Boris: Psicodelia rosa

Boris, el trío japonés venido de Tokyo formado por Takeshi, a las voces y al instrumento combinado de doble mástil con bajo y guitarra rítmica incluida, Atsuo, a los gritos, coros y percusiones varias, y Wata, a la guitarra melódica y los efectos, llegaba a La Nau de Barcelona para celebrar el cumplido veinte aniversario de su álbum Pink (Diwphalanx, 2025). Una celebración que se saldó con un urgente sold-out y un concierto épico / histórico.

Mi idea era que tocaran el Pink entero de principio a fin y en orden cronológico, me encanta cuando los grupos hacen esas cosas, pero ya desde su inicio, con Blackout sonando la primera del repertorio, estaba claro que la cosa no iba a ir por ahí. No es que la selección no me gustara, llegaron a interpretar hasta siete temas de los once contenidos en el Pink, pero tengo que admitir que me hubiera gustado más tal y como está estructurado en el disco.

Con un primer bloque formado por la nombrada Blackout, Pink, Woman On The Screen, Nothing Special, Ibitsu y Electric, Boris se apoyaron durante esa selección de canciones en su faceta más garajera y punk sin dejar a un lado la psicodelia, el sludge, el stoner y su extenso abanico metálico. Con un Takeshi casi reencarnado en Lemmy de Motörhead, ese sonido del bajo es inequívoco, los de Tokyo no pararon de dar cera a sus instrumentos, gong incluido tocado por Atsuo, y poner al público a sudar con sus espasmódicas, sugestivas y cabezonas tonadillas.

Durante su segundo bloque extendieron y expandieron sus habilidades con el doom y el drone, de nuevo sin dejar a un lado su amplio abanico de opciones con la psicodelia como impregnación absoluta e ineludible en sus canciones, con una selección de temas de lo más épicos y catárticos. A Bao A Qu, The Evilone Wich Sobs, Akuma no Uta, Just Abandoned Myself y Farewell, en la que invitaron a Thom Wasluck de Planning For Burial a tocar con ellos.

Y si del vocalista Takeshi ya hemos comentado que emulaba, sin copiar, al difunto Lemmy, más con su sonido de bajo que con su voz, hay que decir que Atsuo toma el papel de maestro de ceremonias animando al público, tocando el gong y hablando, aunque muy poco, entre medio de algún tema. Eso sí, su estética de batería glam, es indiscutible. Wata queda más bien en un segundo plano, aunque hubo un momento en el que también hizo el esfuerzo de comunicarse con el público en un inglés bastante accidentado, sonando, en varias ocasiones, muy por debajo de esa imbatible sección rítmica.

Lo que quedó claro esa noche, es que Boris son una de las raras avis más sorprendentes, solventes y contundentes sobre un escenario. Su mixtura de estilos, de los que ya hemos nombrado varios, funciona como un embrujo, una sesión de hipnosis a la que es imposible resistirse. Quieras o no, sus monolíticos riffs y su atrayente psicodelia resultan en un mantra ancestral y ritualístico al que muy pocos se pueden acercar, sin caer rendidos a sus pies.