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Tú y yo no somos iguales… porque no quieres

A veces ir a trabajar sirve para algo más que ganar dinero, tener sueño, ligar con compañeras (con 24 años era casi más sencillo que en las discotecas) o entender cómo funciona eso de la escala de poder. En ocasiones eres testigo o participas en conversaciones que te abren los ojos y te ayudan a comprender lo jodidamente perdido que está el mundo, y lo estúpida que puede llegar a ser la sociedad.

Y entonces haces como yo, sales, te metes en un bar, te tomas una Estrella de Galicia, y te pones a escribir.

Todo empezó cuando se me ocurrió decir a una compañera que le quedaba muy muy bien un vestido que se había puesto (bendito verano), y ella dijo que gracias, que se lo regalo su novio y eso, pero tuvo que pasar cerca, o acercarse directamente para meterse en la conversación, otra (aquí no diré compañera) que trabaja con nosotros, y soltó la bomba que ni se había pedido ni nadie de los que estábamos ahí habíamos tenido en mente: que eso que había dicho podía tomarse como acoso en el trabajo. Así, de golpe: BOOM. Los que estábamos desde un principio en la charla, y sabíamos cuál era el tono amigable de aquel sencillo intercambio de palabras, nos lo tomamos a broma (obvio, porque este tipo de comentarios solo pueden salir o de una broma o de una enferma mental sin cura…. y sé de qué pie cojea esta porque conozco algo a la del curro), y entonces uno que estaba con nosotros preguntó que si me tocaba a mí el culo también iba a ser acoso sexual, a lo que la otra contestó (cuidado aquí): no, porque entre dos hombres no existe eso, solo a las mujeres.

“uno que estaba con nosotros preguntó que si me tocaba a mí el culo también iba a ser acoso sexual, a lo que la otra contestó (cuidado aquí): no, porque entre dos hombres no existe eso, solo a las mujeres.”

Bien…

Vale…

Dejando de lado lo jodidamente ofensivo que puede ser ese comentario para todos los hombres, homosexuales o heterosexuales, que hayan sido acosados o molestados en el trabajo/instituto/donde sea, lo que me dejó con una cara de tonto de las que valen oro es que la otra, lejos del tono humorístico de la charla, se había quedado seria y a la espera de que entráramos en el debate; cosa que no hicimos porque, por si no lo sabíais, lo peor que puede hacerse cuando un imbécil trata de picarte, o intenta empezar una discusión panfletaria, es seguirle el juego. Así que dije que no me apetecía entrar en eso, el otro que tenía lío, y la del vestido bonito que estaba liada.

¿Podríamos haber entrado a trapo y decirle que eso que acababa de decir era el motivo por el que el feminismo está, por desgracia, perdiendo la partida cuando las que van de abanderadas del movimiento hablan y dicen mierdas de este tipo?, por supuesto. ¿Fuimos unos cobardes al no hacerlo y, al irnos, ella se habrá quedado con la sensación de que tenía toda la razón del mundo y seguramente se habrá ido a casa, sola, con una sonrisa de superioridad?, pues quizá si lo fuimos un poco, o puede que a ninguno nos apeteciera entrar en ese tipo de embarrados debates sin sentido ni utilidad, pero me apuesto lo que queráis a que ella estará ahora mismo todavía en el trabajo pensando que nos ha dado una lección de por vida.

El problema de este tipo de personas, y de los comentarios que sueltan con la misma naturalidad del que bebe agua, es que no salen de cabezas bien amuebladas ni con varios libros, discursos, o artículos a sus espaldas, sino de fanáticos a los que solo les mueve ese segundo de superioridad moral, ese creer que están por encima de los demás, dejando de lado el motivo por el que, en cualquier ideología o movimiento político, se deberían hacer las cosas: mejorar el mundo, la vida de los demás, y dejarles un mundo mejor a los que vengan detrás. Pero a ninguno de esos supuestos salvadores les importa una putísima mierda todo eso, ellos solo quieren soltar veneno y poner en altares a supermentes o a personalidades que les creen un personaje y les ayude, con toda seguridad visto lo visto, a follar o a ascender en el trabajo. Ambas cosas, por cierto, que nada tienen que ver con el bien común, y mucho con el egoísmo más rancio.

“La idea de que un hombre no podría denunciar acoso laboral solo porque es un HOMBRE, es algo que solo puede defender un anormal que odia inconscientemente la libertad y el libre albedrío”

La idea de que un hombre no podría denunciar acoso laboral solo porque es un HOMBRE, es algo que solo puede defender un anormal que odia inconscientemente la libertad y el libre albedrío, y que da la casualidad que suele ser el mismo que lo defienden como si fuera uno de sus hijos (el mundo a veces es maravilloso y nos regala gilipollas de este estilo).

La humanidad está muy enferma, y este tema de la guerra de sexos no ayuda a que la convivencia mejore. Tampoco ayuda que haya parásitos en ambos bandos, avivando las llamas con noticias falsas, discursos casposos, manifestaciones tramposas o dedos acusadores sin una idea clara detrás, más allá de la triste ilusión de creer que hacen algo por una causa que ni comprenden ni respetan verdaderamente. Así que vale, podéis decir todo lo que queráis sobre este tema sin aportar nada ni usando frases inteligentes; en serio, seguid. Porque este tipo de panfletos hablados solo consiguen que no os sigan ni os entiendan aquellos que en realidad estarían con vosotros si no fuera porque os sale, y bien salida, la vena nazi del cuerpo, esa que insulta sin saber, tacha por deporte, o pide sacrificios sin más pruebas que el “yo lo digo”.

Y, como todos sabemos de un modo u otro, la libertad no empieza en lo que dicen que debes hacer para ser libre, sino en lo que haces por el simple placer de hacerlo, así que suerte con vuestra cruzada, y avisadme cuando dejéis de estar al lado de los fascistas que tanto criticáis.

Te estaremos esperando con cerveza fría y muchas risas auténticas.

+ REFLEXIONES DESDE MI...

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