Hay ciudades que uno visita y ciudades que uno contempla. Nueva York, en cambio, se contempla a sí misma todo el tiempo. Lo hace en los escaparates, en los taxis amarillos, en las fachadas de cristal, en las pantallas que convierten Times Square en un gigantesco anuncio de sí misma. Lo hace incluso de día, cuando uno podría esperar que el sol derrotase a los neones y descubriera el truco. No lo hace.
En Times Square siempre parece estar ocurriendo algo. La ciudad no apaga nunca el escenario. Quizá por eso Broadway no podía estar en otro sitio. A finales del siglo XIX, cuando aquella parte de Manhattan todavía era Longacre Square, comenzaron a concentrarse allí teatros y espacios de entretenimiento; la llegada del metro y, en 1904, la instalación del New York Times terminaron de transformar la zona en el corazón del espectáculo neoyorquino. Las marquesinas iluminadas le valieron a Broadway un sobrenombre que todavía conserva: The Great White Way. Más de un siglo después, uno camina por Times Square y entiende que aquello dejó hace mucho de ser una moda para convertirse en identidad.
Un espectáculo que no debes perderte
Yo había visto El Rey León en Madrid. Conocía las canciones, conocía la historia y sabía perfectamente lo que iba a ocurrir. Y, sin embargo, todo cambió cuando llegué al Minskoff Theatre. Quizá porque antes de entrar había tenido que atravesar Nueva York: las calles abarrotadas, las luces, los carteles, los taxis, los edificios que parecen empeñados en ocultar el cielo y, en medio de todo aquello, una marquesina anunciando que durante las próximas dos horas y media cientos de personas iban a sentarse juntas para mirar exactamente hacia el mismo lugar. Hay algo profundamente antiguo en eso y, al mismo tiempo, profundamente neoyorquino.
El Rey León llegó a Broadway el 13 de noviembre de 1997, apenas tres años después de la película de Disney, y comenzó su andadura en el New Amsterdam Theatre antes de trasladarse en 2006 al Minskoff, donde continúa representándose. Casi tres décadas después, aquel musical que parecía destinado a prolongar el éxito de una película se ha convertido en una institución por derecho propio: más de once mil funciones en Broadway y más de 130 millones de espectadores en las producciones que han recorrido el mundo. Lo extraordinario no es solamente que haya sobrevivido; es que haya conseguido convertirse en una tradición.
Y de Nueva York al mundo
Parte de la explicación está en Julie Taymor. Su Rey León nunca pretendió limitarse a reproducir la película sobre un escenario. Las máscaras, las marionetas, los actores, el vestuario, la música y el movimiento construyeron un lenguaje propio, uno capaz de hacer que un animal imposible aparezca ante nosotros y, durante unos segundos, dejemos de pensar en cómo está hecho para aceptar sencillamente que está vivo. El cine puede hacerte creer cualquier cosa porque tiene la posibilidad de enseñártela; el teatro tiene que conseguir que tú quieras creer. Y cuando funciona, ocurre algo extraordinario: una historia que conoces deja de ser un recuerdo para convertirse otra vez en presente.
Por eso El Rey León pudo abandonar Broadway sin abandonar Nueva York y terminar llenando teatros en Londres, Tokio, Hamburgo, París, Madrid, Sídney o Ciudad de México. La historia de Simba consiguió lo que pocas historias consiguen: convertirse en un idioma que no necesita traducción.
Y quizá no haya mejor historia para Broadway que la de un heredero que tiene que recordar quién es. Remember who you are. Recuerda quién eres. Esa frase de Mufasa atraviesa El Rey León como atraviesa también, de una manera casi involuntaria, la experiencia de estar en Broadway. Porque Broadway es una de esas instituciones que llevan generaciones diciéndole a Nueva York quién es. No todos los grandes actores tienen que pasar por sus escenarios, por supuesto, pero para quien quiere construir una carrera en el teatro musical estadounidense, actuar en Broadway representa una de las cimas profesionales más reconocibles del mundo.
Es, salvando todas las distancias, el Real Madrid del teatro: el lugar al que llegan quienes han dedicado años a perfeccionar un oficio y donde cada función supone volver a demostrar que merecen estar allí. Y eso también explica la relación tan particular que existe entre el público y el escenario. Uno entra como turista, sí, y probablemente sale con fotografías de la marquesina, pero durante esas horas deja de ser simplemente alguien que está consumiendo un espectáculo. Está participando de una tradición artística que comenzó mucho antes de que llegara y que continuará cuando se haya marchado.
Te llega al corazón
Yo lloré. Desde la primera escena. No fue nostalgia ni siquiera una decisión consciente. Fue la sensación de estar viendo algo que, aunque conocía perfectamente, estaba ocurriendo por primera vez delante de mí. Los animales entrando por los pasillos, la música creciendo en una sala llena, los cuerpos transformando el escenario en la sabana africana.
Y, entre todas las canciones, hay una que para mí explica mejor que ninguna otra lo que El Rey León quiere decir: He Lives in You, Él vive en ti. La canción no pertenece a la película original de 1994; fue escrita por Lebo M., Mark Mancina y Jay Rifkin para Rhythm of the Pride Lands, pasó después al musical y terminó incorporándose también a El Rey León II. En Broadway aparece primero como They Live in You, en la relación entre Mufasa y Simba, y vuelve después como He Lives in You, cuando Rafiki ayuda a Simba a comprender que su padre continúa viviendo en él. Es una canción sobre la memoria, sobre la herencia y sobre aquello que permanece cuando alguien ya no está. Y quizá por eso resuena tanto en una ciudad como Nueva York, una ciudad construida precisamente sobre todo lo que ha pasado antes.
Mucho más que teatro
Broadway, además, no es todo el teatro de Nueva York. Sería injusto olvidarlo. Fuera de las grandes marquesinas de Times Square existe un universo teatral mucho más pequeño, experimental y menos turístico: Off-Broadway, Off-Off-Broadway, compañías independientes, salas diminutas, autores que todavía no tienen nombre y actores que quizá nunca aparezcan en una marquesina iluminada con veinte metros de altura. Allí también está una parte fundamental de Nueva York. Pero eso no convierte a Broadway en una experiencia menor por ser mainstream.
Al contrario: hay formas de turismo que pueden ser previsibles y seguir siendo imprescindibles. Subir al Empire State, caminar por Central Park, perderse en Times Square o sentarse en una butaca de Broadway pertenecen a esa categoría. No porque haya que hacerlas para poder decir que se ha estado en Nueva York, sino porque algunas experiencias se vuelven populares precisamente porque llevan décadas explicando algo esencial de la ciudad.
Por eso salí del Minskoff y volví a Times Square con una sensación extraña. Las pantallas seguían encendidas, los taxis seguían pasando, los turistas seguían haciéndose fotografías y los actores que todavía no habían conseguido su gran oportunidad continuaban esperando la suya. Nueva York seguía representándose a sí misma, como lleva haciendo más de un siglo.
Y durante unos minutos tuve la impresión de que El Rey León no había terminado; simplemente había cambiado de escenario. Quizá eso sea Broadway: un lugar donde las historias vienen a recordar quiénes son, los actores vienen a demostrar quiénes pueden llegar a ser y el público, durante unas horas, tiene el privilegio de recordar por qué sigue creyendo en ellas.