‘Una canción irlandesa’, oda al campo o cómo sobrevivir a la soledad en una granja

Emily Blunt copa la cartelera de verano con Una canción irlandesa y Un Lugar Tranquilo 2.

Entre los clichés culturales de campo y ciudad, en esta comedia romántica bucólica sobresale la actuación de Emily Blunt, en cuyos ojos vemos la frustración de una pregunta que no llega nunca a escuchar de los labios de su vecino.

No es lo mismo ser granjero que tener una granja. Los que están cansados de ser granjeros quieren dejar de serlo, y los que están hartos de las ciudades, quieren tener una granja.

Una canción irlandesa te acerca a los dos puntos de vista, todo sazonado por el orbayo irlandés.

Por un lado, interesan las dos ramas familiares, la materna y la paterna. Es suficiente que tu carácter sea diferente del de tu progenitor que enviuda, porque no verás ni sombra de herencia. Así es el campo, en Irlanda y en donde sea. Así que las dedicaciones granjeras que se viven de corazón muchas veces son negadas por incompatibilidad de caracteres.

El jarro de agua fría lo verterá el ojito derecho de tu progenitor viudo: tu primo de América, con el que por lazos de sangre debes ser amable, y te contiene porque te sientes sanguinario ante tamaño ignorante. Pero el tipo yanqui es cool, el equivalente al campechano, pero con humos de la gran ciudad. Suficiente para heredar la granja donde pringas desde la infancia y dejarte a dos velas.

El mismo trabajo en campo y ciudad

La concepción del tiempo y de las tareas no son tan opuestas, sólo pintorescas: si dejas tu puesto en la Gran Manzana por unos días, alguien se ocupará de tus rutinas. Si abandonas la granja un par de días, le pagas a alguien para que alimente a los animales. Los bancos no paran en Nueva York, los animales no dejan de comer en Irlanda. Si la rutina te agobia donde vives, te abrumarás siempre donde trabajes.

Todo lo contrario del mantra que dice que aquel que disfruta con su trabajo, nunca trabajará (bueno, mientras paguen, vale).

Al final, todo lo que uno siente, aunque no lo diga, lo deja entrever su animal favorito. Y si el caballo se cabrea, es que tiene razón. Tal que una peli de Disney en que los protagonistas revelan su poderío bajo una lluvia tormentosa, aquí sucede lo mismo. Ni las escenas de Cumbres Borrascosas, en los páramos ingleses donde el viento sopla y el trueno ruge, podrían describir mejor el embrollo de amor, frustración, herencia, familias, derechos de paso y vecindad de las tierras.

Al final, como si de un Talent Show rural se tratara, la taberna irlandesa es testigo de que la mejor solución posible, aunque la más alejada, ha triunfado. Y comieron perdices, y tal y tal.

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