Reflexiones desde mi espejo

Blog de Opinión

Manuel Gris

Madrugones

Me levantó a las 6 de la mañana y bajo a mi perrete.

A veces madrugar no sirve solamente para ir a trabajar o poder decir que no eres de esos vagos que prefieren dormir hasta las 8 o las 10 porque la gran mayoría gandulean después de cenar.

Madrugar, en mi caso, es un ejercicio de cordura, de equilibrio, de poder empezar el día con más energías de las que pueden darte dormir 12 horas o tener una cama construida con materiales cercanos al tacto de las nubes o las compresas más caras.

Madrugo porque mi alma lo pide; porque mi mente lo exige.

Mientras recorro las calles vacías de mi pequeña ciudad y veo como el perrete mea y caga en suelo mil veces cagado y meado por animales a los que a veces llaman humanos, puedo, entre legaña y legaña, disfrutar de la soledad que solamente los que trabajan lejos rompen al salir de sus portales o ir hacia sus coches o motos.

Ellos me saludan con desdén, algunos miran al perrete y sonríen, otros beben café o ColaCao o mate en vasos calientes que se pasarán el día a salvo dentro de maleteros o guanteras que descansarán en aparcamientos abarrotados.

Sigo caminando con mi perrete.

El olor de un día recién puesto en marcha siempre me ha recordado a ese beso que te da un padre antes de irse a dormir, creyendo que ya estás en el mundo de los sueños.

Poseen esa calidez y cercanía, cariño y respeto, del que sabe que está protegiendo bien a su allegado, que la paz le rodea y le ama como un abrazo en el lecho de muerte.

Y mientras mis pies desnudos y fríos cobijados dentro de bambas cómodas y viejas siguen cambiándose el turno a la hora de caminar, mi perrete, entre bostezo y movimiento de rabo, se va girando de vez en cuando para mirarme y sonreír, o a veces acercarse un poco y lamerme la mano, pues incluso él, más dormido que yo, sabe que ese momento de completa paz es algo que nadie va a poder quitarnos nunca, pase lo que pase, de la memoria.

Sabe, mientras su pelo se mueve gélidamente por el viento soñoliento, que estoy a su lado y le protejo igual que él me protege a mí y que cada paso, igual que el anterior, lo estamos dando juntos y en dirección al futuro que, ahora mismo, son las 7 de la mañana.

Dejamos atrás todo lo que nos molesta y nos aburre, que nos insulta y nos hace sentir insignificantes, porque a las 6:34 a.m. no significan nada, absolutamente nada, dentro de sus camas dormidos y sin disfrutar de lo que el perrete y yo estamos disfrutando.

Ellos, y no nosotros, son los que en ese momento no existen, los que no aportan nada a nadie. Los que, sin duda, no están viviendo este vínculo que une a un humano recogiendo las cacas de su perrete, que me ve haciéndolo moviendo el rabo.

De nada, le digo a sus ojos que se ríen de mí mientras dicen que tienen sueño.

La llave en la cerradura y el metálico contra el metálico de la correa y el arnés contra la percha en forma de gato que hay colocada en la puerta le pone un punto y final a esta canción que suena todas las mañanas, a la que se le une el olor a café recién hecho que mi señora, zombie a esas horas, está preparando y que alegra al perrete porque es ella, y nadie más, quien lo prepara.

Buenos días, nos decimos, y el perrete dice guau porque quiere su galleta de he hecho mi trabajo, he sacado a pasear al melenas este: dame mi premio.

¿Qué precio tienen estos momentos?, ¿los olvidaremos en algún momento de nuestras vidas? Y lo más importante, ¿alguien se atreverá algún día a decirme que esto no es la verdadera felicidad?  

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