Crónicas del subsuelo

Blog de Opinión

Francis Novoa

Dios está en Estocolmo

Cuando a fines del 2005 regresé a Madrid después de estar un par de meses en Luton, Inglaterra, sentí que debía probar un nuevo lugar. Un cambio de aires.

Cogí el mapa español y destaqué sus ciudades más importantes: Madrid, Barcelona, Bilbao y Valencia. Al final me decidí por Barcelona debido a que muchos hablaban de ella. Incluso en Luton me crucé con ingleses que se pensaban que la Ciudad Condal era la capital de España. Así que cogí nuevamente mi mochila y me subí a un tren en dirección a esa ciudad.

Los primeros meses estuve alojado en casa de dos hermanos que habían vivido toda su vida en Italia y que querían ser boxeadores —habían estado en una academia de Boxeo italiana—. Eran bastante agresivos y no exagero si digo que cada vez que me los cruzaba solían contarme la última experiencia pugilística que habían protagonizado la noche anterior con algún desconocido. Tanto así que la noche de Año Nuevo del 2005 fueron los causantes de la batalla campal más grande de Barcelona —salió al día siguiente en los periódicos— la cual dejó como saldo siete heridos (dos graves) debido a las inquietudes pugilísticas de mis dos arrendadores. Recuerdo que cuando me los crucé al día siguiente a uno lo encontré con un ojo morado y sus camisas totalmente ensangrentadas. «La sangre no es nuestra», me aseguraron orgullosos. No obstante, lamentaron no haber podido escapar de la policía que los encerró toda la noche en el calabozo y que tomó nota de sus datos personales. Los siete heridos que mandaron al hospital los llevarían a juicio «por daños y lesiones». Al final llegaron a un acuerdo. «Nos hemos dado cuenta que, en lugar de golpear a la gente, lo mejor es evitar las discusiones. No nos gusta eso de pagar multas cada dos por tres», me dijo José, el hermano menor.

Estos muchachos no solo se jactaban de saber boxear sino también de saber ligar. Y tampoco exagero si digo que cada tres días, más o menos, llevaban chicas diferentes —y de distintas nacionalidades— a la casa para pasar con ellas las noches. Yo solía conversar con aquellas jóvenes —después del coito, a la hora del desayuno— y me di cuenta de algo que luego comprobé con el tiempo: Barcelona era el centro de ocio de moda de Europa. Una de esas chicas llamó especialmente mi atención. Se trataba de una sueca bajita, regordeta y con unas gafas de pasta gruesa que la hacían parecer intelectual.

La noche anterior la pequeña sueca se encontraba en el centro de Barcelona con sus amigos suecos y de otras nacionalidades, todos universitarios, bebiendo alcohol y poniéndose morados de drogas. Entre tanta gente que abarrotaba el local, la chica se perdió y se encontró con uno de los hermanos boxeadores. Éste se la llevó a casa y pasaron la noche juntos. Al día siguiente la sueca se despertó con jaqueca y con amnesia, no recordaba nada de la noche anterior y mucho menos cómo había llegado a esa casa. No hablaba nada de español, solo sueco e inglés. El hermano boxeador hablaba español e italiano, pero nada de inglés. Uno se preguntará ¿y cómo entonces dos personas del sexo opuesto que no se entendían pudieron follar toda la noche? La respuesta es sencilla, no hace falta saber idiomas para follar. El sexo es universal. El mete y saca no conoce de fronteras. Como la sueca hablaba inglés, aproveché para conversar con ella y preguntarle acerca de su país. Y me enteré de lo siguiente: En Suecia, cuando un estudiante termina el colegio —da igual que haya sido un buen o mal alumno—, existe una entidad gubernamental a la cual se dirigen. Entonces se establece un diálogo entre el estudiante y el burócrata que a continuación intentaré transcribir según me contó la nórdica minúscula:

—Hola, soy sueca y acabo de terminar el colegio. He venido porque quiero estudiar una carrera en una universidad.

—Muy bien. ¿Ya sabes qué carrera?

—Eso no lo tengo muy claro.

—No te preocupes. Aquí tienes una lista que puedes revisar. Si no te decides ahora, me lo puedes decir en otro momento.

—Bueno, no me gustan los números ni tengo inquietudes artísticas. Quizás podría ser Filología Extranjera.

—¿En qué país te gustaría estudiar esa carrera?

—¿Puedes pasarme el mapamundi?

—Aquí tienes.

—Déjame ver… Siempre he tenido ganas de conocer España. ¿Sabes? Tengo una amiga que no hace mucho se fue con su familia a pasar unas vacaciones a Barcelona y la pasó pipa. Creo que me gustaría estudiar Filología Extranjera en una universidad de Barcelona. Sí. Eso es lo que quiero.

—Muy bien. Entonces rellena esta solicitud. Como ya sabes, esto es mero formalismo. La beca que te daremos te cubrirá dos años de tu estancia en España que serán prorrogables hasta que termines tu carrera.

—¿De cuánto dinero dispondré al mes durante esos dos años?

—900 euros para tus gastos personales, fuera del costo de la universidad.

—¡¡Qué bueno es ser sueca!!

Vale. Puede que al final del diálogo no haya dicho «¡Qué bueno es ser sueca!». Pero por lo demás se ajusta a lo que me contó. La pequeña descendiente de Ragnar Lodbrok, pues, estaba en Barcelona totalmente becada. Pero no se crea que por quemarse las pestañas estudiando. No señor. Estaba en España —como muchos estudiantes extranjeros de países desarrollados— pasándoselo pipa, poniéndose morada de alcohol y amarilla de tanto esnifar cocaína por las narices. Perdón, me olvidaba, también estaba aquí para follar como un conejo.

A veces juego con la idea de que, si existe un Dios, este se encuentra entre nosotros, confundido como un ser humano más, experimentando lo que significa ser mortal e insignificante. ¿En qué parte de la tierra estaría? Puede que en algún lugar que le recuerde a su paraíso. Tras lo que me dijo la sueca liliputiense, creo por fin saberlo.

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