Nadia Murad, la activista de los derechos humanos que se ha convertido en portavoz de las víctimas del Estado Islámico, acaba de recibir el premio Nobel de la Paz junto con el médico Denis Mukwege por su lucha contra la violencia sexual.
El Comité Nobel ha recordado que Nadia es «una de las cerca de 3.000 niñas y mujeres que han sufrido abusos sexuales como parte de la estrategia militar de Estado Islámico que usaban ese tipo de violencia como un arma contra los yazidíes y otras minorías religiosas». Además, ha destacado que «tras tres meses de cautiverio logró escapar y empezó a denunciar los abusos que habían sufrido ella y otras mujeres. Tuvo el extraordinario coraje de contar su propio sufrimiento y de ayudar a otras víctimas».
Yo seré la última. Historia de mi cautiverio y mi lucha contra el Estado Islámico, es el título de sus memorias, que publicó Plaza & Janés el año pasado, en lo que fue un gran lanzamiento internacional en 25 idiomas, con prólogo de su abogada Amal Clooney. La historia de su cautiverio como esclava sexual del Estado Islámico ha dado la vuelta al mundo. La joven se ha convertido en portavoz de todos aquellos que han sufrido la violencia del Estado Islámico, en el rostro del genocidio yazidí y en una de las líderes de un movimiento que busca liberar a las mujeres y niñas que todavía viven como esclavas, lo que le ha valido la amenaza de muerte del grupo terrorista.

El 15 de agosto de 2014, la vida de Nadia Murad cambió para siempre. Las tropas del Estado Islámico irrumpieron en su pequeña aldea del norte de Irak, donde la minoría yazidí llevaba una vida tranquila, y cometieron una masacre. Ejecutaron a hombres y mujeres, entre ellos a su madre y seis de sus hermanos, y los amontonaron en fosas comunes. A Nadia, que tenía veintiún años, la secuestraron, junto a otras miles de jóvenes y niñas, y la vendieron como esclava sexual. Los soldados la torturaron y violaron repetidamente durante meses, hasta que una noche logró huir de milagro por las calles de Mosul y una familia musulmana la cobijó. Se refugió en su casa durante quince días antes de huir a uno de los muchos campos de refugiados atestados que hay a las afueras de Duhok, en Kurdistán. Acogiéndose a un proyecto alemán de ayuda a los refugiados consiguió escapar a Alemania. Una vez allí, se propuso contar su historia para que no fuera olvidada, exhortando a líderes de todo el mundo a detener los crímenes del Estado Islámico y el genocidio de su pueblo. Su libro Yo seré la última. Historia de mi cautiverio y mi lucha contra el Estado Islámico es este deseo convertido en realidad.
Todo un ejemplo.