Viernes 5 de junio
Segunda jornada del Festival y la cosa se pone seria con un destacado cartel que incluía a Slowdive, Texas Is The Reason y The Cure como los máximos exponentes del día. Para los amantes de los sonidos noventeros, nada podía salir mal, al menos sobre el papel.
Comenzábamos el segundo día de Festival dirigiéndonos de nuevo al Schwarzkopf, el escenario que mejor suena de todo el recinto del Fòrum, para ver a .db.
La banda de la periferia de Madrid que con tan sólo un EP, Economato Textil (Humo Records, 2025), ha conseguido llamar la atención de la sección indie más arty y desacomplejada del país. Las formas del sexteto encabezado por esa vocalista / guitarrista de aires eclécticos (Marta Fernández) y completada por dos guitarras más, un bajo, un batería y un saxofonista, instrumento que ofrece un extra al grupo de lo más original, pasan por diversas fases y estilos dentro de una misma canción.
Pueden ajustarse al concepto indie, eso es evidente, y La Buena Vida aparece y desaparece de sus composiciones como tenues flashes de luz, pero no hay duda de que la banda madrileña apunta mucho más alto en sus objetivos. Mezclando el indie delicado y sinuoso con los desarrollos instrumentales, las virguerías a la guitarra y la complejidad del math pop (etiqueta que acabo crear a partir de conceptos como el math rock o el math metal), el concierto de .db. contó con dos momentos especialmente memorables.
El primero, cuando su amigo David, al que Marta presentó con mucha alegría y alboroto, subió al escenario para hacer un spoken word en versión punk y desbocada, con la banda musicando el momento de la manera más estrafalaria posible, sobre su experiencia en la Ciudad Condal y con el Primavera Sound los días previos al concierto en el Festival, con una línea narrativa que iba de la comedia sarcástica al catastrofismo sin demasiados preámbulos.
El segundo momento memorable llegó con Cien y Cientos (con una evidente carga de ironía), su canción más emblemática hasta el momento y la que muchos celebraron con gran efusividad. Deseando escuchar su debut largo.
Sin movernos demasiado, cambiamos de dirección para mirar al mar y encontrarnos en el Port con Las Petunias.
Otra banda en la que la ironía y la crítica sociopolítica, además de las experiencias personales, conforman el cuerpo ideológico de sus canciones. Ataviadas como si fueran juglares de la edad media, caras pintadas y atuendos relacionados menos la batería que no entró en ese juego, el trío madrileño formado por Elsa (guitarra), Cecilia (bajo) y Golla (teclados), se desvivió sobre las tablas del Port de la manera más acelerada, intensa e impactante posible.
El trabajo a las voces, muchas veces cantando las tres a la vez, creando melodías de lo más chicleteras y espasmódicas, sale a relucir con mucha más fuerza que en su disco debut, Creo que Soy De Porcelana (Ternura, 2024), de la misma manera que lo hacen sus electrizantes y excitantes canciones explotando cual bombas de relojería perfectamente engrasadas y condimentadas.
Una suerte de punk nervioso y pop rompecaderas, que se revela perfecto para los tiempos que corren y que conecta, de la mejor manera posible, con la sección más joven y contestataria de la sociedad.
Para los más curtidos, nada que no hayamos visto y oído antes, pero es innegable que Las Petunias tienen el atractivo y el gancho necesario para hacerte disfrutar tengas la edad que tengas. Energía en estado puro.
Sin movernos del espacio delimitado por el Schwarzkopf y el Port, volvemos al origen para disfrutar de nuestra andaluza favorita. Juicy Bae nos traía el mismo show que había dado hacía unos meses en la gira de presentación del que podría ser considerado su segundo álbum largo, El Secreto (Sonido Muchacho, 2025), y en el que, junto a una banda en directo compuesta por guitarra, batería y teclados, desgranó un set de lo más lucido y emocionante.
Yo soy del parecer que pocas veces se mejora el sonido de un disco trabajado de manera digital en el estudio para convertir esos mismos ritmos en algo orgánico tocado en directo por una banda, prefiero lo impostado, lo pregrabado y lo visceral, sobretodo cuando hablamos de reggaeton y trap que son dos de los pilares sobre los que sustenta la carrera de Cristina Vela (la Juicy).
Pero también tengo que decir que, en esta segunda vez con el espectáculo de El Secreto, en parte con la ayuda del volumen y la calidad de sonido del Primavera Sound, la cosa me cuadró mucho más.
Con decir que cuando se cantó FRIEN-ENEMIES consiguió hacer saltar mis lágrimas de la emoción, creo que dejo bastante patente el nivel de química que desprende la Juicy cuando desnuda sus temas a la mínima expresión y su voz resalta como la protagonista absoluta del momento.
Obvio que su sección de reggaeton sucio y sus canciones más coreables hicieron las delicias de los ávidos de emociones fuertes con más ganas de perreo, bajo mi punto de vista donde mejor se lo pasa la sevillana y con lo que mejor responde su público, pero está claro que esta nueva faceta de la artista, más encarada a lo sugerente y acuoso que a lo esperpéntico y visceral, funciona a las mil maravillas en directo. Y van tres de tres. De nuevo tengo que agradecer a la compañía en la que estaba ya que fue la razón por la que me quedé en el concierto de la andaluza. Teresa y Sara, <3.
Y aunque odie aquel lugar con todas mis fuerzas, tocaba desplazarse, por primera vez en el día, a la zona de Mordor.
No es que sea un mal lugar para los conciertos ni nada por el estilo, pero está en la otra punta del Festival y como no te pongas suficientemente cerca, el concierto lo acabas viendo únicamente por las pantallas rodeado de gente comentando y siendo arrollado continuamente por personas que vienen y van.
Es lo que toca sufrir en el Revolut y el Estrella Damm. Pero más allá de ese inconveniente, estaba obligado a desplazarme para ver a Slowdive una vez más. La banda de shoegaze / dream pop noventera que desde que retomara su carrera a mediados de la década pasada, contando ya con dos discos en su haber desde el reinicio de la banda, se han convertido en una de las más asiduas y queridas del Festival.
Lamentablemente, ni es una banda para verla a plena luz del día, eran las 18.30 de la tarde, ni el sonido tampoco les acompañó esa jornada, hay que decir en defensa del técnico de sonido que graduar los arpegios y las voces de Slowdive no es nada fácil. Como dato positivo hay que hablar de la selección de temas.
Hasta donde yo vi, el setlist recogió cortes de todos sus discos haciendo especial hincapié en su más reciente everything is alive (Dead Oceans, 2023). Pero después de haberlos visto tres veces en diversas ocasiones, la más especial de ellas en sala con el retorno, mi lugar de disfrute estaba a varios cientos de metros del Revolut con Texas Is The Reason.
Curiosamente y de manera totalmente impositiva, fue Nick Chaplin (bajo), el que me instó efusivamente a moverme para verlos con la continua visión de su camiseta del cuarteto de Nueva York saliendo por pantalla. Luego me dijeron que durante el último cuarto de hora les acabaron pillando el punto al sonido, pero ya no estaba allí para disfrutarlo.
Puede que el concierto de Texas Is The Reason no fuera el más importante del Festival, ni tan siquiera del día, pero para muchos de los que estuvimos pendientes de las diversas ramificaciones que sufrió la escena hardcore a mediados de los 90, el cuarteto de Nueva York se presentaba como uno de los más importantes y referenciales dentro de lo que se vino a llamar emo, un derivado algo más “pop” de lo que fue la sección de la distorsión inteligente encabezada por la etiqueta post-harcore. Si en su día tuvimos a Jawbox y American Football en los carteles del 2022 y el 2024 respectivamente, completar la santísima trinidad del emo con Texas Is The Reason era de recibo para la banda capitaneada por el vocalista y guitarrista Garrett Klahn.
Celebrando el 30 aniversario de su único disco de estudio, Do You Know Who You Are? (Revelation Records, 1996), la banda no escatimó en intensidad y energía, sobre todo la que gastaba Scott Winegard (bajista), saltando, gritando y animando al público en todo momento de la manera más efusiva y alegre posible. Dotados de un sonido pluscuamperfecto y unas melodías irresistibles, bloques como el inicial formado por If It’s Here When We Come Back It’s Ours, Johnny On The Spot y The Magic Bullet Theory, dejándonos un comienzo entre lo memorable y lo histórico, o ese otro central con Something To Forget, Nickel Wound y Every Little Girl’s Dream, en el que nuestros corazones estaban ya apunto de explotar de emoción, los neoyorquinos se despedían del Festival con otro trío insuperable compuesto por A JAck With One Eye, Antique y Back And To The Left, en el que a la mayoría de los que estábamos allí se nos cayó una lagrimilla por pensar que eso no lo íbamos a poder ver de nuevo jamás en la vida.
El de Texas Is The Reason se convirtió, por méritos propios, en uno de mis cinco conciertos favoritos del Festival. Es difícil que ocurra, pero hay ocasiones en las que tanto la energía de la banda como la del público, colisionan y se fusionan al mismo nivel produciéndose la magia, eso es lo que ocurrió en este concierto.
Sin dudarlo demasiado y habiendo visto al madrileño en múltiples ocasiones, la última no hace demasiado en el Club Sant Jordi, Magda y yo nos vamos de cabeza al Cupra para coger sitio en primera fila, algo que no nos costó demasiado, y disfrutar del concierto de Ralphie Choo de la manera más intensa posible.
La idea en el Primavera es intentar no repetir artistas que ya he visto, sobre todo teniendo en cuenta la descomunal oferta que presenta siempre el Festival, pero cuando la compañía y el artista tiran tanto como Magda y Ralphie Choo, la cosa se convierte en inevitable. Ralphie volvió a emocionar con su voz, sus poses, su irresistible atractivo y sus canciones, que van desde lo más precioso y meloso, hasta lo más desbocado y perreable. Un rango de emociones y estilos que en manos del infalible Juan Casado (a.k.a. Ralphie Choo) y esa imprescindible banda en directo capitaneada por el polifacético Drummie, te hacen vibrar de manera incontenible de principio a fin.
Y en el Primavera, no fue diferente. Si bien es cierto que el setlist se redujo para ajustarse a la hora de duración exigida por el Festival, la selección de once temas fue la ideal para poner los sentimientos a flor de piel (D’amor traficante), cuando era requerido, y hacer que nuestros culos votaran cual martillo hidráulico (MÁQUINA CULONA), en el momento preciso. Con algunos de sus amigos del colectivo Rusia-IDK pululando por el Festival, Ralphie no dudó en subir al escenario a Rusowski para cantar con él BBY ROMEO, GATA y la final Dolores, desprendiendo una química entre ambos que se podía palpar en el ambiente, y a nuestro querido Barry B en la muy esperada Rookies, sellando a fuego otro momento para el recuerdo.
Sin quedar con nadie y completamente libre de compromisos, el concierto de los británicos lo quería ver en primera fila sin tener que preocuparme de nada ni de nadie, me dirijo con urgencia al Estrella Damm para disfrutar del concierto de mi banda viva favorita, The Cure. Los he visto incontables veces desde que en el 96 los pude disfrutar por primera vez en Barcelona con la gira del Wild Mood Swings (Fiction Records, 1996) a mis imberbes 18 años.
Desde entonces no he fallado a ninguna cita de la banda de Crawley y mi pasión por ellos no ha ido más que en aumento con los años. Con un disco reciente que supuso uno de los comebacks de estudio más sonados y reverenciados de los últimos años, Sons Of A Lost World (Fiction Records, 2024), y en un estado de forma de la banda absolutamente envidiable, algo que ya pudimos comprobar en 2022 cuando la banda de Robert Smith dio el mejor concierto de toda su historia en Barcelona previo a la salida de su último disco, el show del Primavera Sound se presentaba como una de las oportunidades más multitudinarias para ver a una de las bandas más referenciales e influyentes de los últimos (casi) 50 años.
Sus guitarras y sus melodías han sido y son parte indivisible de la música que escuchamos hoy en día. La sutileza de sus canciones y su capacidad para infiltrarse en todo tipo de estilos y bandas, hace que lo suyo no sea tan evidente como lo de otras bandas, pero que le pregunten a Chino Moreno o a Olivia Rodrigo sobre The Cure.
Siendo de los pocos privilegiados capaces de exigir y ejecutar un concierto de dos horas y media, si no recuerdo mal la última vez que estuvieron en el Festival llegaron a las tres horas de duración, el concierto de The Cure venía con varias incógnitas bajo el brazo. ¿Estará todavía entre sus filas el imprescindible Simon Gallup?. ¿Tocarán el último disco entero del tirón y completarán el resto del tiempo con una explosiva batería de hits incontestables como hicieron en su presentación en el Troxy?. ¿Estará Robert Smith en el mismo mood cordial y afable que la última vez que lo vimos?.
Pues bien, para sorpresa de muchos, Simon Gallup volvía a estar sobre las tablas junto a su inseparable compañero, una imagen indisociable de la banda británica es cuando ambos se juntan en el escenario para tocar pegados, Robert Smith estuvo más amable, comunicativo y contento que nunca, una actitud del vocalista que va en aumento a medida que va cumpliendo años y dejando las adicciones a un lado, y su setlist, sin ser para nada cercano a lo ejecutado en el Troxy, dejó a la mayoría por las nubes con un total de 29 canciones entre las que ejecutaron únicamente dos de su último disco, la inicial Alone y la final (antes del bis) Endsong.
Tomaron algún riesgo que otro tocando la sorpresiva 2 Late, incluida en el compilado de rarezas y caras-b Join The Dots, y el Burn de la banda sonora de The Crow, incluso cayeron Wrong Number, el tema extra que aparece en el recopilatorio de singles titulado Galore, y alt.end, de su disco homónimo de 2004 producido por Ross Robinson.
Pero estaba claro que Robert y los suyos iban a contentar al público con una traca de hits prácticamente inagotable y continuada, muy en la línea de lo debe ser un concierto de Festival. Como curiosidad comentar que resulta tierno ver a un frontman del calibre de Robert Smith de lo más simpático y comunicativo con el público, acercándose a ambos lados del escenario para saludar cordialmente a la gente, y dejando de lado toda esa pose estática y siniestra que lo ha caracterizado a lo largo de su carrera. Antes del shoegaze y el dream pop, ya estaban The Cure derrochando actitud e impartiendo clases magistrales de cómo hay que comportarse sobre un escenario.
Para disfrute de los presentes, The Cure hizo un recorrido perfecto por sus discos más emblemáticos, siendo los tres más acudidos Disintegration (1989), Head On The Door (1985) y Wish (1992), de los que nos regalaron cuatro temas de cada uno destacando sobremanera Love Song, Push y From The Edge Of The Deep Green Sea respectivamente. Del Japanese Whispers (1983) y del Kiss Me Kiss Me Kiss Me (1987) tocaron tres de cada, sorprendiendo lo atemporales que suenan temas como Lovectas o Just Like Heaven, sin olvidarse en ningún momento de dos de sus imprescindibles y obligadas como son A Forest y la final Boys Don’t Cry, probablemente sus dos más celebradas. Si algún pero le tengo que poner al setlist, el haber obviado 10:15, Fire In Cairo y Killing An Arab me dolió en el alma, pero tampoco se le puede pedir todo a la vida.
Con unas visuales enormes, preciosas y de lo más atmosféricas ocupando todo el ancho y alto del descomunal escenario Estrella Damm, el concierto de The Cure tuvo dos momentos personales de lo más increíbles y emotivos.
El primero fue darme cuenta de que a mi izquierda, muy cerca, tenía a Rachel Goswell de Slowdive disfrutando del concierto. No pude resistirme y, al finalizar el concierto, le pedí una foto con la que amablemente me obsequió.
El segundo fue que, a mi derecha, una pareja inglesa que estaría sobre los cuarenta ambos, había venido a ver The Cure por su hija de doce años que fue una de las personas que más vibró, saltó y cantó durante todo el concierto. Un gesto por parte de la familia y una actitud por parte de la niña, absolutamente encomiables.
Con el éxtasis emocional por la nubes y para cerrar la noche de la manera más contundente posible, cambiamos de tercio totalmente para visitar el Port y ver el regreso a las tablas de Kylesa, la banda de Savannah capitaneada por la incombustible Laura Pleasants.
Concentrando sus trabajos en una década concreta de principios de los 2000’s, discos como el Static Tensions (Prosthetic Records, 2009) y el Spiral Shadow (Season Of Mist, 2010), han quedado como dos de los álbumes más monolíticos e insuperables del llamado sludge-metal.
Tuve la suerte de verlos en su momento con esos discos, pero lo logrado por la banda georgiana en cuanto a sonido y setlist en el concierto del Primavera Sound, superó con creces todo lo ofrecido anteriormente.
Y eso que ahora ya no cuentan con dos baterías simultáneas como hacían en el pasado, aunque tener a Roy Mayorga detrás de los parches les da un empaque incluso más sólido y compacto. Con una potencia de volumen ensordecedora y unos ataques frontales de riffs de guitarra que hacían vibrar hasta la última célula de tu cuerpo, la cosa estuvo muy empatada con el concierto de Agriculture del día anterior. Después de ese asalto, quedamos derrotados.







