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De ningún sitio

No soy de ningún sitio; de ninguno en absoluto.

He tenido la suerte de tener una mezcla tan grande de sangres de diferentes puntos de España que cuando me preguntan de dónde soy, por ejemplo cuando voy a festivales, lo único que considero completamente mío es el barrio donde salía de joven con los amigos y en el que pillé mis primeras borracheras: Poble9 (con el “nou” escrito así). Hay gente que a lo largo de mi vida no ha entendido esto que digo, ni tampoco esta falta de orgullo hacia mi ciudad natal y mi comarca, pero es comprensible cuando se profundiza en lo que fue mi infancia, y lo difícil que me resulto estudiar y aprobar exámenes cuando los profesores no veían con buenos ojos que hablara solamente castellano, o me cambiaban el nombre a Manel, y que no tuviera siquiera un poco de acento tampoco ayudaba mucho, o que hablara de mi abuelo como lo hacía (en la guerra que él me explicaba no había un bando bueno y otro malo, solo había hijos de puta tratando de matarse), y claro, así el único sentimiento que he tenido siempre hacía mi ciudad es la de cierto desprecio y pocas ganas de abrazarla como muchos de mis amigos hacen.

Y después crecí.

De lo que hay algo que sí que me siento especialmente feliz es de que, una vez fuera del instituto, los amigos de verdad que empecé a tener, en su inmensa mayoría, pertenecían a otras ciudades, como Zaragoza, el País Vasco o Andalucía, lo que ayudó a conocer costumbres que muy pocos de mis compañeros catalanes reconocen si no es con un chiste como excusa. Expresiones, fiestas patronales, grupos de música, y un millón de cosas más son las que me he llevado, además de amistades que durarán toda mi vida, de estos hermanos que escogí de adulto y que, sin duda, saben lo mucho que les quiero y todo lo que daría por ellos.

Expresiones, fiestas patronales, grupos de música, y un millón de cosas más son las que me he llevado, además de amistades que durarán toda mi vida, de estos hermanos que escogí de adulto y que, sin duda, saben lo mucho que les quiero y todo lo que daría por ellos.

¿Y en el amor?, bueno, digamos que alguna novia catalana tuve, que me “obligaba” a encerrarme en conversaciones y bares, en costumbres y discursos que hoy en día llenan los periódicos de un modo en el que todos estamos bastante hartos, y eso además de no ayudar mucho a que estuviera cómodo en sus quedadas de Castellers o viendo a grupos como Brams o Els Catarres, hizo que vivieses en mis carnes cosas como la que me pasó en CataLluna, un bar donde el camarero me llamó la atención por pedirle un cubata en castellano (verídico), y conociera a esa Catalunya ruidosa y plagada de odio sin motivo hacia los que, simplemente, pasamos de todo y no nos interesa su lucha, sea la que sea. Por suerte para mí aquello no duró mucho y, de nuevo el destino, me colocó cerca de una maña, con la que he conocido no solamente muy a fondo las costumbres de un pueblo que, junto con el vasco, me parecen los más ricos y divertidos de los que he tenido la suerte de vivir, sino que además me ha contagiado de todas esas cosas que, quizá algo en el fondo, tenía y que, gracias a ella, han salido del todo, con todo lo que eso conlleva.

No soy de ningún sitio; de ninguno en absoluto, y creo que, sinceramente, deberías probarlo alguna vez, y después sonreír.

Por eso digo que no soy de ningún sitio; de ninguno en absoluto, aunque quizá debería poner Tengo la suerte antes de esta frase, porque es lo que siento. Es liberador no tener un lugar por el que luchar con uñas y dientes, sino personas y vivencias, sueños e ilusiones por los que, con la libertad que me da el protegerlos cómo quiero y contra quién me da la gana cuando lo creo oportuno, lo daría todo sin despeinarme siquiera.

No soy de ningún sitio; de ninguno en absoluto, y creo que, sinceramente, deberías probarlo alguna vez, y después sonreír.