De la misma manera que con la salida de LUX al mercado conseguí llegar virgen a la primera escucha del disco en su edición física, con la gira de LUX he realizado el mismo ejercicio. Hermetismo absoluto a cualquier reel, noticia o contenido relacionado con la presentación en directo del cuarto disco de la catalana.
Ha sido imposible evitar alguna breve imagen de la interpretación de La Perla, cada dos por tres en los telediarios, saber cómo iba a funcionar el momento “confesionario”, de lo que se ha hablado y subido vídeos en las rrss de manera masiva convirtiéndose en viral como todo lo relacionado con la gira de LUX, o sufrir por su estado de salud con el abandono del escenario en Milán por una intoxicación alimentaria. Eso es lo único que me ha llegado, y ha sido en micro dosis, evitando cualquier imagen o explicación de cómo iba a ser el concierto, su setlist o la configuración escénica del mismo. Una tarea aún más complicada que llegar al disco sin haber escuchado una nota previamente.
Primera fecha en Barcelona y probablemente la más emocionante para la de San Esteve Sesrovires, por eso de cantar en casa. Con media hora de retraso en su salida, el concierto estaba previsto para empezar a las 20.30 pero no fue hasta 21.00 que el espectáculo dio comienzo, hay que decir que el público estaba notablemente emocionado, coreando su nombre, haciendo la ola y chillando como el que más antes de tenerla presente, deseando ver a su diva sobre las tablas del Palau Sant Jordi.
Escenario con suelo de parquet y telón de fondo (teatro) en forma de lienzo en blanco y enmarcado por el bastidor de un cuadro (pintura) que se abría por la mitad hacia los laterales dejando al descubierto un montaje escénico variable, con escaleras y diferentes objetos, todo con un carácter bastante sobrio y minimalista. La orquesta, compuesta por más de quince músicos y la directora (música de cámara), sale a escena y toma el pasillo central que se forma gracias a la configuración de vallas metálicas en forma de cruz (religión) que delimita las zonas de la pista, a derecha e izquierda del escenario. La orquesta se sitúa y se abre el telón mientras suena de fondo el Angel de Jimmy Hendrix, ¿se puede molar más?.

Seccionando en cuatro los actos de su espectáculo como ya hicieran Yung Beef, Amaia o Bad Gyal en sus últimos shows, el primer bloque estaba totalmente dedicado a LUX añadiendo Reliquia, continuando la secuencia del disco después de Sexo, Violencia y Llantas, Porcelana, en la que dos bailarines la sacan de la caja para iniciar una coreografía de clásica (ballet) que va mutando a (danza) contemporánea a medida que el tema va avanzando, Divinize, en la que un espectáculo de velos descomunales (instalación) se eleva en el escenario con la ayuda de unos ventiladores casi imperceptibles, con el detalle de esconder dentro de la interpretación un pequeño extracto de la letra del Thank You de la británica Dido a modo de easter egg, y la muy esperada Mio Cristo, elevando la performance vocal (ópera) y la estética religiosa (fe) a un nivel estratosférico. Fue precisamente antes de la interpretación de Mio Cristo, el momento escogido por la catalana para agradecer al público presente y mostrar sus nervios a flor de piel emocionándose hasta la lágrima.
Mientras decenas de situaciones, cambios, coreografías y configuraciones escénicas se iban sucediendo sobre las tablas, en todo momento y en la parte superior, el escenario estaba coronado por un estrecha y alargada pantalla que ocupaba todo lo ancho del espacio en la que las letras de las canciones iban apareciendo traducidas al catalán al estilo karaoke, detalle que, quiero suponer, únicamente puso en práctica en sus conciertos de Barcelona. Otro detalle al respecto del idioma, fue que la catalana habló toda la noche en catalán, excepto en muy contadas ocasiones. Algo que se agradeció sobremanera por parte de los catalanoparlantes, pero que, supongo, resultaba algo incómodo para el resto de público que venía de fuera y que no era poco.
Comienza el segundo acto, precedido por un vídeo de sus bailarines intentando imitar los imposibles agudos de Rosalía cantando Mío Cristo, todo muy cómico y gracioso, y el (cuadro) telón de fondo vuelve a retirarse para ver a Rosalía y su equipo de bailarines, todos de imponente negro, replicando, en la medida de lo posible, ese acto insuperable de la gala de los Brit Awards, aquí sin la insustituible cantante islandesa (Björk), para interpretar Berghain. A la que también le añadió ese final techno (rave) con el ya famoso remix de Conrad Taylor culminando en una de las coreografías (performance) más espectaculares, físicas, complejas y extenuantes del repertorio.
Los temas se siguen sucediendo a una velocidad pasmosa y el segundo bloque lo completan Saoko, celebrada de manera exagerada por el público y con otra coreografía de fantasía, La Fama, personalmente el tema más desechable de toda su discografía, La Combi Versace, mi corte favorito de su anterior Motomami, y De Madrugá, un tema que, sorprendentemente, cobra un sentido y una fuerza en directo, apoyada en un final alargado y espectacular, de lo más revelador e impactante a todos los niveles, interpretativo y estético.
Con un sonido atronador que hacía vibrar cada viga de la descomunal estructura del Palau Sant Jordi y una Rosalía de lo más natural y cercana en todo momento, sonándose los mocos y secándose el sudor entre tema y tema ante todos con una toalla blanca que dejaba apartada en un lugar estratégico del escenario, el tercer acto comienza no sin antes deleitarnos con un vídeo en directo enfocado en la orquesta protagonizando ese interludio musical concreto.
Previo nuevo cambio de outfit, creo que fueron cinco o más en toda la noche, de su debut Los Ángeles la escogida fue la siniestra y marcial El Redentor, una opción claramente más acorde con el concepto divino del espectáculo aunque yo hubiera preferido la muy sentida Catalina, para continuar con una sorprendente y celebrada versión del Can’t Take My Eyes Off You de Frankie Valli, con ella subida en una tarima elevada enmarcada en un bastidor (pintura) y toda una fila de gente, presumiblemente de su familia, subida al escenario mirándola desde abajo para escenificar una escena que recordaba a la de los turistas admirando un cuadro (La Gioconda) en un museo (el Louvre).
Al final del tema, Rosalía, sale del cuadro para encontrarse con la elegida para protagonizar “El confesionario” en la primera cita de la Ciudad Condal. La actriz catalana Yolanda Ramos. La esperanza de que esa persona fuera Bad Gyal, cosa bastante improbable ya que la catalana está de gira por España presentando su último álbum, vistas las estelares apariciones de Aitana, Metrika o Shannis en sus fechas madrileñas, quedó borrada de un plumazo. Aunque todo hay que decirlo, la gracia natural y lo rocambolesco de la historia de Yolanda Ramos sobre su encontronazo nocturno y de borrachera con un músico, rasuramiento púbico y sexo con flatulencias incluidas, superó con creces cualquier expectativa puesta en ese momento.
El espectáculo vuelve a activarse con uno de sus bloques más esperados y que da comienzo con La Perla. Esa absolutamente inteligente, poderosa y viral performance de luces y sombras, positivos y negativos, en la que son los bailarines los que llevan la coreografía a un nivel plástico y escenográfico excelso y en la que Rosalía nos recuerda sobremanera a La Venus de Milo (escultura), haciendo de nuevo hincapié en el efecto transformador y divino del arte, resulta en uno de los momentos más mágicos e hipnóticos de toda la noche.
La cosa sigue in crescendo con Sauvignon Blanc, en la que la catalana saluda y dedica la canción a una niña de trece años que se encuentra entre el público y que muestra un cartel en el que reza – este es mi primer concierto -. Subida sobre un piano colocado en lo alto de uno de los los módulos de escaleras que hay en el escenario, comienza una de las interpretaciones más sentidas y arrebatadoras de la noche, delicada lluvia de fino confeti dorado cayendo sobre ella incluida, y que versa acerca de su afición a uno de los vinos blancos franceses por excelencia. Aunque, por aquello de barrer para casa, antes comentó que los vinos catalanes no tienen nada que envidiar a los franceses.
La Yugular, el tema más esperado de la noche por mi persona, no defraudó lo más mínimo. Con un comienzo sencillo y sentido, el tema va evolucionando en intensidad hasta llegar a esa especie de spokenword y brainstorming de ideas que componen su recta final en la que Rosalía se estiró sobre uno de los suelos transparentes de la parte más alta de las escaleras y, pegando su cara al cristal y soltando el micro sobre el mismo, la cámara la captaba desde el otro lado ofreciendo una imagen sumamente onírica y surrealista. Desde aquí, shout out para Charlie XCX.
Llega el momento del intermedio, se cierra el telón, y por la pantalla van apareciendo cuadros famosos mientras una reformulación de la peligrosa kisscam, y si no que se lo digan a la esquiva pareja del concierto de Coldplay, busca a gente concreta del público para que imiten las poses de los cuadros resultando en otra de esas situaciones graciosas y ridículas de la noche en las que el equipo creativo de la catalana vuelve a introducir el arte clásico (pictórico) dentro de un concepto pop vanguardista haciendo colisionar los dos mundos a través de la comedia y la improvisación.
Rosalía reaparece en el foso del escenario para recorrer el pasillo central que lleva hasta la orquesta, mientras canta por el camino Dios Es Un Stalker e interactúa con el público de diversas maneras, les da la mano, les canta o, como a ese señor al que hizo feliz para toda su vida, abrazó durante treinta segundos de la canción. Llegados a ese punto de la velada y con Rosalía subida en su altar (misa) de Diosa indestructible, con la orquesta a sus pies y un recinto totalmente rendido a sus embrujos, los primeros acordes de La Rumba Del Perdón empiezan a sonar en el Palau Sant Jordi y un estallido de poderío y duende se extiende por toda la estancia que se viene abajo con la impresionante interpretación de la catalana.
Como curiosidad apuntar que Rosalía omitió de la canción toda la parte final en la que aparecen Estrella Morente y Silvia Pérez Cruz, igual tuvieron algo que ver las declaraciones de la Morente que dieron paso a la polémica sobre su colaboración en el tema.
La catalana no desaprovechó la oportunidad para soltar una de las consignas más míticas y reconocibles para los culés, el clásico – boti, boti, boti, fill de puta qui no boti -, rindiendo homenaje al equipo de su ciudad. El público se funde al unísono en una ovación titánica y es entonces cuando aparece un altavoz a modo de botafumeiro colgando del techo (liturgia), echando humo por sus costados, que se balancea sobre las cabezas de los allí presentes mientras suena, a todo volúmen y con las luces estroboscópicas a todo meter, la imprescindible CUUUUuuuuute, a la que le añadió un final de lo más efectista y embrutecido con el Sweet Dreams de Eurythmics sonando en medio de todo el montaje. De nuevo, una imagen brutal y poderosa a más no poder.
El cuarto y último acto comenzó con la muy ansiada Bizcochito, haciendo de nuevo referencia a su anterior Motomami, seguida de ese hit rompepistas, quemado hasta la saciedad en el verano del 2022, llamado Despechá convirtiendo ese momento en una fiesta bailonga de lo más desprejuiciada y divertida. Rosalía vuelve a cambiar de outfit y aparece con una alas de ángel atadas a sus brazos, con no poca incomodidad, para interpretar dos de los mejores temas del disco contenidos únicamente en su formato físico. Novia Robot y Focu’ ranni retomaron las coreografías imposibles finalizando el acto por todo lo alto.
El telón vuelve a cerrarse, para abrirse nuevamente y dejarnos con la guinda perfecta para el cierre. La (figurada) muerte de Rosalía con la lacrimosa interpretación de Magnolias metiéndose debajo de tu piel para activar todos los resortes emocionales posibles de tu cuerpo. Sin duda el momento más bonito y trascendental del concierto.
La intención de acercar el clasicismo a través de la representación de diversas disciplinas artísticas como son la pintura, la escultura, la danza, el teatro, la ópera, la narrativa, la arquitectura, la escenografía, el vestuario o el arte sacro, ponerlas en confrontación con la vanguardia del pop en todas sus vertientes, performance, iluminación, visuales, baile, comedia, trucos, y llevarlo todo a confluir en un concepto divino y celestial protagonizado por la fe y la espiritualidad, ha resultado en un espectáculo único, transformador, instructivo y emocionante a unos niveles que nunca antes se había conseguido, o tan siquiera pensado o intentado, por ninguna artista con un alcance de popularidad similar al de la catalana. Aunque, obviamente, esa figura tampoco ha existido nunca.
A Rosalía no le hace falta volar por el encima de las cabezas de sus fans, ni convertirse en un cisne bajo un proceso de vestuario y maquillaje despampanante, ni tan siquiera estamos hablando de fuegos artificiales, cañones de humo efectistas o de una escenografía apabullante, Rosalía se vale por sí misma (junto con la inestimable ayuda de su equipo), su creatividad, su motivación y su inspiración para ofrecer al público una experiencia que versa sobre sí misma, la fe, la historia del arte y la universalidad de las emociones.