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La muerte del debate

NOTA ACLARATORIA: este artículo no irá sobre el 8M, por lo que su mera mención solo es debida a cuestiones de introducción al tema en cuestión.

No os ofendáis… todavía.

Este pasado fin de semana he tenido nuevas revelaciones.

La primera de todas es que no importa la fecha del año o el motivo: ponerse peluca y hacer el imbécil en la calle siempre tiene gracia.

La segunda es que a nadie le quedan las gorras de cuadros mejor que a Miliki, sin importar si eres feminista, Vicepresidenta o das saltos tras una pancarta.

Y tercero (he tenido más revelaciones, pero dedicarme solo a nombrarlas sería muuuy aburrido, así que lo dejo en tres), es que la gente sigue sin saber encajar una crítica en su contra.

Mucha gente, todavía y a pesar de todo, no ha comprendido que una crítica sobre algo que te gusta no es un ataque directo, no significa que la otra persona (la mayoría de los casos al menos) esté a favor de tu erradicación.

Que solo es, en fin, una crítica. Y si esta lleva a un debate constructivo y razonado, sin demagogia ni victimismos, y con argumentos y respeto por ambas partes, difícilmente vas a salir de esa situación sin llevarte un par de datos a casa.

Aunque, como he dicho, todavía queda un largo camino por delante para que la gente sepa encajarlas como adultos. O al menos con seres vivos pluricelulares.

Sinceramente, yo creo que esta nefasta práctica viene de la inseguridad que a algunos les entra cuando una persona ataca lo que sea que le es cercano. Esto, la inseguridad, siempre he creído nace de la completa falta de comprensión o entendimiento de lo que te gusta, o de no saber de un modo lógico, educado, o, flipándome mucho, inteligente, el conversar con alguien de ideas opuestas a las tuyas. Lo que suele ser clasismo de manual, para que nos entendamos.  

Por poner un ejemplo, si alguien me dice que System of a Down son una basura, le diría que no lo veo así, y que a mí me parece que crearon un nuevo estilo, que sus canciones son únicas en cuanto a técnica y letras, que las voces son muy especiales tanto en timbre como en tono, o que sus directos difícilmente comparables a los de cualquier otro; y con esto yo estaría razonando mis gustos y defendiendo con argumentos mí postura.

En ningún momento digo poseer más razón que él, o que su afirmación sea errónea, solo le expongo porqué yo creo que son la hostia.

El problema viene cuando al segundo en disputa le pregunto por qué cree que son una mierda, y me responde pues porque sí, porque son una mierda (que por desgracia es la práctica más habitual en cualquier debate), o, por ejemplo, es que no tienes ni idea de lo que hablas, ni de música ni de nada, porque además estás en contra de los otros grupos y bla bla bla (para los que nos divertimos con estos momentos, cuando nos llega, estos especímenes son los más entretenidos), entonces se podría decir que la otra persona no busca una conversación, y tampoco la quiere. Busca tener razón y ganarte en algo que, a decir verdad, creo que ni él sabe lo que es.

Esas personas solo son expertos en tachar a los demás de completos idiotas sin más argumentos que el porque me sale de los huevos, o el inventar datos o tergiversar la verdad hasta que les cuadre con sus ideas, que es muy parecido a lo que los fascistas (los mismos que ellos creen atacar) hacen cuando consiguen el poder.

Cualquiera que diga algo diferente a lo que los ruidosos sin razón berrean se expone a un ataque sin sentido ni argumentos hacia su persona.

Además, seguramente pasarán rápidamente al ataque de ámbito personal antes de que puedas siquiera olerlo, ya que aquellos que no soportan una voz discrepante que usa argumentos saben que, algunas veces, esa sucia práctica saca de sus casillas al que tiene delante.

No hay como mentar a una madre, pareja, aspecto físico o tachar de algo falso a alguien para que se sienta herido. Pero eso ya no afecta a los que estamos acostumbrados. En realidad nunca lo hizo. Un insulto rastrero y sin base, soltado desde las profundidades del estómago sin nada más de su lado que la rabia, no duele igual que si viene del cariño o el conocimiento. Ni siquiera roza la piel.

Pero, oye, ¿y lo divertido que es verles llegar a ese punto de no retorno? Les ves hundirse en palabras fuertes, en supuestos insultos comodín, y con eso y un bizcocho ya pueden irse a dormir con la falsa idea de que, una vez más, has puesto a alguien en su sitio.

Son adorables.

Así que estimados amigos que habláis con calma, razonando y, la mayoría de las veces, con razón, no os preocupéis.

Hay personas que solo a base de golpes llegan a descubrir que se equivocan, igual que cuando tus amigos te dicen que tu pareja es una mala persona y tú, hasta las trancas, lo niegas una y otra vez, con convicción pero con la fe solamente de tu lado, hasta que llega el día en que el muro se te cae encima y, ¡BOOM!, tienes que recular.

Hermanos de debate con palabras claras y lógicas, no estáis solos. Así que haced como yo: sed libres de opinar, disfrutad del camino de baldosas amarillas que los unicelulares dejan tras de sí y, simplemente seguid leyendo, pensando y hablando libremente.

Sin miedo. Con la completa seguridad de que si en algún momento alguien os da un buen argumento sabréis, igual que yo, aceptarlo y aprender.

Aprender.

Lo repito una vez más, especialmente para los que siguen en sus trece sin nada de su lado a parte de la masa aborregada:

Aprender.

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