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El Niño de la Hipoteca:
La perseverancia y talento hecho persona

El pasado lunes 6 de noviembre viví algo que es difícil de explicar, y no porque presenciara un milagro o algo parecido (lo siento, el estado político del país sigue igual), sino porque me llenó una sensación de orgullo y admiración, de alegría y bienestar, que no olvidaré nunca.

Alguno habrá que todavía no haya oído hablar de El Niño de la Hipoteca (Guiu para los amigos), y no los crítico, solo los compadezco (desde el cariño), porque no haber disfrutado de ninguna de sus canciones ni de estar en uno de sus conciertos es algo que, sinceramente, roba años de felicidad. Debería vivirse esta experiencia no solo por la calidad, las letras, el carisma o el humor que caracteriza a Guiu, sino también porque lleva detrás un trabajo y una constancia que deberían ser ejemplo para cualquiera que tenga el valor de luchar por sus sueños del mismo modo en que él lo hizo.

Pero empezaré por el principio.

Tranquilos, no me extenderé mucho.

Tengo la suerte de decir que le conocí antes de que El Niño de la Hipoteca naciera (antes incluso de que se planteara siquiera ese concepto), de esa manera casual que te susurra al oído que si el destino te ha puesto ahí, si has conocido a esa persona, es para algo más que para tener una simple amistad. No entraré en detalles de las fiestas o locuras que vivimos juntos, ni tampoco sobre las conversaciones que teníamos casi cada tarde, cuando iba a visitarle a aquel Gong donde trabajaba y donde la música, el cine y las chicas ocupaban la mayoría de nuestras sílabas, así que simplemente diré que verle crecer como músico, en pequeños locales primero y después en grandes con aquellos míticos The Singletons, después pasar a los Lechugas en los Tanatorios (donde adoptó su nombre artístico), y acabar finalmente como el admirado Cantautuber, fue un viaje mágico a tantos niveles que no sabría por qué tecla de este ordenador empezar.

Guiu es el ejemplo viviente de que si deseas algo con todas tus fuerzas y contra todo lo que el mundo nos va a colocar delante para que no lo logremos, se puede llegar a la meta; despeinado y con algún mal golpe recibido, pero se llega. Y esa nueva meta que atravesó el pasado lunes, como era de esperar, no lo hizo solo ni con un ego de esos que hacen que los amigos dejen de serlo, sino que decidió reunirse de una pequeña muestra de aquello que ha cosechado en todos sus años de carrera: los amigos que ha hecho en concursos y festivales, en bares y en giras, de tantos estilos y voces y ritmos que, cuando al final compartieron todos el escenario, fue alucinante oír cantar juntos a Macaco, La Pegatina, El Kanka, Mundo Chillon, Shariff, Rafa Pons, Arnau Griso, Bely Basarte, Antílopez, Ferran Exceso, Green Valley o Rozalén (además de muchos más que me dejo porque la lista fue INMENSA), que el Auditorio se vino abajo como nunca lo había hecho; y jamás lo hará.

Sé que cuando acabéis de leer esto, y si no conocéis a El Niño de la Hipoteca, iréis directos a Youtube y buscaréis sus canciones, igual que sé que os encantará y os diréis Que putada no haberle conocido antes y así haber ido a verle al Auditorio, pero os tengo una muy buena noticia: la carrera de este gran músico y mejor amigo todavía tiene muchos quilómetros por delante, millones y millones, así que no os preocupéis porque, muy pronto, podréis disfrutar de él.

Palabra de fan.