Hamnet: de una belleza devastadora

Chloé Zhao salda la deuda que el cine tenía con Shakespeare

Cuando uno se enfrenta a una película que aborda a una de las figuras más importantes de la historia, debería hacerlo siempre con la ilusión —y la humildad— de quien cree no conocerlo. Muchos de los errores más frecuentes, tanto de críticos como de espectadores, parten precisamente de lo contrario: de enfrentarse a la versión que el director propone como si fuera una traición al personaje real. La Pasión de Mel Gibson, JFK de Oliver Stone o incluso El lobo de Wall Street de Martin Scorsese son ejemplos claros de miradas profundamente autorales sobre figuras históricas que no gustaron a todo el mundo, pero que, con sus aciertos y excesos, proponían gran cine.

En los últimos años, sin embargo, se ha instalado una moda aún más peligrosa: el revisionismo vacío o la reinterpretación casi ficticia de personajes históricos, con resultados tan cuestionables como Blonde o la reciente El cautivo de Amenábar —una película que, confieso, me genera especial cabreo como español, porque uno no puede evitar pensar en lo que habría sido una mirada como la de Chloé Zhao sobre alguien como Miguel de Cervantes.

Y es precisamente Zhao quien, en Hamnet, basada en la novela homónima escrita por Maggie O’Farrell, nos propone algo mucho más honesto y profundo: acercarnos a Shakespeare desde el dolor. No al genio consagrado, no al monumento cultural, sino al hombre atravesado por una tragedia que no puede elaborar. La película desplaza el foco del artista que convierte la tragedia en arte hacia la persona que se queda atrapada en ella. El centro emocional no está en quien escribe Hamlet, sino en quien pierde a Hamnet.

Ahí emerge con una fuerza arrolladora Jessie Buckley, sencillamente extraordinaria. Su interpretación de Agnes es una de las más impresionantes del año: un retrato del duelo que no necesita subrayados, que duele desde la contención y la fisicidad. Buckley sostiene la película desde el cuerpo, desde la mirada, desde el silencio. Es imposible apartar los ojos de ella.

La película equilibra ese dolor con una fotografía apabullante, devastadora en muchos momentos, pero siempre atravesada por el amor, el arte y la tragedia mostrados desde una cercanía tan íntima que a veces resulta incómoda. Había instantes en los que parecía necesario contener la respiración para no interrumpir lo que estaba ocurriendo en la pantalla. Esa delicadeza extrema genera algo muy poco habitual: una comunión real en la sala. Llantos, pañuelos, silencios compartidos. No como pornografía emocional, sino como un grito de dolor común. Algo que, al menos yo, no recuerdo haber vivido así en un cine, y que me tumbó emocionalmente en más de una ocasión durante la proyección.

Paul Mescal, como Shakespeare, está magnífico desde un lugar muy particular. Su personaje tiene un punto de ausencia, de distancia, que justifica incluso que a veces parezca un secundario, aunque sea evidente que es un protagonista esencial. Mescal construye un Shakespeare quebrado, incapaz de estar del todo, y precisamente por eso profundamente humano. Y ese to be or not to be, integrado en la película, tiene algo de reparación histórica: ya forma parte del imaginario cinematográfico, y era justo que el cine devolviera a Shakespeare parte de lo mucho que le debe.

Pero Hamnet no se sostiene solo en sus dos intérpretes principales. El niño que interpreta a Hamnet —Jacobi Jupe— es absolutamente conmovedor. Hay una escena, cuando su padre se marcha a Londres y él no entiende muy bien por qué, en la que sus lágrimas se contagian de forma inmediata. Cuando la tragedia golpea, ya estamos emocionalmente desnudos gracias a él.

La música acompaña con una sensibilidad extraordinaria, sin imponerse nunca, y el final, ambientado en el teatro, funciona como una invitación directa al espectador: a tocar, a reconocer, a mirar de frente a las personas que ama. Porque al final, como sugiere la película, el arte no es otra cosa que una forma de contemplar y celebrar el amor que sentimos por los que estuvieron y por los que están.

La dirección de Chloé Zhao es soberbia. Hay en Hamnet un dolor bello, filmado con una sensibilidad casi física, que evita cualquier trampa sentimental. Es una película que gana con el tiempo, que crecerá en los revisionados, incluso cuando se diluya el impacto inicial de sus imágenes. Un cine profundamente humano, íntimo y devastador.

Una película maravillosa. De esas que no se olvidan.