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El olvido

por Iván Albarracín

Ella le había olvidado.

No fue un proceso fácil porque José había sido su gran amor, pero las cosas dejaron de ser maravillosas hacia mucho tiempo. Sin pretenderlo, la pasión fue dejando paso, derrotada, al tedio más absoluto. María empezó a dejar de sentir que su corazón latía con más rapidez cuando se acurrucaba junto a él, fue en ese instante cuando supo que ya no habría vuelta atrás.

Pero su marido, terco como una mula, no iba a renunciar tan fácilmente a perder a la mujer de su vida. Había sido su esposa durante cuarenta años y no iba a dejarla escapar.

Cada mañana, cuando los primeros rayos de sol bañaban sus rostros, él acariciaba su pelo y depositaba en su mejilla el primer beso del día. Ella, sin embargo, apartaba la mirada y actuaba con total indiferencia.

Pese a su actitud indiferente, José no iba a permitir por nada del mundo que nada entorpeciera ese momento. Nada.

Eran muchos recuerdos para querer deshacerse de una historia de amor tan bonita, algunos de ellos poco agradables pero las dichas y desdichas de una vida en común les pertenecían a ambos. Él no se apoderaría de ninguno, no eran de su propiedad, pero no permitiría que cayeran en un pozo.

Oleadas de momentos pasados bañaron la mente de José. Él no iba a hacer como ella y caer en el olvido. Siempre había sido un estúpido soñador y en la última fase de su vida no iba a dejar de serlo.

Los dos se conocieron siendo muy jóvenes. Se criaron en un pueblo diminuto de algún rincón de España, en un lugar perdido que aparecía en los mapas más por una obligación moral de los cartógrafos que por necesidad.

Fue una historia especial, como la gran mayoría de amores en gestación. Miradas inocentes y sonrisas perdidas que un día encontraron respuesta. Toda infancia tiene una parte de sueño, de idealización inmortal porque en esa etapa lejana, todas las aspiraciones humanas permanecen aún sin erosionar.

Fueron creciendo, sabiendo que estarían juntos toda una vida, que los primeros besos y miradas eternas durarían para siempre.

Por fin llegó el momento mágico de la boda, la unión de dos familias completamente diferentes entre sí. Sin embargo, ambas compartían la misma ilusión de ver felices a sus hijos.

Pero los años no perdonan a nadie y mucho a menos a las almas puras. Ellos no fueron ninguna excepción a la cruel norma del tiempo, pero supieron capear el temporal con caricias constantes y susurros sinceros, alimentando día a día esa llama que tanto cuesta de encender y tan poco de apagar.

Fueron llegando los retoños, que, con sus risas y lloros, cambiaron para siempre su forma de percibir el mundo. La magia había vuelto a sus vidas, transformando la realidad imperante.

Los niños fueron creciendo y con el lento pero inflexible devenir del tiempo, los pequeños abandonaron el nido materno, devolviendo a sus padres la juventud perdida.

Después de tantos años, por fin volvían a estar solos, disfrutando de la libertad perdida para poder hacer lo que siempre habían querido. Pero el vigor sexual que les poseyó en épocas pasadas se había desvanecido para siempre. Ahora sólo quedaban miradas perdidas y programas de televisión mediocres.

Algún viaje lograba extirpar la rutina dominante pero sólo conseguía evitar sus efectos durante un período de tiempo perecedero porque la rutina, al igual que una goma elástica, siempre regresaba a su forma original.

José siempre se esforzó por no perder la magia inicial. Intentaba aprender de sus errores cotidianos, maquillando sus pocos detalles románticos con bromas y sonrisas, pero al final no pudo hacer nada.

Ella ya había empezado a olvidarle.

Pese a todo, su mujer nunca quiso hacerle daño, aunque José, sin apenas darse cuenta, había empezado a morir de tristeza. Su sonrisa, la mayoría de las veces, ocultaba una melancolía pegajosa y cruel.

Pero nunca se rendiría. Cada mañana, con los primeros rayos de sol, José acariciaba su larga caballera blanca y le susurraba piropos al oído como si se hubieran acabado de conocer. Poco después deslizaba un beso en su mejilla y le sonreía con picardía, como si los años no hubieran atravesado con saña sus cuerpos.

Ella, mientras miraba fijamente al infinito, conseguía esbozar una dulce sonrisa, como si pudiera recordar quien era, como si el Alzheimer nunca hubiera hecho acto de presencia en esa casa…

Para mis abuelos. Os quiero…

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