‘El imperio del dolor’, matar por sobredosis con cuchara de oro

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Correlación o causa-efecto: tres generaciones de Sackler, enriquecidas con 200 muertes diarias provocadas por el OxyContin

En las seiscientas páginas de El imperio del dolor. La historia secreta de la dinastía que reinó en la industria farmacéutica (Reservoir Books) de Patrick Radden Keefe, navegamos por el Valium, el Betadine, el OxyContin y la oxicodona. Todo ello, salpimentado por la gracia, la billetera y la codicia de la familia Sackler y sus donaciones al mundo del arte y de la ciencia a uno y otro lado del Atlántico.

También hay muertos a ambos lados del océano. Muertes causadas por sobredosis de su medicamento estrella, el OxyContin, del que siempre se recomendaba “tomar un poquito más”. Que se lo digan a Nan Goldin, artista y exadicta; a Kurt Cobein, cantante de Nirvana muerto por sobredosis de opiáceos, y a su viuda, Courtney Love, escandalizada cuando le pidieron amadrinar un desfile de ropa de Mrs. Sackler a cambio de un traje cosido con hilo de oro de 24 quilates. Que se lo digan también a las familias de los 200 muertos diarios que durante cuarto de siglo murieron en Estados Unidos por comprar un opioide con receta médica, y acabar adquiriéndolo en el mercado negro por miedo al síndrome de abstinencia.

Ya lo dijeron los Rolling Stones: Doctor, please, some more of these.

Somos lo que hacemos

Patrick Radden Keefe nos sumerge en un curso académico de periodismo (cronología de la estirpe Sackler), en otro de propaganda (las mentiras de los Sackler), en otro de marketing (la palabrería de los Sackler), en otro de ventas (comerciales entrenados por los Sackler), en otro de corrupción 101 (cómo los Sackler reclutaron a funcionarios públicos) y en otro de dirección de empresas y cazatalentos (de fiscales anticorrupción a abogados del emporio Sackler). Por encima de todos, está la ceremonia de graduación, equivalente a incendiar Roma al estilo Nerón: saquear la empresa familiar y declararse en bancarrota.

Aturulla un poco tanto curso. Se simplifica porque se hace todo a golpe de talonario. Lo que cuenta, para empezar, es el trabajo duro: una generación que las pasa canutas y duerme menos de ocho horas para asentar a los suyos y dejarles como herencia un apellido decente.

Lo que se echa en falta, también, es que la ética no acompañe al hiperactivo hermano mayor, Arthur, que tantos desvelos vivió como psiquiatra, vendedor de publicidad, editor de revistas, filántropo del arte y la ciencia, y marido de tres esposas diferentes: insaciable e insatisfecho. Sí les dejó el camino marcado: No dejes que la realidad te estropee una venta y sólo menciona a la familia como protector del arte y la ciencia.

Propaganda y drogodependencia

Cuando preguntan por qué la Comunicación es una disciplina universitaria, la respuesta es: para evitar desviaciones. Para que, si se estas se producen, tengan un nombre: propaganda política, marketing, publicidad, branding.

Branding basado en mentiras, es mentir. Incluso con el aval de las autoridades, que paralelamente permitieron multiplicar por 36 veces la fabricación de opioides.

Mezclar el mensaje con el mensajero no es de recibo. Es más difícil que las cosas no se solapen en prensa especializada, no digamos en prensa médica, porque las farmacéuticas mantienen las publicaciones a golpe de chapa publicitaria.

Arthur Sackler no habría podido nunca lanzar sus campañas sobre Valium, ni su familia habría podido forrarse el riñón con fraudulentas campañas de branding que dejaban 200 muertos diarios en las calles estadounidenses.

Valium, OxyContin, Covid-19

Las cifras hablan. El OxyContin mató a mucha gente. El caso Sackler, tres generaciones nada menos, pone en evidencia que pagar multas administrativas es lo menos malo para seguir con la actividad.

Cualquier curso sobre Los trucos de los ricos explica cómo poner tu patrimonio a nombre de una empresa, después saquearla y declararla en bancarrota, para no tener responsabilidades (ojo, no te hagas autónomo porque esos sí responden con su patrimonio personal).

Así las cosas, tras una pandemia que se nos ha quedado grabada en la retina con la pista de hielo convertida en morgue en Madrid, los camiones frigoríficos trasladando cadáveres a crematorios a cientos de kilómetros, es difícil de creer que el virus SARS-2 haya sido un asuntillo de pangolines en putrefacción en Merca-Wuhan. No somos tan koalas para creérnoslo, ¿verdad? Además, la profecía de esa pandemia ya la anunció Steven Sonderbergh hace diez años en el cine: Contagio (Gyneth Paltrow, Kate Winslet, Matt Damon, Jude Law, y muchos más).

Confesiones y Netflix

Pertenezco a la cofradía de Pzifer: me vacunaron las dos dosis contra el Covid-19 de la misma marca. Es lo que había en el menú ese día en el WiZink Center, y gracias. Confesión un tanto delicada, con esas repetidas investigaciones de la OMS en el laboratorio chino, acusaciones cruzadas entre China y Estados Unidos, negacionistas provocando vergüenza ajena cuando las morgues han marcado etiquetado más muertos por minuto que las cajas de un supermercado en hora punta.

Netflix no dejaría escapar un volumen como El Imperio del dolor, el equivalente a la Dinastía de los ochenta, con su JR fundador, la bendita segunda esposa (Linda Evans) y la demonizada primera cónyuge (Joan Collins).

El poso de dolor de las familias que han perdido a alguien por el OxyContin, igual que por el Covid-19 será, como es de esperar, el daño colateral. Al menos los Sackler no tendrán homenajes ni ongi etorris por los muertos causados. Las mansiones y el arte les ayudarán a sobrellevar lo que se diga de ellos. Por una vez, los Sackler no tendrán la última palabra. Salvo que unten a los guionistas, claro.

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