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PANDORA, Henry James

El nacimiento

de la nueva Eva

por Manolo Haro

A pocos autores les toca en gracia la dudosa capacidad de husmear en el ambiente las señales de un cambio de ciclo; es más, las obras que reflejan los compases de estas nuevas músicas en los jardines de palacio y que, además, tienen una calidad literaria y una vigencia en el tiempo como joyas de la narrativa breve son aún menos. Henry James y Pandora, su desconocida nouvelle para el público que lee en español, reúnen estas dos circunstancias. En sus Cuadernos de notas (1878-1911), James realiza el siguiente apunte:

“El héroe podría ser un secretario de legación extranjera –alemán– inquisitivo y escrupuloso”.

Exactamente James coloca al conde Otto Vogelstein, un Junker (un miembro de la nobleza terrateniente de Prusia y del este de Alemania), en medio de una trama que mostrará ese cambio de ciclo, que no es otro que el paulatino proceso de desaparición de la hegemonía de la Vieja Europa –que por entonces aún se medía, sobre todo para un junker, por la tríada pre-revolucionaria (sangre-cuna-título), y el ascenso de la Joven América, donde la nueva burguesía acoge superficialmente las maneras de esa aristocracia europea (aún se dan su garbeo en plan Grand Tour) y donde la cuna ya no compromete tanto como se pudiera pensar en el Viejo Continente.

Esos dos polos serán encarnados por el citado conde y por la heroína que le da nombre esta pequeña perla, Pandora.

datos_jamesLa obra se desarrolla entre dos cuadros que muestran, en todos los sentidos, una evolución en el personaje femenino: Otto Vogelstein viaja en un barco hacia EE.UU.; allí acude para integrarse en la carrera diplomática. En alta mar descubre a una joven americana que le llama la atención por su desparpajo y capacidad para moverse con naturalidad entre todo el mundo, pero ante la que él se muestra un tanto distante. Pasado el tiempo, esa misma joven le será de nuevo presentada como un personaje imprescindible en los salones de Washington, hasta el punto de conocer personalmente al Presidente de la nación. La sagaz elección de Henry James por un ser ajeno a los EE.UU. –recuerden que el escritor fue un americano que abrazó a Europa con el amor de un hijo que vuelve al hogar– le otorgó una capacidad de análisis desde la distancia poco comprometida de un funcionario alemán que cree aún en lo hegemónico y que se sorprende por que el estatus social de America se mida por las relaciones sociales y no por el origen. De hecho, él mismo ve cómo Pandora, procediendo de una familia de paletos de Utica, llega a conquistar, metafóricamente, el Capitolio.

Uno de los muchos logros de la obra se manifiesta en la construcción de la heroína.

A pesar del cierto reparo que James, sobre todo el último, provoca entre algunos lectores, es indudable que, además de su ya consabida maestría en cuanto al punto de vista, el americano se desenvuelve como un perfecto artista en la creación de caracteres. Muchos profesores de talleres de escritura encontrarían aquí un ejemplo prístino de cómo construir un personaje. En el caso de Pandora Day, no es sólo ella la que se retrata con sus gestos y sus puntuales y agudos parlamentos; alrededor del universo Pandora giran planetas de diferentes órbitas que ayudan a trazar la orografía de su personalidad. Su familia resulta el contrapunto de la joven al dibujársela como un grupo humano con escasa voluntad de cambio, subsumidos por la carrera de su hija en su afán de ascenso social. Pero serán los comentarios de otros personajes, junto a las tímidas e inexpertas miradas del conde Otto, los que vayan modelando y haciendo avanzar ante nuestros ojos a la encantadora señorita Day. La señora Dangerfield, durante el trayecto en el barco, advierte al conde sobre los peligros de un “nuevo espécimen” de joven. Esta etiqueta que se deja en suspenso queda completada trascurrido el tiempo por el matrimonio Bonnycasttle en Washington. El marido dirá: “ella es la fruta más reciente y fresca de nuestra evolución americana. Es la chica hecha a sí misma”. Y coloreará el retrato desgranando las características de esta nueva “fruta”: cultura demasiado vehemente y ostensible, pero que no podría mantener su pose intelectual en un tête-à-tête (la chica en el barco lee a Saint-Beuve, Renan, Musset y cita a Goethe); ocultamiento del pasado; viaje a Europa y fiel a un prometido de toda la vida. Tanto la señora Dangerfield como los Bonnycasttle realizan estas apreciaciones desde el descreimiento. A este perspectivismo poliédrico contribuyen el propio conde y esa magistral voz narrativa de la que hace gala James. Vogelstein es el ojo que le sirve al autor para tomar distancia ante la heroína y su circunstancia. Mirar el Nuevo Mundo desde la mirada de un alemán (“como sabemos los alemanes son gente trascendental”), dirá el propio narrador) proporciona un alejamiento entre irónico y humorístico. James a veces parece que tomara de Chesterton esa tendencia del creador del Padre Brown a asociar elementos para extraer del lector una sonrisa:

“Le parecía, a su vez, estar también en riesgo permanente de contraer matrimonio con aquella joven americana. Era una amenaza ante la cual uno jamás podía bajar la guardia, como sucedía con el ferrocarril, con el telégrafo, con el descubrimiento de la dinamita, con el rifle Chassepot, con el espíritu socialista… Indudablemente, constituía una más de las muchas complicaciones de la vida moderna”.

Como ocurre en la novela de Max Beerbohm, ‘Zuleika Dobson’, la protagonista sólo puede dejar a su paso admiradores y enamorados.

Pandora, para la mitología, fue una mujer hecha por mandato de Zeus para introducir el mal en la vida de los hombres, después de que Prometeo les entregara el fuego a éstos tras su robo a los dioses. La caja que abre nuestra Pandora es la de sus encantos para la conquista del mundo. La caja que abre James es la prefiguración de una forma de femineidad que daría en el siglo XX el nacimiento de un nuevo tipo de mujer. 

Por último, diremos que la delicada y hermosa edición de Impedimenta (y no nos cansamos de referirlo cuando hablamos de esta editorial) viene avalada por el trabajo impecable de la andaluza Lale González-Cotta, que aporta una introducción y una traducción con la misma excelencia que la casa para la que trabaja. 

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