Crónicas del subsuelo

Blog de Opinión

Francis Novoa

En el infierno de Dante

No recuerdo cuántos años tenía. ¿Cuatro o cinco quizá? Era el primero de los muchos viajes que mi familia y yo haríamos al jirón Chota, en el populoso barrio de Breña en Lima, para ver a Mamá Paquita, sobrenombre cariñoso con el que llamábamos mi hermana y yo a nuestra abuela por parte paterna. Puede que mis padres me hayan llevado desde mucho antes, recién nacido, pero lo cierto es que el recuerdo perdurable que tengo de haber subido al asiento de atrás de nuestro Toyota amarillo modelo 72 para dirigirnos a Chota datan de aquella época. Al ser tan pequeño era obvio que había muchas cosas que todavía no llegaba a comprender. Y entre esas cosas que no comprendía estaban algunas que me causaron gran impacto, una especie de shock que quedó grabado a fuego en mi memoria. Una de ellas fue aquel viaje iniciático al jirón Chota.

Recuerdo que después de subir al Toyota amarillo modelo 72, saliendo del arco de Salamanca en plena avenida Circunvalación, en lugar de girar hacia la izquierda rumbo a la avenida Javier Prado y a las tiendas Oeschle de San Isidro (zona residencial a la que solíamos ir), mi padre giró a la derecha. Estuve a punto de corregirle y decirle: «Papá, te has equivocado de camino. Las tiendas Oeschle y Sears están hacia el otro lado». Pero creo que me debí haber callado puesto que estaba siendo testigo de lo que pasaba al otro lado de mi ventana. Un reguero de puestos devastados, chatarra y hombres tan sucios como salidos de una mina de carbón poblaban ambos lados del camino que desembocaban en una gran esquina que más adelante supe que llamaban Yerbateros. Mi mente de cuatro años no entendía que aquel lugar, que parecía destruido por un ataque feroz de Napalm, eran talleres mecánicos. A mi corta edad solo comprendía que estábamos cruzando un campo de batalla en donde se había librado una guerra de proporciones atómicas. «¿Así habrá quedado Hiroshima después de la bomba?», me pregunté años después en las clases de Historia del colegio. Pero lo peor vino después. Al llegar a Yerbateros mi padre giró a la izquierda en dirección a la avenida Grau. Ese trecho fue el que verdaderamente me marcó de por vida. Todavía estaba recuperándome del shock de ser testigo directo de un simulacro de Nagasaki cuando de repente el interior del Toyota amarillo modelo 72 fue invadido por un hedor. Una peste insoportable que no se iba a pesar de tener las ventanas del coche cerradas y de respirar por la boca. Me pegué a la ventana intentando encontrar la causa de semejante pestazo y no lo podía creer. Vi cerros llenos de casas como ratoneras y gente, mucha gente desastrada, cargando frutas en medio de un tremendo lodazal. El mercado de la Parada. En aquel momento, por supuesto, desconocía que aquello era un mercado importante de Lima. En su lugar, con tan solo cuatro años y gracias a la estricta formación religiosa de mi madre, creí reconocer otra cosa. «La peste es el azufre. La gente son los demonios. Papá nos ha traído de visita al infierno».

«¿Por qué Papá habrá regresado de Estados Unidos al Perú? ¿Por qué no se fue a Canadá como hicieron por aquella época muchos otros que, como él, también fueron llamados a Vietnam? ¿Cómo es posible que a mi padre le guste vivir en una ciudad tan esperpéntica como Lima? ¿Será que su gusto por las películas de terror lo ha trasladado a su vida real?». Recuerdo que estas, entre otras, eran las preguntas que siempre me hacía de pequeño. Y mi padre siempre me respondía: «Porque soy muy patriota y tenía que regresarme al lugar en donde nací». Pero mi padre no nació en Lima sino en Lambayeque, lugar que no conozco y del que dicen, a pesar de su atraso, que es un lugar muy agradable con gente también muy agradable que sabe cocinar también muy agradable.

Sean las misteriosas razones por las cuales mi padre se regresó a Lima a fines de los sesentas (una ciudad en donde no nació) lo cierto es que yo sí nací allí. Y, a diferencia de mi padre, nunca estuve (ni lo sigo estando) orgulloso de dicha ciudad. Es más, me avergüenza y hubiera preferido mil veces haber nacido en Lambayeque, Ayacucho, Ancash, Arequipa, Loreto o Tacna. Porque ¿cómo es posible estar orgulloso de nacer en una cloaca? ¿Cómo es posible estar orgulloso de haber nacido en una ciudad tan abominable (al menos así lo era hasta el 2000, año en que me vine a Europa), con gente tan rastrera y mediocre, nido de ratas de la peor especie que a lo largo de la historia solo ha servido para sangrar y dejar olvidado al resto del país?

Los párrafos anteriores son un extracto de una larguísima carta que escribí a mis padres hace casi veinte años, tras llegar a España, pero que nunca logré enviar. Tras toparme con ella y releerla después de tanto tiempo, me invaden sentimientos encontrados.

Del Perú no se emigra, se huye. Esa máxima me acompañó durante todo el tiempo que estuve viviendo en Lima, mi ciudad natal, hasta que, en el año 2000, por fin logré escapar. Porque sí, emigrar, en muchos casos, también significa escapar, poner tierra de por medio, y no necesariamente por motivos económicos.

Me fugué de la Lima de los noventas debido a muchas razones: la humedad que te calaba los huesos; el cielo gris color rata de alcantarilla que casi nunca te permitía ver el sol; la crisis económica eterna; los gobiernos desastrosos que eran sustituidos por otros gobiernos peores aún debido a que la mayoría de electores peruanos utilizaban otras partes del cuerpo para votar en lugar del cerebro; la hipocresía y falsedad limeña; el racismo lacerante y ridículo (cuanto más claro el tono de tu piel marrón, más arriba en el escalafón social) transmitido de generación en generación; la burocracia y la mediocridad institucionalizada en todos los niveles; la pacatería; la envidia como deporte nacional… En fin.

Pero lo que más me irritaba de todo, lo que verdaderamente me enfermaba, era el enaltecimiento del «vivo», es decir, la admiración profunda que se profesaba al mentiroso y al ladrón en desmedro de la sinceridad y la honradez, cualidades estas últimas vistas como signos de debilidad e idiotez. No por gusto tuvimos dos gobernantes como Alan García Pérez y Alberto Fujimori Fujimori a quienes podemos adjetivar correctamente como mentiroso el primero y ladrón el segundo. Y esto en todos los estratos de la sociedad. En la Lima que yo recuerdo, a los «buena gente» les costaba mucho encontrar pareja. En cambio, los «vivos» solían tener varias. Una de las cosas que me sorprendieron de España fue ver que los «buena gente» no solo encontraban pareja con facilidad, sino que también se casaban y tenían hijos. Aunque confieso que lo que me dejó con la boca abierta fue descubrir que aquí las personas con Síndrome de Down no solo se mostraban abiertamente, sino que hasta incluso tenían novias. Algo impensable en la Lima que conocí, en donde ese colectivo era despreciado, escondido y relegado al ostracismo de las pajas solitarias.

Un peruano famoso dijo alguna vez acerca de aquellos peruanos que emigraban al extranjero: «¿Por qué irse a otro país que no es el suyo para terminar como lavaplatos?». Mi aversión hacia la Lima de los ochentas y noventas era tan profunda que prefería mil veces ejercer dicho oficio en un país distinto antes que tener un alto puesto en aquella sociedad que consideraba enfermiza. Cierto que eran otras épocas, además de ser joven y rabioso. Y también es cierto que con la edad he aprendido a ser más tolerante con aquellas cosas que me desagradan. Pero no puedo evitar recordar todo aquello cada vez que me cruzo con alguien que también lo ha vivido en parte. Aunque la manera de hacerlo sea de forma divertida, anecdótica y, lo más desconcertante, con algo muy parecido a la nostalgia.

A principios de enero de 2020, tras largo tiempo de tenerlo entre mis contactos de las redes sociales, pude por fin conocer en persona a Hernán Migoya. Un autor irreverente, sarcástico y «alpinchista» (término peruano para designar a quienes todo les da igual). Una hemeroteca andante de la cultura pop, guionista de infinidad de cómics, director de la mítica revista «El Víbora», autor de dos de los mejores cuentos que haya leído jamás de un autor español contemporáneo y por el que fue crucificado en su momento (me refiero a «Todas Putas»), catalán de nacimiento y peruano por elección propia, país al que llegó por pura casualidad y del que se enamoró perdidamente.

Nuestro encuentro tuvo lugar dentro del Estupenda Café Bar, en el mítico barrio de Malasaña en el centro de Madrid. Teniendo como banda sonora a grupos new wave de los ochentas tales como The Cure, Echo & The Bunnymen y The Smiths, y con la compañía de la escritora y actriz Jimina Sabadú, del historietista Julián Almazán, de esa videoteca de culto llamada Jesús Palacios y de su pareja Rakel Suárez, puedo afirmar que pasé una noche inolvidable. No contaré de lo que se habló allí porque pertenece al ámbito privado, amén de que se dijo muchísimo y con contenido no apto para gente sensible. Algo que viene bien tras tanta corrección política de personas que se ofenden ante cualquier cosa, sobre todo en las redes sociales.

Sin embargo, no puedo evitar contar lo siguiente. En algún momento de la conversación, Hernán recordó varias anécdotas, cada cual más rocambolesca, que le sucedieron en los siete años que lleva viviendo en el Perú, al que bien calificó, con simpatía, como una especie de «Salvaje Oeste»:

«En España me montaron un pollo tremendo con lo de mis cuentos de “Todos Putas”. Me cerraron muchas puertas y me presionaron tanto que tuve que irme del país. En el Perú, sin embargo, puedes publicar y hacer bromas de lo que quieras, incluso ofensivas. A la gente le encanta y les da igual todo. Los peruanos son más permisivos que nosotros».

«En las radios del Perú, a día de hoy, se siguen escuchando canciones antiguas de cantantes como Django, José Luis Perales, Rafael, Nino Bravo o Julio Iglesias. Pero, por sobre todos ellos, al que más escuchan y admiran es a Camilo Sesto. Por eso, cuando Camilo murió el pasado mes de septiembre, los limeños no solo lo lloraron, sino que no podían comprender cómo era posible que aquí en España, en lugar de homenajearlo, lo criticaron duramente sacando trapos sucios de su pasado. Para los peruanos Camilo era como una especie de héroe y aquí nos cagamos en sus muertos. Los peruanos quedaron en shock».

«Me encontraba en un evento cultural al cual asistió gente importante y famosa de la sociedad limeña. Y entonces fue que me topé con Antonio Cisneros, el poeta más importante del Perú. Me lo presentaron y lo único que en aquel momento se me ocurrió decirle fue: “¡Qué bonitas son las mujeres limeñas!”. A lo que Antonio me contestó de forma tajante: “¡Pero solo las que no son cholas!”. Ante tal respuesta no supe qué decir así que me retiré lo más rápido posible».

«Me encontraba con el historietista peruano Juan Acevedo dentro de su coche. Mientras nos dirigíamos a un evento vimos, en un cruce a lo lejos, un control policial. Algo común en Lima debido a la alta tasa de delincuencia. Miro a Juan y lo veo sudando, colorado y muy nervioso. Y entonces lo escucho gritar: “¡Conchasumadre, no puede ser! ¡No puedo tener tan mala suerte!” Pisa el acelerador y nos pasamos el control. Casi atropella a un policía. “¡No me pueden coger porque no traje mi brevete!” gritaba Juan que iba a toda velocidad con un coche policial persiguiéndonos. Yo me aferré como pude a mi asiento y por un momento pensé que me iba a morir así, en un accidente de coche en una calle abandonada de Lima. Pero tras varios minutos de tensa persecución, Juan logró perder a la patrulla. ¡Imagínate! Nada menos que el historietista más famoso e importante del país. Eso es el Perú».

En resumen, anécdotas que me hicieron recordar el lugar en donde nací y del cual hui despavorido como un cobarde en aquel lejano año 2000 (no regresé de visita a mi país hasta el 2017, es decir, 18 años después). Pero también recuerdos que me hicieron sentir nostalgia y cariño por los buenos momentos que viví allí que, por supuesto, los hubo y muchos.

Gracias, Hernán, por eso. Vales un Perú.

De izquierda a derecha: Hernán Migoya, Francis Novoa, Julián Almazán, Jimina Sabadú, Jesús Palacios y Rakel Suárez.

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