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‘Un diván en Túnez’, el psicoanálisis desafía al “Insha´Allah” post image

Un diván en Túnez

El psicoanálisis desafía al “Insha´Allah”

Una mujer joven, soltera y con tatuajes ejerce de Sigmund Freud con fez en una comedia digna de Woody Allen

por Rosa Panadero

¿Volverías a Túnez, donde prendió la mecha de la primavera árabe cuando el precio de la harina subió como el champán?  Sería como participar en Los Juegos del Hambre.

Cuando una puerta se cierra, hay otra que se abre, y eso es lo que ve la psicoanalista Selma (Golshifteh Farahani), que regresa a su Túnez natal porque en París hay demasiada competición.

Cuando te has ido, ya no eres la misma persona que retorna. Regresar es reinventarse. Sin lastres que arrastrar y con una maleta de educación a la francesa, Selma va a echar una mano en una sociedad donde todo el mundo tiene problemas, pero nadie los reconoce.

Una mujer joven, soltera y con tatuajes, dispuesta a ejercer de Sigmund Freud con fez. Demasiada sofisticación para los tunecinos. Ya está Alá para todo, cortado a la medida de cada uno.

La inmunidad de rebaño implica no resolver los problemas

 “Insha´Allah”, “Si Dios quiere”, es la respuesta para no ser responsable de nada. Las sociedades grupales ahogan la individualidad. Selma viene a dejarles fluir desde el interior.

Y tantas ganas hay de confesarse con alguien que las colas son enormes, proporcionales a la desidia burocrática que la ningunea. Los problemas sociales, políticos y económicos de Túnez no han mejorado desde el retrato de Un Verano en La Goulette: en ambas películas se respira la presión religiosa en este país, laico desde que se independizó.

No hay escena que no tenga miga: pacientes, familiares, funcionarios públicos y agentes de policía son arquetipos cómicos. Cuando la torpeza les bloquea, se escudan en el miedo al secuestro por los salafistas. De alguna forma viene a la mente María Barranco, agobiada por su terrorista chíita en Mujeres al borde de un ataque de nervios.

Sólo el imam es coherente con su vida y, por tanto, vilipendiado y sustituido en su mezquita. Y abandonado por su mujer por culpa de una teleserie turca. Lo de las teleseries turcas tiene su peso. Las escenas de Kivanc Tatlitug, el Brad Pitt otomano, han generado un turismo romántico del mundo árabe hacia el país del Bósforo. El enamoramiento en la pantalla permite seguir viviendo con las presiones que haga falta.

Llevar a Freud al Magreb es una mezcla extraña

Es muy difícil sobrevivir cuando todos se empeñan en que te estrelles y, al mismo tiempo, te necesitan. Los misfits, los desadaptados, son siempre los más recordados porque hacen evolucionar el mundo. El psicoanálisis transforma esta comedia costumbrista en el oasis de los sueños que todos quieren cumplir. Todo está en la mente. La representación de lo que somos, también.

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