. Habían sacado cosas del pasado que afectaban a los dos por igual. Irene era tan sensible, que no pudo más y salió de casa dando un portazo.

Se quedó sentada en las escaleras del portal, entraban algunos rayos de sol y le daban algo de calor. Intentó averiguar por qué había comenzado aquella discusión y no supo llegar a una conclusión, hacía ya tiempo que no estaban bien, cada día se reprochaban más cosas y la tensión era inaguantable.

Pasó así media hora, se secó las lágrimas, se hizo un moño despeinado y subió decidida las escaleras hasta llegar al quinto piso. Llamó a la puerta y no hubo respuesta. Pensó que, quizás, Pol también había querido despejar la cabeza y ordenarse las ideas.
Fue directa a su habitación, se sentó al escritorio y empezó a escribir. Llevaba ya un año y medio con aquel diario, regalo de su tercer aniversario con Pol. Escribía siempre que necesitaba desahogarse y no tenía a ninguna persona a su lado. Era un diario viejo, tenía las tapas negras descoloridas y una inscripción casi borrada en la tapa trasera. Pasó su dedo por aquellas letras doradas y recordó con claridad lo que le dijo Pol cuando se lo regaló:

-¡Va Irene! ¡Cierra los ojos ya! ¿Ya? ¿Seguro? Bien, no los abras hasta que yo te avise. Irene esperó paciente y cuando por fin oyó ese ansiado ‘¡ahora!’ descubrió un viejo cuaderno en sus manos.

-¡No me pongas esa cara! Déjame que te lo explique- dijo Pol cuando vio la expresión de incredulidad que empezaba a aparecer en la cara de Irene- es un cuaderno que llevaba un tiempo en mi buhardilla, nunca lo he utilizado y fue un regalo de una persona muy especial. Ahora te lo doy a ti. Para que escribas siempre que quieras y te acuerdes de mí.

Cerró el diario de golpe y decidió llamar a Pol, había anochecido ya y era bastante tarde. Pensó que no le había querido contestar aquella llamada y abrió el armario para coger su

pijama. Estuvo cerca de caerse al suelo de golpe cuando vio que el lado que enteramente le pertenecía a Pol estaba completamente vacío.
No durmió aquella noche, ni la siguiente, ni la otra. Pasaba todas las mañanas llamándole, esperando oír su voz diciendo su nombre. Las tardes no eran diferentes. Los padres de Pol habían muerto hacía ya una década. Para Irene era imposible contactar con alguien de su familia, puesto que de tener algún familiar, ella lo desconocía totalmente.

Pasó un mes, la primavera estaba a punto de acabar y por fin conseguía dormir ocho horas seguidas, sin despertarse en medio de un sueño en el cual veía a Pol abriendo la puerta de casa. Se vistió con un chándal gris viejo y fue a la cocina, partió unas rebanadas de pan y mientras las ponía a tostar llamaron al timbre. Estuvo a punto de golpearse con la puerta del pasillo, fue tan deprisa pensando que era Pol, que salió como una bala hacia el recibidor. Su desilusión fue enorme cuando vio al cartero sonriente delante de su puerta. Le traía una docena de facturas que llevaba un mes sin pagar. Las recogió con un gesto brusco y le cerró la puerta de golpe.

Empezó a llorar a mares, y en aquel instante toda la incertidumbre y pena que sentía se transformó en rabia. Ahora tenía más ganas de ver a Pol que nunca antes, pero sabía que ya ninguna explicación le sería válida. Sentía tanta rabia que no pudo evitar dar un fuerte puñetazo a la pared, que hizo saltar la pintura de la misma y que se quedó con pequeñas gotas de sangre de sus nudillos.

Se miró al espejo, se daba tanta pena que se puso a llorar de nuevo. Se había abandonado como si su alegría se hubiese ido con él. Había dejado de tomar sus pastillas para el insomnio, ya no comía apenas y cada vez la casa estaba más sucia. Ya ni recordaba la última vez que había ido a la clínica o que había hablado con Lu.

Se puso a ordenar cada habitación y según acababa en una, dejaba fuera de ella cualquier objeto que le hubiese pertenecido a Pol. Retiró sus fotos y todos sus trofeos…
Terminó de limpiar y por fin empezó a sentirse mejor. Ya no esperaba ninguna llamada suya. Y hacía días que ya no veía su cara en cada persona que se cruzaba con ella.

Pasaron los días y el verano estaba llegando, lo notaba en la creciente humedad que había cada día. Una mañana que había decidido salir a despejarse, vio un par de calles más allá de su apartamento un piso en venta. Llamó al momento al número del cartel y unos días después ya estaba terminando la mudanza. Se sentía tan aliviada de dejar aquella casa atrás que sonreía a todas horas.

Aquella mañana se había deshecho de todo aquello que aún conservaba de Pol, porque en el fondo cada mañana esperaba oír el timbre y que fuese él. No podía dejar de quererle, pero quería aprender a que le doliese menos.

Abrió la terraza y al tiempo que se encendía el último cigarrillo que le quedaba de él. Contempló las hogueras durante un par de minutos y se apoyó en la barandilla, respirando aquella humedad que tanto adoraba y dejándose relajar por el pequeño bullicio que había en la playa.

Se puso unas chanclas, abrió la puerta del portal y se dirigió a la papelera a tirar aquella cajetilla de tabaco que todavía guardaba. En una ráfaga de viento se le cayó al suelo y vio como al lado de esta sobresalía un papel. Lo abrió y solo pudo leer: ‘No me digas que hemos vuelto a llegar aquí otra vez. Por favor, llámame. Lo necesitas.’

Se quedó quieta, inmóvil y reconoció en aquella nota la letra de su terapeuta, Lu.
No supo bien qué significaba, no recordaba nada, se quedó en blanco y rompió a llorar. Pasó por su lado una señora mayor, con el pelo canoso, y la ayudó a levantarse del suelo. Apenas Irene le dio tiempo a pronunciar a aquella anciana media palabra que salió corriendo a la playa.

No sabía bien a dónde ir, tenía las ideas amontonadas, e intentó hacer memoria.
De repente le pareció ver a Pol en la tercera hoguera de la playa. Fue decidida hacia allí, pero justo en ese momento, empezaron los fuegos artificiales y el ruido que produjeron de golpe la hicieron perderse en los colores que se reflejaban en el mar.
Había perdido hace ya tiempo la tercera hoguera y estaba caminando por la orilla, se sentó en la arena y siguió contemplando aquel estupendo espectáculo de luz y color.

Estaba tan sumida en sus pensamientos que no oyó que alguien la llamaba hasta que aquella persona se sentó a su lado y le tocó el hombro. Se giró y reconoció a Lu. Lu estaba muy preocupada, hacía semanas que no contestaba a sus llamadas y no entendía nada.

Los fuegos habían terminado hacía ya diez minutos y la gente había empezado a bañarse en el mar. Las olas eran suaves y bajas y refrescaban a todo aquel que decidiera lanzarse de cabeza a la orilla.
Había dejado de oír a Lu y ahora su atención estaba puesta en un grupo de jóvenes que se bañaban y reían a unos cuantos metros de ellas. Vio a Pol entre aquellos chicos, se levantó de golpe y fue corriendo al mar. Gritaba su nombre a pleno pulmón, tan fuerte y con tanta rabia acumulada en su voz, que casi toda la playa se había quedado en silencio.

Se acercó al grupo lo más rápido que pudo pero Pol no estaba allí, se echó a llorar y se dejó caer en la arena mojada de la orilla. Lu fue corriendo donde estaba ella y lo único que la gente de la playa pudo oír fue:

-Irene, cariño, te ingreso esta misma noche. Sé que te has fumado su último cigarrillo, que has visto la nota que te dejé por si recaías y que has dejado la medicación.- bajó el tono de su voz para que nadie más la oyese y le susurró:
– Pero Irene, hace ya seis años que lo mataste.

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