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Cuando lloran los borregos

Ayer volví a ver un video en el que entrevistaban al gran actor Morgan Freeman. En él se hablaba de diferentes cuestiones, pero una de ellas acabó siendo el racismo, y fue en este fragmento en el que el modélico actor tuvo la respuesta perfecta para contestar sobre cuál sería la solución contra para este problema: Dejar de hablar de ello, y acababa diciendo: Hagamos una cosa, yo dejaré de llamarte Blanco y tú de llamarme Negro, y sigamos hacia adelante.

Aún quedan genios en el mundo que con una sola frase son capaces de encontrar la solución a casi todas las tonterías y pérdidas de tiempo de nuestro día a día (y eso que la grabación es de hace bastantes años).

Vivimos en un mundo que, como he dicho muchas veces, está perdido. No hay manera de solucionar la gran mayoría de problemas sociales y gubernamentales que nos rodean, sobre todo porque son problemas que nos hemos buscado nosotros mismos por aburrimiento, aborregamiento, faltas intelectuales, o porque nos va la marcha, sin más. Pero creo que sí podemos hacer algo contra esos pequeños y ruidosos grupos que, por diferentes motivos que dentro de poco numeraré, son capaces de moverse como un rebaño hasta el borde de un precipicio que no ha existido hasta el momento en que los “lideres” les han dicho que estaba ahí al 100%.

Ignorarles.

No aplaudirles.

No hablar de ellos y dejar que sus brasas acaben siendo cenizas sobre las que mearnos en el futuro.

Pensad en un niño pequeño, de esos muy movidos que tienen a sus padres muertos de sueño y al límite de sus facultades mentales y físicas, que llora en el suelo por un motivo X (que no suele existir) como si no hubiera un mañana. ¿Lo veis? Lo primero que haría cualquiera es acercarse y mirar qué le pasa, a ver si podemos buscar solución a ese incómodo momento, pero el niño al ver que nos acercamos subirá el volumen del llanto, pataleando más y destrozando del todo el ambiente ya de por sí jodido.

Bien, pues todos estos sub-seres que se empeñan en hacerse notar con sus mal llamadas manifestaciones o mítines o discursos morales en redes sociales, todos esos que se creen con el derecho de colocarnos a todos en un sitio determinado buscando un “bien mayor”, son como ese crío: infantiles, y faltos de razón o de un mínimo de conversación entendible por los que tenemos un buen porcentaje de masa encefálica sana.

Seguramente esta estúpida actitud se deba a que no tuvieron un abrazo (u hostia) a tiempo, o se llevaron un mal revés en la vida (puede ser sentimental, parental, laboral… vamos, como todos en algún momento de nuestras vidas) en el pasado, y por su falta de inteligencia o simple comodidad a la hora de afrontarlo pues no supieron encajarla y la utilizan, y utilizarán por siempre, como excusa para sus excentricidades verbales.

En realidad deberíamos verles, antes de ignorarles por completo, como seres cercanos a un gatito recién nacido: debemos mimarlo, cuidarlo, impedir que se mueva mucho por su bien, pero vigilando esas uñas que usará en cuanto pueda sin saber bien por qué.

Sé muy bien que mi plan está más cercano al milagro que a una teoría fiable. Por desgracia lo sé muy muy bien. Como también sé que ignorar a los que ya van cegados por la falsa razón y esa ira animal e irracional que les envuelve en todo momento es poco menos que un mini suicidio, más que nada porque estos energúmenos buscarán cualquier grieta, cualquier pequeño bache, para volver a ponerse delante de nosotros y escupir su bilis como el peor de los xenomorfos.

Pero estoy bastante convencido de que parte de la gasolina que les mueve, una pequeña pero muy importante, es la de llamar la atención y darle con nuestras miradas un mínimo de significado a sus tristes y patéticas vidas, a sus insufribles y por completo olvidables existencias, porque no hay nada peor que saber que vas a pasar por la vida anónimamente, sin ser recordado ni aplaudido ni premiado, y eso es una de las armas más crueles que usan los que quieren que las calles ardan y sus fines sean, de algún modo, acariciados o casi alcanzados.

Los borregos que lloran en nuestras calles y redes sociales, que nos dicen que estamos equivocados y debemos seguir sus ideales, son tan cortos de entendederas que son capaces de dar sus vidas, o partes de sus cuerpos, por sus líderes, esos que desde sus mansiones les dicen que adelante, que luchen, que están muy cerca del objetivo. Y los pastores lo saben.

La ignorancia es a veces la mejor de las armas contra los que no dejan de tratar de llamar la atención, es la que hace que todo el mundo quede retratado y la que al final les lleva a preguntarse por primera vez en sus vidas si lo que están haciendo está bien o mal, si tiene lógica o no.

Y para este tipo de pseudo intelectuales hacerse de vez en cuando preguntas no está mal del todo, ¿no?      

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