Crónicas del subsuelo

Blog de Opinión

Francis Novoa

Evelyn Pink

Corría el año 2006. Hacía poco me había mudado de Madrid a Barcelona por motivos laborales y también porque necesitaba un cambio de aires. Recuerdo que lo más difícil fue encontrar una habitación en piso compartido. Y no porque no hubiera habitaciones disponibles. Las había en demasía. Lo que sucedía era que buscaba la más económica de todas, me daba igual que fuera un cuchitril con la ventana tapiada, con tal de tener cerca una boca de metro de la Ciudad Condal me valía.

Fue así que fui a recalar a un piso cutre del barrio de Nou Barris, que quedaba en una cuesta y a la que había que subir por varias escaleras. La regentaban dos jóvenes hermanos que se comunicaban en italiano, pero no porque lo fueran (eran más españoles que la tortilla de patatas), lo que pasaba era que habían vivido casi toda su vida en Italia y, ya se sabe, la costumbre. Además del idioma de aquel país, también asimilaron su gastronomía (hacían unas pastas que terminabas literalmente lamiendo el plato) y el gusto por las mujeres, sobre todo mulatas. Aunque lo que me desconcertaba (y esto no creo que fuera una costumbre italiana) era su menosprecio por el trabajo duro (llamaban “pringados” a los que realizábamos labores comunes) y su admiración por hacer dinero por la vía rápida (tenían amigos que se dedicaban al hurto y al robo de viviendas). «Alquilarte la habitación, por ejemplo, es una forma de ganar dinero sin hacer nada», me dijeron orgullosos.

Y quizás por esta misma razón fue que un día José, así se llamaba el menor de ambos, me contó su interés en incursionar en el mundo del porno. «Me encanta follar. Nunca me canso. Imagínate hacer algo que no me cuesta nada y que encima te paguen», me dijo. Así que nos fuimos al Bagdad, un local muy conocido en Barcelona en el cual ofrecían espectáculos de sexo en vivo (pagar por ver a gente follando sobre un escenario). En aquel entonces, se decía que ese era el primer lugar que debía pisar todo aspirante a actor porno en España (Nacho Vidal, uno de los pornostar españoles más famosos del mundo fue “descubierto” en el Bagdad). Una vez que llegamos a la sala, sin embargo, me decepcionó el exterior del local. Quedaba en una esquina de la calle Nou de la Rambla, en un edificio viejo y con una fachada recargada con ornamentos de dudoso gusto. Me hizo recordar a aquellos antros de striptease que salen en las películas de acción asiáticas y que terminan destrozadas por el tiroteo ocasional de mafias enfrentadas. Cuando José señaló su interés en que le hicieran una prueba para follar, el portero le informó que para eso debía venir acompañado de una chica dispuesta a ello. Menudo dilema ¿Dónde conseguir una chica dispuesta a follar en un casting con un desconocido cuyo sueño era ser actor porno? Nos dimos media vuelta y nos regresamos por vencidos a casa. En el camino pude observar a un José triste, silencioso y cabizbajo que me conmovió. «Pondré un anuncio en una página web muy conocida solicitando lo que requieres», le dije. Cosa que le animó.

Para ser sinceros, nunca pensé que nadie fuera a responder a mi anuncio. Recuerdo que escribí algo así como «Se ofrece habitación gratuita en Barcelona a chica sin complejos para compartirla con joven italiano atractivo. Posibilidades reales de incursionar en el mundo del porno». Pero tuvo una respuesta y bastante rápida. Se trataba de una joven mulata recién llegada de Centro América que no tenía experiencia laboral de ningún tipo, pero cuyo sueño era ser millonaria. Resulta que se encontraba de paso en una provincia de España y, ni bien vio el anuncio, se trasladó de inmediato a Barcelona a la casa en donde vivíamos, mejor dicho, a la cama de José. Nos contó que tenía 19 años (aunque aparentaba 15), que acababa de llegar de República Dominicana, que en su país su familia tenía dinero y que, debido a que estaba acostumbrada a un nivel elevado de vida y porque quería independizarse y porque trabajar era lo que menos le gustaba del mundo, había decidido convertirse en actriz porno pues, según ella, atraía a los hombres. «¿Y qué será lo primero que te comprarás cuando ganes la pasta que quieres?», le pregunté. «Un coche rojo descapotable», me respondió.

Al día siguiente de su llegada, Evelyn, así se llamaba, y José se fueron rumbo al Bagdad para cumplir sus sueños. Pero regresaron pronto y algo confundidos. «Solo nos tomaron los datos. Ni casting ni nada», dijo José. «Nos dijeron que ya nos llamarían», afirmó Evelyn. Pasaron los días y la dominicana recibió una llamada del Bagdad. A José, sin embargo, nunca lo llamaron. Comprendimos que aquello de «Ven acompañado de una chica» era una burda treta para conseguir únicamente contactar con chicas nuevas. Los chicos con sueños de ser los nuevos Nacho Vidal o Jordi el Niño Polla no les interesaban en absoluto.

A José, entonces, solo le quedó el consuelo de follar gratis con la dominicana. Pero aquello tampoco duró mucho. Una vez contactada Evelyn por el Bagdad, le empezaron a llegar ofertas de trabajo relacionados con el porno. Así que se mudó. Le pusieron como nombre artístico Evelyn Pink y todavía se pueden encontrar vídeos suyos en la red que datan de entre los años 2006 y 2009. Luego se pierde su rastro. Lo último que supe de Evelyn fue lo que me contó José, vía telefónica, mientras me encontraba viviendo otra vez en Madrid. Fue por el año 2008. «Después de tiempo sin verla y sin saber nada de ella, de pronto me llama al móvil y me dice que acababa de realizar una sesión porno con una amiga y no solo no le pagaron, sino que les robaron dejándolas tiradas y sin dinero. Yo, como soy un caballero, fui a recogerlas. Su amiga, por cierto, era fea. Estuvieron en mi casa unos días y luego se fueron. Me he enterado de que ahora trabaja en un puticlub de Valencia porque con lo que gana en el mundo del porno no le alcanza para vivir».

Evelyn me caía bien. Era franca e irradiaba una alegría contagiosa. Por eso, la mayor de las veces, en lugar de preguntarme si logró alcanzar su sueño de ser millonaria, lo que me interesa de verdad es saber si sigue viva. Así lo espero.

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