La mujer del espía

Ser leal a tu país es desearle perder la guerra

La mujer del espía o cómo hacerse un Snowden a la japonesa llega a las salas española bendecida con el premio a la mejor dirección en Venecia

por Rosa Panadero

Es asombrosa la capacidad de transmitir tanto con tan pocos gestos en una cultura tan hermética como es la nipona. Menciono esto porque la habilidad de Kiyoshi Kurosawa, que cambia su cine de terror independiente por una historia real que detona en Manchuria, el último territorio continental japonés, durante la Segunda Guerra Mundial, es sublime. 

Y sobre un país Japón que no reconoce el daño que causó a sus vecinos en el conflicto bélico (lo dice el filósofo Jared Diamond, no yo), así que filmar esta cinta es echar un poquito de sal en las heridas.

Nuestra idea general es que en la década de los cuarenta todos los nipones eran kamikazes enrabietados bombardeando Pearl Harbor. Los protagonistas de La mujer del espía son harina de otro costal, han viajado y comercian con el (entonces futuro) enemigo estadounidense. Su libertad de movimientos y la adopción de ropa occidental, sobre todo en la esposa, evidencian que están a años luz de su generación. Encajarían más con sus nietos que con sus contemporáneos.

Contrasta vivamente que cuando un japonés ha viajado por el mundo su entorno ya no le considerará nunca un auténtico japonés.

Conozco la experiencia de primera mano, cuando Kozue anunció a su pandilla de Tokio que gastaría sus ahorros en un viaje de un año alrededor del mundo, y los colegas le advirtieron que no volverían a quedar con ella a su vuelta porque ya no sería una auténtica japonesa. Aún así lo hizo. Después fue editora de la edición online de Vogue Japan y ahora está embarcada en YSL.

Algo así pasa en La mujer del espía, que uno se ha ido y ha vuelto más contento que unas castañuelas de ver cómo es el mundo allende los mares.

No encaja el cálido recibimiento con la época, pero es lo que hay. Quizá es lo único que pone una nota de color en el argumento, que gira en torno al terrible descubrimiento de los experimentos que su gobierno lleva a cabo en Manchuria.

Algo tan peligroso, que hay que plantearse la mudanza a Estados Unidos. El equivalente a “hacerse un Snowden”: huir de Hawái a Moscú para no ser entregado a tu propio país.

Las denuncias vecinales, nunca identificadas, también evocan los ajustes de cuentas aprovechando que la guerra pasa por la puerta de casa. Y como pasa siempre, traduttore traditore, al que sabe idiomas se le mira peor que mal.  Incluso el matrimonio llega a dudar de la lealtad entre ellos. Porque a veces, ser leal a tu país es desearle perder la guerra.

La película es una delicia si se entiende en su contexto cultural, su romanticismo contenido por la costumbre, y su desenlace final, cuando la falsificación es la mejor noticia que te pueden dar.

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