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Maldita (Netflix)

Reseña de series que nunca veré: ‘Maldita’

Si hay algo que me molesta de las series actuales no es la inclusión paritaria brusca y sin motivo, o los cambios de sexo o inclinación sexual para tener contentos a uno pequeño grupo de analfabetos, o que se pasen por el forro momentos históricos reales o escenas sacadas de libros que deberían ser intocables a estas alturas del juego; no, esto no es lo que más me molesta. Lo que de verdad me jode es que nunca, jamás, METEN ASIATICOS.

¿Qué pasa con ellos?, ¿por qué no hay un Rey Arturo chino, o una Morgana japonesa, y lo chulo que sería ver a un Merlín vietnamita? ¡¡Es que nadie piensa en Asia!!

¿Es que nadie se ofende si excluimos de la ficción a esta raza tan numerosa y productiva, y que más contamina nuestro planeta?

¡¿Pero qué os pasa, censores de la moral?! ¡Qué os pasa!

Vale, ya está…

Me tranquilizo…

A ver, ¿por dónde empiezo a hablar de esta “serie” llamada Maldita?

Creo que lo más lógico sería pulir un poco el título, y reconocer que sí he visto algo de este insulto a la inteligencia humana y al arte del cine y las series (que lejos queda Breaking Bad o Chernobyl), porque tras tantas palabras leídas sobre ella, tantos carteles vendiéndola como “¿y si la espada eligiera a una reina?” (pues que sería una reina con espada… ¿y?), necesitaba ver con mis propios ojos esa payasada que se vendía como algo ligado a Frank Miller y muy muy MUY inclusivo.

Y JODER… menuda tortura.

Para empezar, y poniéndonos un poco técnicos, me temo que en la actualidad se ha dejado de lado algo tan importante como saber usar una cámara o dirigir correctamente a los actores, porque hay quién se cree que con tener una idea, o en este caso una historia vaga y sin energías para ser algo más que una tontería sin gracia, solo hay que decirles a unas personas disfrazadas que lo digan, se muevan, y venga, otra escena hecha.

¡A positivar! Pero no, señores míos, hay algo llamado arte tras esto, algo que debería no perderse por miedo a arriesgarse o por darle trabajo a gente sin talento natural ni entrenado.

Y en esta “serie” no hay nada, nadita, de esto. Ni un milímetro. Desde la protagonista (que adoro tanto físicamente como por su enorme talento, pero que no sabe la mitad de las veces qué hacer ni cómo; y eso sin mencionar que el entrenamiento con espada previo brilla por su ausencia), pasando por “Arturo” (un chaval negro con pelo afro que se pasa la mitad del tiempo que he sufrido viéndolo desnudo sin saber casi ni pronunciar… vale, ya entendemos porqué estás aquí) o Merlín (madre mía, que vuelva a Vikingos, por favor), o todos los demás que pululan por ahí, que se les ve caminando y moviéndose, “sintiendo” y haciendo gestos del mismo modo que lo haría una marioneta barata en la plaza del pueblo, suplicando monedas a los niños que no entienden la mierda ante la que se encuentra, mientras un objetivo se mueve de trípode en trípode sin gracia ni riesgo, buscando solamente seguir adelante cómo puede hasta encontrar el punto final en el que tienen el cheque que cobrar.

En ocasiones es insultante incluso, pero al menos hay situaciones cómicas que refuerzan la teoría de que no hay nadie al timón; y pondré dos ejemplos (los que he visto, vamos).

El primero es ver como alguien baja unas escaleras con dos flechas clavadas en la espalda pidiendo auxilio, igual que un sketch de Los Morancos, para que después se las arranque una chica flaca y borracha con cara de haber superado su tope de coca al día.

La segunda es una mezcla de vergüenza ajena y de parodia/Easter Egg, que tiene lugar en un “jacuzzi” donde el “Arturo” negro le tira los palos a la protagonista de una forma tan triste, tan patética, tan irreal, que se puede oler y sentir en cada poro de su húmeda piel la incomodidad que sienten ambos y lo forzado que es todo, solo para que al final él quede como un “calienta coños” sin razones claras, y que ni se las espera.

Sin olvidarnos que la actriz, que protagonizó también la serie Por trece Razones sigue sin (spoiler encubierto) aprender a no meterse en jacuzzis con hombres que no conoce bien…

Pero esto último es más porque yo soy un enfermo, ¿no?

Cuando algo se vende como inclusivo, como renovador, como rompedor, como dentro de una agenda política, o directamente como “escrito por” esperando que eso atraiga a la gente, ya son pruebas suficientes de que estamos delante de algo sin valor ni razón de ser más allá de alimentar a un grupo de actores y técnicos y junta letras de pacotilla, y seguir adelante y adelante sin entender cómo funcionan las velas ni el volante.

Es triste y muy aburrido ver como la cultura se está transformando en un catálogo de panfletos, colocados al extremo de un embudo enorme que apunta a nuestras mentes sin puntería, sobre sexos y razas y paridades de mierda, poniendo a un lado lo que de verdad debería estar en la mente de los creadores: la confianza, la razón, el valor y el talento, que suelen aaparecer solo en personas que de verdad respetan al séptimo arte y lo que significa.

¿Pero quién quiere una buena historia cuando al colocar un Arturo Negro o a un Merlín padre de la protagonista (WTF) conseguimos que la gran turba de focas con cero masa gris aplaudan como gilipollas porque, ¡BIEN!, hay alguien LGTBiDMLπΩ∑®©∞ en la escena?

Si es que… hay quienes nos quejamos por gusto, ¿no?

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