Primavera Sound 2026: Primavera a la Ciutat

Lunes 1 de junio – Sala apolo 2

Como viene siendo la tónica oficial de unos años a esta parte, conseguir entradas para los conciertos que están dentro del marco del Primavera a la Ciutat celebrados durante la semana que ocupa los días del Primavera Sound concertados fuera del recinto del Fòrum, llenando las salas de conciertos de Barcelona con artistas que están (no todos) programados para los días grandes del Festival con la valiosa ventaja de poder verlos en salas, se ha vuelto a convertir en una odisea. Este año, la jugada que hemos podido plantear para esos conciertos del Primavera a la Ciutat, ha sido más reducida de lo que hubiéramos deseado, como siempre.

Pero sin que este texto sirva como un lamento, el pasado lunes asistimos al pistoletazo de salida del Festival, con un cartel algo irregular, celebrado en la sala Apolo 2 de la Ciudad Condal. Compuesto por Pálida Tez, The Clothes, Joanne Robertson, Elias Ronnenfelt y Soleá Morente, la cosa pintaba de lo más variada y ecléctica.

En primera instancia sube al escenario Pálida Tez. Un combinado compuesto por cuatro amigos, Elena (bajo), María (voces y guitarra), Samuel (voces y guitarra) y Manuel (batería), inclinado claramente al indie pop de guitarras crujientes y ambientes amables. La cuestión era romper con la rutina y cantarle al coming-of-age en el principio de la adultez y las responsabilidades. Ese momento crucial en la mayoría de la vida de las personas cuando te das cuenta de que te has convertido en un adulto sin que puedas hacer nada por evitarlo.

Sus entonaciones a dos voces, tanto juntas como por separado, recuerdan sobremanera a las caricias vocales de La Buena Vida, quizás Samuel no se asemeja tanto a Mikel, pero lo de María e Irantzu, es prácticamente clavado. No lo digo como algo malo, si no como un regalo que me ha parecido tan especial como evidente. Que un grupo te recuerde directamente a la versión más primigenia de La Buena Vida, siempre está bien.

Jugando con la saturación de las guitarras en sus momentos más grandilocuentes y con el minimalismo instrumental en sus momentos más íntimos y sugerentes, la otra cara de la moneda es esa similitud con nuestros granadinos favoritos. Aquí hay mucho de los primeros Planetas también.

Nada nuevo en los aires del combo albaceteño, eso queda claro, pero pocas bandas del indie actual se acercan con tanto acierto a los dos pilares básicos sobre los que se construyó la discutida etiqueta del indie nacional. Su estilo se rige con los códigos de un pasado nostálgico y un futuro muy necesario.

Justo a la hora programada, las ocho de la tarde, entran en escena The Clothes. Un dúo experimental formado por la conexión imposible entre Amposta (Eduard) y Glasgow (Jasper). Una combinación tan única como su propuesta. Colocando toda su parafernalia instrumental en la propia pista de baile, delimitando un lugar muy concreto en el que se situaba una mesa de operaciones plagada de cacharrería variada, un ordenador desde el que soltar las pre grabaciones, dos guitarras, dos micros, el auricular de un teléfono de rueda, una grabadora, un arco de un violín y demás artilugios creando un espacio que se podría asemejar más a una intervención / instalación en una galería de arte, que a un concierto de rock.

Empezando la performance andando por el público y entregando a algunos de los presentes un trocito de un billete de cinco euros que Eduard iba rompiendo mientras ejecutaba la canción, la actuación del dúo estuvo plagada de momentos arty y experimentación con sus instrumentos, con el público y con el espacio.

Soltando bases pregrabadas sobre las que recitaban, tanto el uno como el otro en su idioma natal a modo de spoken word o weird folk, y tocaban sus instrumentos, o podríamos decir asaltaban, quizás eso sería más acertado, la velada estuvo plagada de acoples máximos, cambios de ritmo intrusivos, mantras vocales, distorsiones disonantes, armónicas alarmantes o auriculares de teléfono a modo de megáfono. Algo que dejaban muy claro, es que su show va mucho más allá de las canciones en sí y, por supuesto, del entretenimiento.

Entiendo que el concepto artístico del dúo estaba metido en un marco muy concreto de crítica social y demás, pero hubiera estado bien que el propio público estuviera al tanto de qué era lo que el dúo quería representar con sus acciones. Al no ser así, vas perdido y la experiencia se acaba revelando como incompleta por falta de perspectiva.

Una propuesta de lo más interesante, sobre todo por todo el tema de incluir al público dentro de la performance ocupando el mismo espacio que la banda, pero quizás se haga algo difícil de descifrar. Lo suyo es algo así como si la Velvet Underground y Sunn O))) hubieran tenido un hijo bastardo después de una noche loca de chem sex.  Aunque Eduard dijera : – disfrutad del festival y no toméis muchas drogas, las drogas son una mierda – , su espectáculo podría funcionar perfectamente como un estado alterado de conciencia derivado del consumo de drogas.

La tercera actuación de la noche, venía de la mano de Joanne Robertson y su suerte de folk fantasmagórico de guitarras reverberantes y sonido lo fi. Una combinación que, para ser sincero, se me hizo de lo más cuesta arriba, aburrida, repetitiva y demasiado ajustada a un estilo que, sin que me parezca mal, me resulta muy poco interesante.

Con una actuación de lo más etérea, dispersa y disonante, lo de la Robertson, que además estrenaba guitarra esa noche y no paraba de pelearse con ella reajustándola después de  cada canción, se presentaba como algo parecido a un a combinación entre la Chelsea Wolf más minimalista y una PJ Harvey reducida a la mínima expresión.

Tanto me costó la experiencia, que tuve que renunciar al resto de actuaciones de la noche.

Foto The Clothes por Gisela Jane