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Cómo matar a un lector: 57 métodos al alcance de todos los novelistas

Todos los autores a examen

por Rosa Panadero

Lo normal no es comenzar un párrafo con cita textual, pero no queda otra: “Ya lo dijo Mike Tyson en un alarde de sabiduría: Todo el mundo tiene un plan hasta que le das la primera hostia”. [sic] Así es como Carlos Luria recomienda a los escritores “no-escritores”, en su libro Cómo matar a un lector: 57 métodos al alcance de todos los novelistas, que mejor no sacrifiquen sus fines de semana si durante los días laborables se dedican a otra cosa, porque la tarea no les va a lucir. O escribes siempre, o no eres escritor. Y dado que las palabras nos hacen transparentes por el léxico que usamos o el doble sentido que le damos a los términos, los egos de los autores quedan al descubierto de cincuenta y siete formas diferentes. Algunos novelistas aúnan varios métodos, dicho sea de paso.

El libro sorprende por los muchos defectos que acumula —de los escritores en general, no del autor en particular—, como si las recetas secretas salieran a la luz y se viera lo que mal que algunos mezclan los ingredientes, a pesar de que las editoriales encumbren a ciertos autores pese a repetir una y otra vez el mismo libro con distinto título, o pese a no darse cuenta ellos mismos de que podrían cambiar la literatura por la botánica y el mundo no se daría cuenta de la nueva vocación. En versión 3.0, incluso podrían combinar ambas aficiones y escribir un tratado sobre plantas, pero, sobre todo, no una novela ambientada en un invernadero.

Una vez que se leen los métodos lectoricidas, no hay vuelta atrás: nunca más se volverá a leer un libro con los mismos ojos, se detectará en cuestión de palabras el mal del que adolece el libro. Ya nunca viajaremos del paisaje exterior a la psicología interior del personaje ni al revés, ni nos sentiremos apocados antes los cultismos pasados de moda de autores que creen sentar cátedra viendo “salir el sol por Antequera” (o por el este, que es lo mismo), o haciendo alarde del ruido abstracto. Como sentencia Luria en algún momento, “el diccionario de sinónimos en manos de un enfermo filático es un arma de destrucción masiva”.

También quita el velo a los que procrastinan o se enfrentan a la página en blanco: no existe ese mal si el cerebro bulle de ideas y de la emoción no hay tiempo para ordenarlas. Así que quizá habría que hacer mucha autocrítica como lectores y como autores sobre qué es literatura y qué no lo es. Me aventuraría a decir que gran número de los autores de actualidad son gente de postureo, porque no hay estimulantes suficientes para llevar a cabo tantos saraos sin tener una mano que lo escriba todo por un módico salario sin declarar autoría, pero ahí las editoriales tienen la última palabra. Y también la primera si son los que lo encargan.

No os perdáis la entrevista al autor.

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