‘Amenaza en el aire’, Mel Gibson regresa con un thriller de altura

El director vuelve a la gran pantalla con una película que promete mantenernos al borde del asiento, Amenaza en el aire.

Tras ocho años alejado de la dirección cinematográfica, Mel Gibson, reconocido por títulos como Braveheart y La pasión de Cristo, vuelve a ponerse detrás de las cámaras con Amenaza en el aire. A sus 69 años, Gibson nos ofrece un thriller claustrofóbico que se desarrolla en las alturas, retomando el cine de aventuras que tanto caracteriza su filmografía.

La película cuenta con la participación de Mark Wahlberg en el papel de un piloto encargado de transportar a una teniente general, interpretada por Michelle Dockery, y a un testigo clave, encarnado por Topher Grace. A medida que sobrevuelan las montañas de Alaska, las tensiones aumentan cuando se revela que no todos a bordo son quienes dicen ser, creando una atmósfera de suspense y desconfianza.

Thriller sencillo pero entretenido

Amenaza en el aire nos recuerda al cine de aventuras clásico, con una duración concisa de 90 minutos que busca entretener sin mayores pretensiones.

El sello de Gibson se percibe en ciertos detalles: el gusto por la violencia cruda, el manejo de espacios cerrados y esa tensión que crece como una olla a presión. Pero no estamos ante el director de ‘Braveheart’ ni Apocalypto. Aquí Gibson se acomoda en una propuesta más funcional que inspirada. Cumple, pero no deslumbra.

Por suerte, Dockery y Grace elevan el nivel. Ella, alejada de su imagen aristocrática en Downton Abbey, se enfunda el traje de oficial con solvencia y carácter. Él, con su habitual mezcla de sarcasmo e inseguridad, aporta el contrapunto perfecto. Su dinámica sostiene gran parte de la tensión y compensa las carencias de Wahlberg.

Amenaza en el aire no pasará a la historia del cine, pero tampoco lo pretende. Es cine de evasión, directo y efectivo, que funciona si se acepta con sus limitaciones. Un vuelo con turbulencias, sí, pero que aterriza en esa nostalgia por el thriller de acción sin pretensiones. Para quienes busquen noventa minutos de distracción y tensión moderada, este billete de ida puede merecer la pena.