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La censura de los “justos”

Este pasado fin de semana han ocurrido dos “incidentes” (aunque en realidad la palabra pataletas le pega mejor) que, aunque en diferentes lugares y con protagonistas del todo antagónicos, me han hecho pensar en la estupidez la de sociedad en la que, por desgracia, estamos viviendo.

Antes de empezar me veo en la triste obligación de dar un par de apuntes, ya que algunas cabezas en la actualidad están muy jodidas a la hora de comprender los verdaderos motivos de mis textos. Ya sabéis de quienes hablo, esa gente que cree que si criticas el comportamiento de alguien estás AUTOMÁTICAMENTE a favor de la persona que ha recibido el ataque. El mundo, y las personas normales, no funcionamos así, queridos.

Pero voy a dejarlo claro ya, por si acaso, y después entro en materia:

  • No soy un gran fan de Polanski, y mucho menos apoyo lo que hizo en su día (que por cierto la chica implicada, además de lucrarse con ello, ya le perdonó e incluso le exculpó).
  • A pesar de lo que muchos piensan, y para su pesar, ¡no!, no soy votante ni partidario de VOX. Ni los he votado ni pienso votarlos a corto plazo, igual que no he votado ni pienso votar a corto plazo al resto de partidos que tenemos en España (incluyendo dentro de España a Cataluña).

¿Todo claro?, espero que sí, porque a partir de ahora solamente hablaré en mi reflexión dando por sentado que estos dos primeros puntos han quedado claros.

Pues allá vamos.

Estos dos personajes públicos se han visto envueltos en unas escenas bastante patéticas, llenas de un odio bastante irracional y que opta por las ideas facilonas y efectistas, antes que por toda la verdad o una visión más amplia de lo que hablan. Pero son “feministas” de estas de la segunda o tercera (me he perdido ya a estas altura) ola, así que donde no hay, tampoco van a sonar campanas.

A Polanski, un director de los más grandes que hay, guste o no, y con una visión inmensa del séptimo arte, le han otorgado los premios Cesar a mejor dirección, mejor vestuario y mejor guion adaptado por su última película: El oficial y la espía (que aún no he visto, pero como esto no es un blog de cine no entraré en si se lo merecía o no).

El caso es que al subir a recibir sus premios, una actriz francesa llamada Adèle Haenel, que por supuesto está ligada al movimiento #metoo, empezó a gritar y se fue de la sala como muestra de disgusto por estos galardones otorgados a un pederasta.

Esta mujer, que seguramente habrá tenido gracias a esto más visitas en Google que en toda su carrera (una cosa siempre, misteriosamente, va unida a la otra), demostró que no sabía separar la persona y su vida privada, del todo reprochable, del arte que nos regala, del talento que tiene, así que optó por algo tan “reivindicativo” y “efectivo” como irse y montar una escena. Pues vale, guapi. Adiós.

El segundo incidente pasó en Zaragoza, cuando algunos ministros de VOX, con el agent… señor Smith a la cabeza, estaban en un escenario recibiendo aplausos de sus simpatizantes después de algún discurso de los suyos. Entonces, de improviso, una activista de Femen (las de las tetas al aire, para entendernos) subió y comenzó a gritar lo de siempre: que si fascistas (todavía nadie me ha dado argumentos de por qué lo son), que si mueren mujeres por vuestra culpa (como si los de VOX hubiesen creado la LIVG, que no está sirviendo para nada y que, por ello, siguen muriendo mujeres a manos de sus parejas), y todo el panfleto de los que no saben hacer otra cosa que cantar y bailar y romper cosas en lugar de razonar, discutir, o, directamente y con calma, hacer un debate sensato y serio sin que se note que se han metido algo artificial (¿alguien ha visto el video de una dirigente de VOX debatiendo con una del colectivo LGTBIGUJSWÑETD en un programa de televisión? Yo me lo pongo en bucle cuando me apetece reírme a carcajadas).

¿Y en qué se parecen estos dos actos, estás dos acciones, estos dos ataques a las ideas o lo que profesionalmente hace la otra persona?

Pues en que, por desgracia, se está imponiendo como algo normal en nuestro mundo el atacar de este modo a los que piensan diferente de nosotros, en lugar de ponerse las pilas y con actos con sentido, y utilidad real, ir hacia adelante y tratar de arreglar eso que no te gusta.

O, al menos, hacerlo mejor para demostrar que la otra persona no vale los aplausos que recibe.

Porque puede gustarte o no que alguien que en los locos años 70 hiciera algo tan censurable como acostarse con una chica de 13 años (el modo, si fue de mutuo acuerdo, y todo lo demás nunca lo sabremos porque ninguno estuvimos), o que el partido VOX ataque a tu colectivo y te ponga sobre la mesa tus incongruencias, pero lo que te aseguro es que no va a hacerte ganar el debate el hecho de comportarte o como una niña pequeña que no quiere acabarse la sopa, o como una loca sin cerebro desnuda y pintarrajeada gritando cosas que, si lo piensas de verdad, en realidad la describe a ella y no al de la gomina.

Y, sobre todo, lo que no te hace parecer alguien con razón es que, por un lado, ataques a estos dos tíos y, por otro, defiendas o ignores cosas como que la actual directora general de Diversidad Sexual del gobierno Español, Boti García, o una de las impulsoras del #metoo, Asia Argento, se acostaron (y reconocieron que lo hicieron sabiendo las dos que era así), con menores.

O que las Femen, que tanto buscan la libertad de la mujer y el Feminismo real (pausa para reírse), se comportan en redes y sus manifestaciones como auténticas fascistas contra los hombres heterosexuales (los gays violentos que maltratan a sus parejas, o los de raza negra o árabe mejor, si eso, los sacamos de aquí), buscando su erradicación y tachándolos de que no respetan sus opiniones ni sus vidas, mientras se desnudan delante y dentro de iglesias (cristianas, nada de mezquitas ¡que esto no va de racismo!), gritan a los hombres que se callen cuando ellas hablan, nos dicen que nosotros no podemos opinar sobre un colectivo al que no pertenecemos, o nos prohíben el apoyo y la presencia en sus lugares de “lucha”.

Todo muy, pero que muy, poco fascista.

Pero ahora toca confesarse: yo, al igual que cualquiera, también consumo cultura teniendo en cuenta de donde viene.

Sí, soy humano, aunque hay una sutil diferencia entre mi forma de actuar y la de las que enseñan las tetas o los que lloran porque alguien mejor que ellos ha ganado un premio; en mi caso, simple y llanamente, no consumo lo que ofrecen, y ya está.

Por poner un ejemplo. Hay una editorial catalana que publica libros increíbles, con dos cojones y que nadie más se atreve a poner en el mercado, pero de un tiempo a esta parte (tengo muchas obras de sus primeros años, y hasta presenté uno de sus libros y su editor presentó una de mis novelas) han empezado a usar su proyecto para atacar colectivos contrarios (cualquier cosa que entre en SU definición de “fascista”) y defender unas posturas en las antípodas de mi forma de ser (el independentismo catalán está en de lo primero en su lista de prioridades).

Por ello llevo ya tiempo sin comprarles nada de lo que sacan. Y mira que siguen sacando cosas buenas. Y no lo hago solo porque tenga la libertad de no hacerlo, sino porque también atacan (y me han atacado directamente en redes) una forma de pensar que ellos consideran “fascista”, y utilizan su propia editorial como bandera de ideas que, sin tapujos y desde luego que libremente, defienden posturas y atacan a personas y colectivos en los que, de algún modo, me veo implicado.

¿Por ello voy a ir a una presentación suya a hacer el mono y a gritar?, ni de coña.

¿Por elegir no dar ni un céntimo de mi dinero a personas que en la intimidad insultan, atacan, denigran y señalan a personas a las que quiero y respeto, soy una mala persona?, tampoco, porque lo hago libremente, dejando que sigan con sus ideas y sus “luchas” por internet. Por internet, ya sabéis, es útil de cojones hacerlo así.

Por lo que, lógicamente, también opto por no apoyarles por como son, pero con la enorme diferencia (que ellos no practican) de que yo dejo a los demás que libremente sigan con sus cosas, y les ataco con argumentos y escritos, y no con gritos, manifestaciones violentas o blasfemando sin dar un solo argumento.

Estamos entrando en una realidad preocupante, en la que por pensar diferente a esa pequeña minoría, te conviertes en la diana perfecta para que sigan subiéndose el ego realizando prácticas que, de hacerlas sus “enemigos”, ellos mismos señalarían como acoso, violación de la intimidad, fascismo, ataque, o violencia injustificada. Pero como lo hacen ellos, los que ahora tienen el timón del barco agujereado y que poco a poco se está hundiendo, pues todos aplauden como foquitas y tan felices.

¿Cambiará esto pronto?, en realidad la pregunta correcta sería otra:

¿Vamos a dejar que sigan con sus ataques, o empezamos a plantarles cara?

Yo tengo mi respuesta muy, MUY, clara.

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