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Blog Opinión Cuento

El cuento del panadero y el frutero

El pasado, y en especial lo idiotas que todos en algún momento hemos sido en él, es a veces la mejor arma que se puede tener para destruir a los menos capacitados para realizar algo tan simple y necesario como ser útil en la sociedad, porque por mucho que traten de olvidarlo o tacharlo de la memoria colectiva, alguien, siempre, estará ahí con pruebas o esa tan prostituida capacidad humana, llamada saber de lo que se habla.

Nadie puede escapar de su pasado, y aún menos aquellos que creen que pueden cambiar la vida de los demás sin haber limpiado antes su habitación.

No voy a entrar en señalar a “personalidades” públicas, porque a veces cansa eso de estirar el dedo y que nadie se digne a mirarlo con algo que no sea una patética autodefensa personal, así que optaré por contaros una historia ficticia que, espero, pueda ponerle algo de luz a este asunto, porque en las redes, como es normal, solo leo idioteces y defensas ridículas escritas por analfabetos que se escudan en un título universitario para poder esconder lo rematadamente ignorantes que son (o han escogido ser para poder sobrevivir).

En esencia será parecido a cuentos como el de los Tres Cerditos o la Cigarra y la Hormiga, así que tranquilos, “expertos”, que creo que llegaréis a entenderlo bien.

Aquí va la historia…

Hubo una vez un hombre que tenía un oscuro vicio, uno que le era imposible de mantener en el más oscuro de sus cajones, y que no era otro que el de secuestrar niños.

Le recordaban a un momento de su vida en el que era feliz, por lo que intentaba por todos los medios extraerles el máximo de su jugo a base de violaciones, palizas, y demás abusos indescriptibles.

Como es lógico, toda la sociedad atacaba a esa enigmática figura que hacía desaparecer niños, incluido el alcalde, el jefe de policía, el frutero o el panadero, los cuales, al ser figuras reconocidas y respetadas por todos, tenía mucho más espacio físico a la hora de atacar al desconocido secuestrador, y prometer que algún día darían con él. Que acabarían con él.

El tiempo pasó, y poco a poco el cerco, empujado por la presión pública y la vigilancia social, se fue haciendo más y más pequeño alrededor de la casa donde los niños agonizaban en el sótano, hasta que finalmente el panadero, junto al frutero, y que eran los que más habían dedicado fuertes ataques a la figura del criminal, consiguieron dar con el sujeto en cuestión, que resultó ser uno de los hijos del herrero; de todos los vecinos, el que más callado había estado a la hora de atacar a la sombra que todos trataban de matar.

El orgullo del panadero y el frutero fueron tan enormes tras el juicio y la posterior pena que, hinchados de heroicidad, decidieron seguir sus particulares cruzadas contra los desalmados que seguían, en menor medida, estropeando la paz de su pueblo.

Esta insistencia por crear culpables donde en realidad no los había, hizo que poco a poco todo el pueblo empezase a sospechar que había algo más detrás, un motivo alejado de la adicción que tenían por la heroicidad, así que tomaron la difícil decisión de ir de frente contra los salvadores de niños y buscar en su pasado.

Y, ¡oh sorpresa!, lo que hallaron no fue algo que les hizo comprender el carácter de sus “héroes”.

El frutero, siempre inflexible contra el secuestro de niños, tenía a tres de ellos encadenados en su desván, famélicos y cubiertos de morados y desgarros por el mal uso de berenjenas y bananas de temporada. Los niños, entre lágrimas, pusieron en su lugar al frutero, que trató de tacharlos de mentirosos y cómplices de un plan malvado del herrero, mientras el panadero decidió mirar hacia otro lado y tantear una nueva amistad con el camarero de la tasca local.

Hubo muchos que defendieron al frutero, pues su pasado de luchador por la libertad de los niños era del todo ejemplar y llena de palabras y ataques justificados, pero finalmente todos comprendieron que su insistencia se debía a que trataba de tapar sus propios demonios señalando los del vecino.

Plan que, como la historia nos ha enseñado en innumerables ocasiones, nunca, jamás, da resultado.

El frutero fue ahorcado, quemado, fusilado y mutilado (el orden nunca quedó del todo claro), mientras el panadero y el camarero siguieron adelante con su lucha; cuya sombra siempre señalaba al sótano blindado e insonorizado de la panadería, donde, en teoría, se almacenaba la “harina”. Una harina que, mediante cadenas, nunca se movía de su sitio…

La moraleja…

La moraleja creo que con abrir un periódico o buscar en internet y no encontrar nada, creo que es meridianamente clara, y debería servir para que muchos bocachanclas dejasen de pensar en sus carteras y se centrasen en algo que nunca podrán recuperar si decidieran seguir por ese camino: su integridad moral. Porque eso no es algo solo de personas que vivieron en el renacimiento, eso es mucho más.

Es lo que hace que las personas puedan mirarse al espejo y no sonrojarse, y alimenta a la paz espiritual de un modo que ni todo el poder del mundo podrá nunca siquiera acariciar.

Debemos preservar nuestra moralidad, amigos, y entender que no importa lo mucho que alguien nos prometa o nos consiga, da igual lo mucho que deseemos tener bien amarrada la meta, porque si hay algo sucio o impuro bajo su manga, lo más inteligente es alejarse y, ya puestos, advertir a todos los que estén jugando a ser ratones de Hamelin.

¿Creéis que nos merecemos tener un frutero decidiéndonos qué es bueno y que no para nosotros?, por mi parte, lo siento, pero a la lista de castigos le faltaba uno: lapidarlo.

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