Lo que Spider-Man: Brand New Day debería haber sido

Spider-Man: Brand New Day tenía delante la oportunidad perfecta de ser el verdadero reinicio del Spider-Man del UCM. No por borrar lo anterior, sino por recuperar aquello que siempre ha hecho grande al personaje: que antes de Spider-Man está Peter Parker.

Durante sus primeros compases la película apunta en esa dirección. Después se refugia, otra vez, en la fórmula Marvel. Tom Holland está mejor que nunca —tampoco era difícil—, pero el guion parece tener miedo de mirar de frente la soledad en la que quedó el personaje tras No Way Home.

Y conviene detenerse ahí, porque era el punto de partida más valiente que ha tenido nunca este Spider-Man. Un chaval al que nadie recuerda. Sin tía, sin amigos, sin mentores, sin una sola persona en el mundo capaz de decir su nombre. Eso no es un giro de guion: es una condena. Y una condena no se digiere en dos escenas. Lo que pedía esa premisa era tiempo muerto, rutina, la textura del día a día de alguien que se levanta y no tiene a quién contarle cómo le ha ido. La película prefiere resolverlo cuanto antes y seguir adelante. El hechizo de Doctor Strange empieza a tambalearse demasiado pronto y lo que podía haber sido el gran motor emocional de la historia se despacha como un trámite administrativo.

Tampoco ayuda que Peter vuelva a estar rodeado de tanta gente. Ya costó lo suyo que encontrara una identidad propia lejos de la sombra de Iron Man. Luego llegó su etapa de yogurín de los Vengadores: divertida dentro del universo compartido, poco generosa con el personaje. Y cuando la tercera entrega parecía devolverle por fin el protagonismo —después de una segunda película empeñada en convencernos de que Mysterio iba a cambiar para siempre el Universo Marvel—, terminó compartiendo pantalla con dos Spider-Man que, sencillamente, funcionaban mejor que él.

Por eso Brand New Day es, probablemente, la mejor película del Spider-Man del UCM. Y por eso mismo escuece: ser la mejor de las suyas no la acerca a las mejores del personaje.

Porque lo que hacía Sam Raimi era exactamente lo contrario de esto. Spider-Man 2 es una película sobre un tío que pierde el trabajo repartiendo pizzas, que no llega a fin de mes, que suspende, al que le fallan los poderes porque le falla la vida. La escena del tren no emociona por el tren: emociona porque un vagón entero de desconocidos recoge a un chaval inconsciente, le ve la cara y decide protegerle. Toda la película va sobre ese cuerpo pequeño y agotado, y por eso el momento en que la ciudad lo sostiene significa algo. Raimi entendió que la escala de Spider-Man no es cósmica, es de barrio: el drama está en si Peter llega o no llega a tiempo a la función de teatro de Mary Jane.

E incluso Marc Webb, con una película bastante más irregular, entendía algo que aquí se ha perdido: que Peter Parker es un crío raro. Aquel Spider-Man tenía skate, tenía duelo —el de unos padres que no estaban— y tenía a Gwen Stacy, con una química que ninguna versión posterior ha rozado siquiera. Era un adolescente incómodo consigo mismo, no un becario simpático dentro de una empresa de superhéroes. La primera de Garfield es buena, pero la segunda es peor película que casi todo el UCM y aun así sabe mejor quién es su protagonista.

Da la impresión de que Kevin Feige ha vuelto a jugar a ser los hermanos Russo, usando otra vez a Spider-Man como puente hacia acontecimientos mucho más grandes. El problema es que Spider-Man no debería ser el puente. Debería ser el destino. El personaje más importante de Marvel no necesita sostener el futuro del universo compartido: necesita que una película se atreva, por fin, a sostenerse solo sobre él.

Sin entrar en spoilers, la puerta que se abre a los X-Men, la presencia de un Hulk de verdad, las apariciones de Punisher y Black Widow o los homenajes al videojuego dejan momentos francamente disfrutables. Todo eso funciona y sería absurdo negarlo. Pero todo eso vuelve a poner el foco en lo que rodea a Spider-Man en lugar de en Spider-Man. La película nunca deja de mirar hacia el próximo gran evento, cuando el evento debería ser él.

Y si queréis entrar en spoilers: si Dark Phoenix y otro Spider-Man del multiverso tienen que ser los grandes reclamos de una película de Spider-Man, yo me quedo con la escena que acompaña a Loser, de Tame Impala.

No es casualidad que sea esa canción. Loser va sobre no ser suficiente, sobre mirarte desde fuera y no acabar de reconocerte, y durante esos minutos la película se atreve por fin a quedarse quieta y a mirar a Peter en lugar de mirar el horizonte. Ahí no hay portal, ni cameo, ni anuncio del siguiente estreno. Solo un chaval. Y de repente el personaje vuelve a ser lo que siempre debió ser: el chaval de Queens al que le pesa todo. Un «Loser» como tantos otros que fuimos a ver al cine la enésima película de este desgastado, pero tan amado, género.