Crónica de los Oscar© 2026
La 98ª edición de los premios de la Academia celebrada en el Dolby Theatre y presentada por Conan O’Brien, dejó un relato bastante claro: la consagración definitiva de Paul Thomas Anderson y la confirmación de una temporada marcada por el duelo entre dos películas muy distintas. Una obra maestra: One Battle After Another (Una batalla tras otra) y otra que oirás que también lo es: Sinners (Los pecadores). Ambas llegaron como las grandes favoritas, y ambas terminaron dominando el palmarés de la noche.
Paul Thomas Anderson: El nombre de la noche
La gran vencedora fue One Battle After Another, que ganó seis premios Óscar: mejor película, mejor dirección para Paul Thomas Anderson, mejor guion adaptado, mejor actor de reparto para un ausente Sean Penn -«que o no podía o no quería venir», citando a Kieran Culkin-, mejor montaje (Andy Jurgensen) y el nuevo premio a mejor casting para Cassandra Kulukundis.
El triunfo (aunque completamente merecido) tuvo algo de ajuste histórico. Durante años, PTA había sido considerado uno de los grandes autores contemporáneos sin una estatuilla competitiva. Su victoria recordó inevitablemente a otras consagraciones tardías de los Óscar: el premio a Martin Scorsese por The Departed (Infiltrados) o, en otro registro, la eterna anomalía de que Alfred Hitchcock jamás ganara el Óscar a mejor director.
En su discurso, PTA habló del cine como un trabajo colectivo y quiso agradecer a técnicos y actores, recordando que una película se sostiene sobre muchas manos invisibles. También tuvo palabras de respeto para algunos de sus competidores de la temporada, mencionando la ambición de Sinners, una de las películas que marcó el curso de estos premios.
Sinners: récord de nominaciones y cuatro Óscar
Si Anderson fue el gran triunfador, Sinners, dirigida por Ryan Coogler, fue el otro gran protagonista de la temporada. La película llegó a la gala con 16 nominaciones, la cifra más alta jamás lograda por una película en los Óscar, superando el récord histórico de catorce candidaturas de las ya eternas Titanic y La La Land.
Finalmente obtuvo cuatro premios:. Jordan, polémico mejor guion original para Coogler, el tercer Oscar para su colega y archiconocido compositor Ludwig Göransson, mejor fotografía para Autumn Durald Arkapaw y el más polémico de todos: mejor actor para Michael B Jordan.
En lo personal —y quizá aquí uno representa a una minoría dentro del gusto de la Academia— sus estatuillas me dejaron una sensación parecida a las de Frankenstein, que también destacó en las categorías técnicas. Son reconocimientos que reflejan claramente una parte del gusto dominante dentro de la Academia, pero que me saben un poco a cartón piedra.
The Winner Takes It All
La carrera por el Óscar a mejor actor fue, probablemente, la más abierta y comentada de toda la temporada. Durante meses, muchos dieron por hecho que el premio acabaría en manos de Timothée Chalamet por su interpretación en Marty Supreme, una actuación ambiciosa y físicamente exigente que parecía responder a la perfección al tipo de transformación que la Academia suele premiar. Sin embargo, la estatuilla terminó en manos de Michael B. Jordan por su doble papel en Sinners.
Hubo incluso algo de ironía casi cinematográfica en el momento: mientras sonaban los acordes de The Winner Takes It All, Jordan subía al escenario para recoger el premio. El actor, al que muchos aún recuerdan por sus primeros pasos en The Wire, culminaba así una temporada de premios particularmente sólida.
La derrota de Chalamet, en cambio, tuvo algo de paradoja. Su campaña había sido, para muchos analistas de la industria, una de las más ambiciosas —y posiblemente más eficaces— que se recuerdan en la historia reciente de los Óscar: presencia constante en festivales, entrevistas, eventos de la Academia y una estrategia de promoción casi omnipresente. A ello se sumaron algunos episodios mediáticos —desde su comentada aparición en entornos de ballet y ópera durante la campaña— que alimentaron aún más la conversación en torno a su candidatura. Pero, por alguna razón, a la Academia pareció dejar de interesarle imaginarlo con la estatuilla en la mano.
Algo que, en realidad, tampoco cambia demasiado las cosas. Si bien su interpretación parecía más completa que la de Jordan, personalmente habría mirado hacia otras direcciones dentro de la categoría. Actores como Ethan Hawke o Wagner Moura firmaron trabajos que merecían al menos estar en el centro de la conversación. Y, en cualquier caso, hay intérpretes —como Leonardo DiCaprio— que ya han demostrado tantas veces su talento que los premios terminan siendo casi un detalle menor en comparación con la solidez de su carrera.
Jessie Buckley y el discurso de la noche
Si hubo un momento verdaderamente emocionante en la gala, llegó con el premio a mejor actriz para Jessie Buckley por Hamnet, donde interpreta a Agnes Shakespeare. (AP News)
Su actuación —intensa, contenida y profundamente emocional— fue para muchos una de las grandes interpretaciones del año. Pero fue su discurso el que terminó convirtiéndose en uno de los recuerdos más hermosos de la ceremonia.
Buckley habló de la maternidad y del equilibrio entre vida familiar y creación artística, recordando la importancia de las madres. Con humor y emoción, miró a su marido y bromeó diciendo que el matrimonio no es ninguna trampa y que ella tendría «veinte mil bebés más» si pudiera. Durante unos segundos, la maquinaria perfectamente coreografiada de los Óscar pareció detenerse.
El único momento político de la noche
Hubo también un instante en el que la gala rozó la política. Cuando subió al escenario para presentar uno de los premios, Javier Bardem fue prácticamente el único que introdujo un mensaje explícito, pronunciando “no a la guerra” y “Palestina libre”, lo que provocó un aplauso notable en el teatro.
Sin embargo, el gesto no tuvo demasiada continuidad en el resto de discursos. Nadie más quiso seguir ese camino, recordando que Hollywood —incluso cuando simpatiza con determinadas causas— suele preferir mantener la ceremonia dentro de los límites del espectáculo.
Una batalla tras otra
Los Óscar de 2026 dejaron la sensación de un juego de espejos: por un lado, la consagración de Paul Thomas Anderson con One Battle After Another reafirmó que el cine de autor sigue siendo posible dentro del gran engranaje de Hollywood y que la industria necesita a nombres como Anderson o Sean Baker igual o más que ellos a la misma.
Por otro, la gala se movió entre campañas calculadas, destellos de espectáculo y la conversación interminable que acompaña cada temporada de premios.
Hubo un instante fugaz de política, cuando Javier Bardem se atrevió a decir «no a la guerra» y«Palestina libre». Aplaudido por el teatro, su mensaje flotó en el aire y desapareció, como un suspiro que recuerda que, a veces, la verdad se asoma solo un segundo antes de que la maquinaria la envuelva de nuevo en luces y glamour.
Y si dejamos de lado la política y las discusiones sobre qué película es «mejor», podemos simplemente admirar el cine por lo que es: arte y espectáculo. Historias que se mueven entre sombras y dorados, actuaciones que encogen el corazón y números que hacen brillar la sala entera, tan resplandecientes como el Golden de nuestras guerreras de KPop.
Los Óscar no siempre premian la perfección ni la justicia. A veces celebran el momento de la industria; otras, la llegada tardía de autores que debieron ser recordados hace años. Y, entre tanto, seguimos aquí, espectadores y protagonistas de nuestra propia historia, luchando y soñando.
Porque al final, tanto en el cine como en la vida, seguimos librando —como sugería el título de la gran vencedora— una batalla tras otra. Y mientras la luz de los reflectores se apaga, el dorado permanece, temblando en la memoria, prometiendo que siempre habrá otra historia, otro momento, otra batalla que contar.