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Creo que piensan que soy subnormal

Hoy, más que nunca, los de seguridad de mi trabajo creen que soy subnormal.

No tonto o algo corto, nada de idiota o gilipollas, no: subnormal.

Pero tendría que ir hacia atrás en el tiempo, al menos, 6 días.

El jueves pasado, entre resaquilla y frío, me levanté algo resfriado. El dolor de cabeza no ayudó mucho en mi recuperación, y desde luego en la situación actual, en la que salir a la calle con tu perrete es motivo suficiente para que los gilipollas del mundo y los acomplejados chupapollas se las den de policías y te amenacen desde sus balcones, lo único que hizo fue preocuparme más sobre el motivo de mi estado.

¿CoronaVirus?, ¿constipado?, ¿resaca por bourbon de siete euros?, ¿hipocondríaco? Todo podía ser, la verdad.

Y aunque vivir con una enfermera mola bastante, porque siempre hay medicamentos en casa y el conocido fetiche de que un día te diga ¿Quiere que le ponga si inyección? con voz sexy y lencería transparente está sobre la mesa (algún día la convenceré), en este caso me llevó por una montaña rusa de paracetamoles, termómetros (no anales… hubo suerte), y miradas de desconfianza con más razón que otra cosa.

Los días malos fueron el sábado y el domingo por la noche, donde la cabeza parecía que iba a estallar porque se juntaba en esa olla que era mi cabeza, el encierro, los mocos, el sueño y las pocas ganas de hacer cualquier cosa que fuera más cansado que bajarme los pantalones para mear.

Así que como un viejo de mierda me fui los dos días a dormir antes de las ¡NUEVE DE LA NOCHE! (no se lo digáis a mis amigos, por favor…). Finalmente este lunes ya estaba como nuevo, y hoy, martes, he tenido que ir a currar al hospital, donde la investigación sobre cáncer de mama en la que estoy metido no puede detenerse así de golpe, al llevar en la mochila ratones, nacimientos, administraciones de medicamentos programadas desde hace meses, y, lo más importante, un sueldo.

Y así llegamos a los de seguridad llegando a la conclusión de que soy un subnormal.

Digamos que entre la falta de movilidad por enfermedad, por cuarentena, y porque me estoy poniendo al día con películas y libros, la música había pasado a un segundo plano demasiado oscuro y pocos metros cuadrados como para que aquello durase mucho rato, por lo que solo ha hecho falta descubrir un grupo nuevo, llamado LÈPOKA, para que mis ganas de darlo todo como un descerebrado dejaran libre al demonio.

Y si encima me metes en una planta entera de hospital donde solo estamos, a lo mucho, tres personas, podéis llamarme PUTO LOCO NUMBER ONE.

La imagen ha sido esta: imagina a un tío con melenas, de metro ochenta y dos de altura y noventa y cinco quilos, con un pantalón de camuflaje, unas bambas con los cordones de diferente color, las uñas pintadas de negro, una libreta en la mano, los auriculares puestos (que en las cámaras de seguridad, por cierto, no se ven) y una máscara de ciclista de cuadros azules y blancos dando saltos, bailando, levantando los brazos y haciendo como que toca la guitarra como un energúmenos por un pasillo de al menos trescientos metros, que hace una S por la mitad, de camino al estabulario (donde se tienen a los animales de investigación).

Y si os parece poco eso, que para mí ya sería motivo suficiente para salir con la porra de la garita y reventarle la cabeza al descerebrado ese, como postre el puto subnormal se ha dado cuenta, al final, de las cámaras, y le ha dado por saludar a la última a puño en alto, con los dedos índice y meñique bien estirados, y haciendo círculos con la cabeza como si no hubiera un mañana.

Sí… cuando no “bailo” durante mucho tiempo, y la música es buena, a veces se me va mucho la cabeza. Y sin problemas, oiga.

El problema no radica en que el de seguridad me haya visto y se haya despollado, ni siquiera que seguro que graban todo lo que hay y, si quieren, seguramente podría acabar en Youtube, lo que de verdad me ha dado la pista definitiva de que se creen que soy subnormal, o me falta un pequeño giro en la sartén, es que al salir yo del hospital uno de los uniformados vigilantes que se van turnando en la puerta principal me ha levantado el puño para decirme adiós, mientras movía la cabeza de arriba abajo.

Sí… he sido su meme del día.

Esta vivencia me hace pensar dos cosas:

  • Que si al salir de un constipado, como me ha pasado a mí, normalmente a la raza humana ya le da por desfasar para aprovechar el tiempo perdido, no quiero ni pensar en cómo acabarán los bares y discotecas cuando nos suelten a la calle de nuevo.
  • Lèpoka molan MUCHO.

Cuidaos, amigos. Y cuidad a los demás.

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