‘Globalistas’, de las cenizas del imperio austrohúngaro a la tasa Google

Un libro de cabecera para académicos y Think Tanks, una auténtica biblia del mundo económico.

Si alguna vez el imperio español significó algo para el mundo fue con los Austrias. Esa dinastía que se nos extinguió en 1713, siguió con su imperio en la otra punta de Europa, hasta que la Primera Guerra Mundial llamó a una reordenación del mundo conocido hasta entonces.

Aquí se inicia el periplo de Quinn Slobodian con Globalistas (editorial Capitán Swing), en el final del imperio austrohúngaro, y llega al neoliberalismo actual, fijado en las instituciones internacionales que controlan la economía mundial de las señales.

por Rosa Panadero.

Como de costumbre, el mundo se divide en dos partes. Ya no es la visión medieval de las dos espadas —gobierno en la Tierra y designios de Dios—, sino que todo queda en el mundo terrenal: imperium y dominium.

Quinn Slobodian nos lleva de la mano con los neoliberales de la escuela de Ginebra, que insisten en que los límites nacionales del imperium no coinciden con aquellos de la propiedad, o dominium.

Dicho de otra manera: dominium = economía global. Dicho históricamente: de las cenizas del imperio Habsburgo a la Organización Mundial del Comercio (OMC).  

Slobodian traza la línea desde Ludwig von Mises en los años veinte, cuando la Cámara de Comercio de Viena ayudó a pergeñar la visión actual del mundo.

De allí, se traslada todo a Ginebra, el centro neurálgico del mundo. Hoy, en nuestro mundo virtual de 3D, resulta simpático la maqueta europea con fronteras de madera que Morrison-Bell paseó por las capitales europeas para convencer de la necesidad de derribar esos muros impositivos.

Evidentemente, esa utopía comercial sin fronteras se basaría en el recorte de salarios (que nos lo digan ahora, cuando todo se iguala por abajo con el rasero) y la reducción de impuestos a la industria.

El espíritu de Ginebra: la OIT en el hotel Wilson

Sí que es cierto que a día hoy no nos inmutamos al escuchar la democracia de los consumidores. No suena raro en el siglo XXI.

Cien años antes, con nuestros analógicos bisabuelos, el término era disruptivo. Cuando ya hemos interiorizado que Facebook vendió trocitos de nuestra vida en la red y que eso alteró los resultados en las elecciones de Estados Unidos y en el referéndum del Brexit, ¿acaso somos otra cosa que votantes con poder adquisitivo?

Ahora que las guerras se libran en batallas de seguidores en las redes, en las que se alquilan perfiles “mercenarios”, no nos encajaría en nuestro mundo distópico, globalizado y segmentado por intereses, que las instituciones globales estuvieran todas…en un mismo edificio.

Pero sí. Así fue. Corría el año 1937 y la Organización Internacional del Trabajo (OIT), el Nuevo Instituto de la Commonwealth, el Consejo Internacional de Mujeres (el feminismo es anterior a una panda con rastas tocando batucada), el Fondo Carnegie, la organización de iglesias,… hasta treinta organizaciones internacionales se alojaban en el antiguo hotel Wilson, a orillas del lago Lehman, en la cosmopolita ciudad de Ginebra —donde huyó Anna Gabriel por cobardía tras el 1-O—.

No queda éticamente claro qué pintaba la OIT en un hotelazo en Ginebra, y en la puerta de al lado los gurús capitalistas del momento, pero la codicia hace extraños compañeros de cama.

El espíritu de Ginebra

En fin, que ese “espíritu de Ginebra” quedó inmortalizado por H.G. Wells en la ciudad Cosmópolis, anticipándose a su época.

Mises y Hayek, y más tarde Ropke, se encargaron de aleccionar sobre la postura austríaca (Imperio Habsburgo: muchas nacionalidades con libre circulación de comercio), que llegó a empapar la política estadounidense.

Y, simplificando mucho las décadas siguientes, la postura globalista se materializa en el GATT, los conflictos del petróleo iraní, la descolonización africana… hasta llegar a la actualidad, donde el sueño de los neoliberales se convierte en realidad: un nuevo orden económico internacional basado en la economía mundial de señales, un inmenso espacio de información transmitida mediante precios y leyes [sic].

Así que lo de la tasa Google no es más que parte de este teatro mundial orquestado por nuestros recientes antepasados.

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