Hay algo profundamente lógico en que Christopher Nolan haya acabado adaptando La Odisea. Homero le ofrece el material perfecto para seguir explorando la gran obsesión de toda su filmografía: el tiempo.
No solo como estructura narrativa, sino como herramienta para crear imágenes destinadas a permanecer en la memoria. Y ahí la película alcanza cotas extraordinarias. Nolan vuelve a demostrar que probablemente nadie en el cine comercial contemporáneo filma la escala como él. Da igual verla en IMAX de 70 mm o en una sala convencional: hay planos que nacen con vocación de convertirse en historia del cine. Son imágenes absolutas, de una potencia visual apabullante.
El problema es que, una vez pasado el asombro, empiezan a verse las costuras. Si Homero proporciona la materia prima para construir una epopeya inmortal, el guion de Nolan rara vez está a la altura de esas imágenes.
Desde la marcha de su hermano Jonathan, el libreto ha pasado a ser el punto más vulnerable de su cine, y aquí esa debilidad resulta especialmente evidente.

Y lo digo como alguien que lleva años defendiendo a Christopher Nolan. Es el director que me dio el Batman con el que me obsesioné desde niño. También el responsable de obras tan importantes para mí como
El truco final, Interestelar o Dunkerque. Precisamente por eso duele más encontrarse con un cineasta que parece agotado en la construcción de una obra incontestable, aunque siga siendo inagotable a la hora de fabricar imágenes para el recuerdo.
Las mejores secuencias confirman, sin embargo, que el talento sigue ahí. El episodio del cíclope posee una fuerza física impresionante, mientras que toda la parte de Circe alcanza un nivel casi hipnótico.
Samantha Morton se adueña de la película durante esos minutos y ofrece, con diferencia, la interpretación más memorable del reparto. Junto a ella, Robert Pattinson vuelve a demostrar que es uno de los actores del momento, capaz de elevar cualquier escena en la que aparece.
El resto del reparto deja bastantes más dudas. Matt Damon cumple, pero nunca llega a convertirse en ese Odiseo cuya figura ha sobrevivido casi tres mil años. E
s un protagonista correcto, aunque demasiado terrenal para sostener el peso simbólico del personaje. Algo parecido ocurre con Anne Hathaway; Zendaya resulta poco convincente como Atenea, hasta el punto de que cuesta aceptar su condición divina; Tom Holland vuelve a mostrar una preocupante falta de expresividad; y actrices del talento de Mia Goth o Charlize Theron terminan completamente desaprovechadas.
Tampoco ayuda el ritmo. Resulta paradójico que una película de tres horas pueda transmitir tanta prisa. Los viajes de Odiseo entre islas terminan resolviéndose de forma atropellada, casi como una sucesión de clips pensados para satisfacer la velocidad de consumo contemporánea.
La sensación de aventura acaba diluyéndose en una especie de odisea comprimida, más cercana a la lógica de TikTok que a la respiración pausada del poema de Homero.
Aun así, bajo esa precipitación siguen apareciendo las obsesiones que convierten a Nolan en un autor reconocible. El tiempo vuelve a organizar el relato; la guerra aparece otra vez como el origen de todos los traumas; y la violencia con la que los imperios acaban devorándose a sí mismos vuelve a sobrevolar la película. Son ideas presentes en buena parte de su filmografía y que aquí encuentran una nueva reformulación, aunque no siempre con la profundidad que merecen.
Por eso La Odisea está lejos de ser un desastre. Es una buena película. Muy entretenida. Visualmente deslumbrante. Con varios momentos extraordinarios que justifican la entrada. Gustará a quien simplemente quiera sentarse en una butaca y dejarse arrollar por la fuerza de sus imágenes. Incluso puede reconciliar con Nolan a algunos espectadores.
Pero para quienes llevamos años creyendo que cada estreno suyo podía convertirse en un acontecimiento cinematográfico, cuesta compartir el entusiasmo desmedido que la rodea. No veo la obra maestra incontestable que muchos proclaman.
Veo una buena película, con destellos de genialidad, firmada por un director que sigue siendo uno de los grandes creadores de imágenes de nuestro tiempo, pero que, finalmente, parece confiar más en el impacto de cada plano que en la fuerza de la obra completa.
Y si queréis ver una gran relectura de La Odisea, probablemente haya mejores opciones. Desde la genial O Brother, Where Art Thou? de los hermanos Coen hasta la inesperadamente brillante versión de Bob Esponja. También Buscando a Nemo, After Hours de Martin Scorsese o, por supuesto, 2001: Una odisea del espacio, una de las mejores películas de la historia.
Incluso el propio Christopher Nolan ya había dialogado con el espíritu del poema de Homero de forma mucho más inspirada en Interestelar, una película que nos recordó por qué tantos llevamos años defendiendo su cine. Porque
La Odisea es una buena película, sí. Pero está muy lejos de convertirse en la leyenda incontestable que algunos ya se apresuran a proclamar.