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La Navidad como excusa… y ¡Feliz Navidad!

Hola. Si estás leyendo esto es que has sobrevivido a la larga lista de comidas, viajes, gritos, villancicos, regalos, juegos infantiles, resacas, y todas las demás situaciones y palabras que suelen decirse en estas fechas, tales como “Hay que verse más” o la archiconocida “Dale un trago al niño, que no pasa nada”.

Así que: ¡FELIZ NAVIDAD!

Y antes de que incubéis este primer párrafo como una crítica sarcástica lanzada con odio hacia estas fechas, o me vayáis a tomar por un Grinch, aclararé una cosa: me encanta la Navidad, aunque no sabría explicar bien por qué.

Quizá sea porque la veo como una oportunidad de volver a ver a personas que hacía mucho, por distancia o trabajo o directamente falta de tiempo, que no veía, o porque disfruto mucho de ver a los niños pasándolo bien y dejándose llevar por la alegría que conlleva vivir estos días, o por la magia del entorno, o todos esos regalos que algunos llevan meses esperando. Pero entre todos los motivos tengo uno muy personal y que, me disculparéis, me guardaré para más adelante.

 Aunque tampoco confiéis mucho en que os lo diré. Es muy personal.

La Navidad como publicidad facilona

El caso es que este no es un artículo cagándose en lo típico que hay que cagarse en estos días (lo siento), sino que vengo aquí para darle una buena bofetada a algunas actitudes que, a raíz de un artículo que leí el día, creo, 22 de diciembre, me parecen que son las que le dan a todo este aura de felicidad y de sentimientos verdaderos una capa de mugre y falsedad muy característica de algunos sectores de nuestra mierda de sociedad.

El artículo en cuestión cogía los comentarios colgados en una red social de un, creo de nuevo, enfermero del ala de pediatría de un hospital de Madrid, en el que se daban con todo lujo de detalles la actitud y la formas de unos futbolista a la hora de pasar a saludar y dar ánimos a un grupo de niños enfermos.

En este circo en el que los repeinados millonarios se prestaron a ser los payasos y las fieras al mismo tiempo, solo estuvieron apenas 10 minutos, no dejaron que les tocasen los niños (ni siquiera para un abrazo), se dedicaron a ni dirigirles ni una sola palabra a nadie, y amenazaron a los padres (algo así como si nos hacéis una foto, os denunciaremos).

Es decir, fueron de todo menos educados, que era lo mínimo que se le puede pedir a estos descerebrados.

El mayor problema es que esto, unido a la manía que tienen algunos políticos de menospreciar estas fiestas, apenas mencionándolas con piruetas mentales dignas del peor de los totalitarios, hace que mucha gente, en mi opinión, le hayan cogido manía a todo lo relacionado con la Navidad.

La típica actitud de meter a todos los gilipollas y a los que no lo son en el mismo saco, y listos, es algo que se nos da muy bien como raza.

¿Para qué diferenciar entre mala praxis y buena si puedes, directamente y por una mezcla de vagancia y desconfianza, meter a todo el mundo en la misma esquina de estupidez sin siquiera mirarlos a los ojos?, porque, y todos los sabemos, generalizar es algo que se nos da muy bien, sin pensar en que si se meten en la misma bolsa de plástico huevos y carbón es normal que a la larga te acaben diciendo que tu criterio a la hora de afrontar o juzgar la vida está más que jodido.

Pero hay algo peor que prostituir la Navidad con fines egoístas o directamente faltos de escrúpulos, y es lo que ha apoyado a hacer la siempre culta y completamente cuerda Lucía Etxebarría (ahora sí que había sarcasmo, ¿visteis la diferencia?), y que es boicotear desde dentro las cenas navideñas, dando la murga a quienes ni les interesa ni preguntan sobre “feminismo” y “patriarcado” y todas estas monsergas que durante estos últimos dos años se han acabo hundiendo en lo más hondo del pozo podrido de la falsedad.

Porque hablar y comunicarse es bueno, y debatir y cambiar posturas y aprender del otro es la base de la inteligencia humana, pero que un personaje como este que con cada frase que suelta por las redes (que en este caso queda clarísimo que es la única manera que tiene de comunicarse con el exterior, posiblemente porque a estas alturas ni sus amigos más íntimos la soportan o toleran) se dedica a calentar a los estúpidos que aún se la toman en serio, y entonces estos jodan a los demás por un fin o bien o lo que sea, el cual NADIE sabe cuál, mayor que solo busca joder al prójimo gratuitamente.

Esto es lo más ruin y despreciable que alguien puede hacerle a la alegría y el bienestar de sus semejantes, y es típico de las bien llamadas personas tóxicas, que pretenden llevarnos a todos a compartir forzosamente su sufrimiento y desprecio por la vida que tras tantos años de desgracias (casi siempre surgidas de su propia estupidez) necesitan expulsar al exterior para no suicidarse.

La Navidad debería ser una fecha de acercamiento y alegría, de paz y de respeto por las creencias de alguna gente (entre las que no estoy, pero no por eso debo impedirles que hagan lo que quieran siempre y cuando no me ataquen a mí), y por eso mismo me jode tanto ver como algunos se aprovechan de ella o la desprecian faltándole al respeto a toda esa gente que sí quiere vivirla con una sonrisa en la cara y ajenos a malas vibraciones.

Y sí, sé que para algunos de vosotros seguramente les traerá malos recuerdos o sentirán que alguien les falta, y veo lógico que no queráis dar saltos por la calle u os moleste ver a los demás subidos en el árbol de la alegría infinita, pero ese no debería ser un motivo para tratar de jorobar a los demás (por ejemplo yo no soporto el verano, que dura casi tres meses, y no por eso aparezco en la playa lanzándoles mierdas a los que están tostándose al sol), sobre todo porque eso se le puede hacer a cualquiera; como a ti, amigo.

No sé si te suena el refrán de que no le hagas a los demás lo que no quieras para ti, aunque me da en la nariz que sí, porque a muchos os hemos visto llorar de absurda impotencia o gritar de rabia cuando, cansados de vuestras tonterías, nos reímos/ridiculizamos/atacamos con razonamientos lógicos vuestras gilipolleces. Así que ya sabéis qué puede pasar, ¿sí?

Sé que no os contaré el motivo por el que me gusta la Navidad (cosa que mucha gente no comprende por lo típico de mis pintas y la música que escucho y todo eso), principalmente porque la razón es tan rara y personal, tan llena de esa magia ilegible y bizarra que en particular me rodea, que creo que es mejor mantener la intriga y, sin más, tomarnos una cerveza juntos y disfrutar del frío, la felicidad, las amistades reales, y, a poder ser, de la falta de gilipollas en nuestro día a día.

Ahora que caigo, es un buen deseo para este 2020: que los gilipollas desaparezcan.

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