Crónicas del subsuelo

Blog de Opinión

Francis Novoa

Leche Enci

Tendría alrededor de quince años. Alan García Pérez gobernaba el Perú y su pésima gestión se notaba cada vez más, sobre todo en la escasez de los productos de primera necesidad. Como la leche, por ejemplo.

Recuerdo que cada día, en la plazoleta del mercadillo de Salamanca en Lima, se formaban largas colas de gente desesperada por obtener cuatro bolsitas de leche Enci, un polvo blancuzco que, mezclado con agua, daban como resultado una bebida asquerosa.

Nunca me gustó la leche y mucho menos la de marca Enci, con ese rostro estúpido de una vaca sonriente impresa en un tinte verde que se descascaraba de su bolsa y te teñía las manos cuando la tocabas mucho tiempo. Pero tenía quince años y vivía bajo el techo de mis padres, por lo que debía de obedecerlos.

Ellos estaban convencidos de que la leche, así fuera de dudosa calidad, era un producto vital y necesario para el desarrollo del ser humano. Por tanto, daba igual hacer una cola kilométrica de horas bajo un sol abrasador y entre olores nauseabundos del mercadillo de Salamanca. Todo sea por la nutrición.

Recuerdo que aquel día fui con mi madre y nos pusimos en diferentes lugares de la cola, ella más adelante y yo atrás, para poder conseguir en lugar de cuatro, ocho bolsas de la preciada Enci. La cola la formábamos mayormente gente desastrada, cierto, pero no por ello necesariamente pobres. En la Lima de aquellos años ochentas (y también de muchos después, para qué nos vamos a engañar) los limeños nos vestíamos fatal, casi siempre de color gris como nuestro cielo. En el caso de los vecinos de mi barrio, Salamanca, la formábamos mayormente gente de clase media venida a menos, es decir, aquellos que no pudimos escaparnos del Perú a tiempo emigrando a Estados Unidos o a Australia a falta de los medios necesarios.

De pronto llegó el camión. Se trataba de un vehículo destartalado de hacía décadas que, a primera vista, era de color marrón. Pero luego, cuando te acercabas lo suficiente, lograbas darte cuenta que ese no era su color real, sino que su pintura estaba desconchada dejando ver la chapa cubierta en su mayor parte de herrumbre. Encima del camión venían montados dos cholos recios que, una vez aparcado a la altura del primero de la cola, procedieron a abrir las puertas traseras del vehículo y repartir de inmediato, a cada individuo, cuatro bolsas de la deseada Enci. Mi madre, al estar más adelante, fue la primera en obtener sus cuatro bolsas. Recuerdo su sonrisa de felicidad cuando las recibió. El de ella y el de muchos otros. Dicen que la felicidad se encuentra en las pequeñas cosas de la vida. No sé yo si eso será cierto, pero de lo que estoy seguro es de que, en aquellos momentos, con mis quince años de edad haciendo una cola que no quería para conseguir una bebida que me sabía a meados, distaba mucho de sentirme feliz. Y es muy probable que me encontrase absorto en dichos pensamientos cuando escucho unos gritos que me trajeron de regreso a la realidad.

—¡Él ya estuvo antes en la cola! ¡Él ya estuvo antes en la cola!

Se trataba de una anciana que, furibunda, avisaba a los cholos recios de que una persona estaba repitiendo la cola para llevarse dos veces la cantidad permitida del producto. Cosa que, por supuesto, estaba prohibido. Yo había avanzado bastante y a estas alturas ya me encontraba en el segundo lugar de la cola. Después que se retiró el individuo que se encontraba delante de mí, extendí las manos para recoger mis bolsitas de Enci. Pero no recibí nada. En su lugar uno de los cholos balbuceó:

—Arranca nomás, huevón.

Y entonces caí en la cuenta de que a quien señalaba la anciana no era al que tenía delante ni al que tenía detrás de mí en la cola. Era a mí. Mi madre intervino. Yo todavía no salía de mi asombro por lo que me quedé callado con cara de idiota, que suele dárseme bien de forma involuntaria, pero no había nada qué hacer. Los cholos recios se cerraron en banda y no me dieron ni una bolsita. Mi madre fue a por la anciana y la insultó ferozmente. La octogenaria se descolocó y fue a cobijarse bajo la protección de los cholos recios.

Luego nos fuimos. Mi madre ya no sonreía, estaba furiosa. Todo el camino de regreso a casa se la pasó despotricando de la anciana. Por mi parte, nunca me importó que no me dieran aquellas cuatro bolsitas de leche Enci. Lo que me desconcertó, y todavía lo sigue haciendo cada vez que lo recuerdo, fue lo fácil que alguien puede equivocarse y, más fácil aún, juzgarte a la ligera sin detenerse a pensar un poco o, por lo menos, escucharte. Los cholos recios daban por sentado que la anciana tenía razón. Yo era un adolescente hambriento de la Lima de los ochentas en donde se veneraba la cultura del “vivo”, del listo, del ladrón. Prueba de ello era que teníamos a un presidente joven, odiado y admirado por igual, del que se sospechaba era tan corrupto como astuto. Por tanto, no tenía ninguna posibilidad contra una anciana de aspecto venerable. Mi juventud me convertía en culpable.

Años después me sucederían cosas similares. Situaciones en las que fui prejuzgado por motivos de diferente índole. Por allí habré escuchado que aquello es inevitable, que la vida, sobre todo si quieres vivir como te sale del nabo, te dará tanto buenas como malas experiencias y que lo importante es quedarse con lo positivo. No lo sé. Pero lo que sí sé es que cada vez que alguien me señala con el dedo, no puedo evitar una sensación de desconcierto que me resulta tan inquietante como familiar. Posiblemente la misma que sentí cuando tenía quince años de edad, mientras hacía cola en el mercadillo de Salamanca para comprar aquella asquerosa leche Enci.

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