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¡Respétame, gilipollas!

Una de las bases de la convivencia, al menos en mi humilde y loca opinión, siempre ha sido el respeto por los demás.

Y no estoy hablando de que no puedas dar tu opinión sin miedo, o de prohibirte insultar a quién quieras, y ni siquiera estoy poniendo sobre la mesa que vaya a defender a alguien que está en las antípodas de mí en cuanto a modo de ver el mundo. Para nada. Me refiero a algo tan simple como no anteponer la vida privada de alguien, y sus gustos o elecciones, a la hora de tratarle o dirigirme a él.

Y sobre todo a que si quiero algo para mí, si lucharía con uñas y dientes para lograrlo, no hay que ser hipócrita y ponerte en plan nazi con el de al lado solo porque no esté de tu lado.

Porque si quieres que te respeten, que te dejen hablar y te tengan en cuenta, ¿que menos que hacer lo mismo por los demás, aunque ellos no sean de tu bando?

Vamos, digo yo, por eso de no ser un ciego que no deja ver.

Últimamente, y cada vez más y peor, nos rodea un sentimiento de odio y de imposición, tanto moral como física, que empieza a parecerse a esos enormes edificios en los que por ser una raza distinta, de una ideología, o gustarte un tipo de personas en lugar de otras, te encerraban (para que no te mezclaras con los “normales”) y te torturaban sin compasión (esto era más por vicio/odio/porque la raza humana es así).

Y es divertido, al menos visto desde mi humor retorcido y lleno de oscuridad, ver como los mismos que estuvieron dentro ahora quieren encerrar a los demás, por una especie de justicia poética o por ese jodido rencor que nos impide ser libres y, como borregos, nos obliga a seguir chocando una y otra vez contra la pared en lugar de cruzar la puerta y seguir con nuestras vidas lo mejor que podamos.

Porque ya se sabe que el egoísmo es también algo innato en el ser humano, igual que la codicia, el ansia de poder, la ira, o la jodida falta de memoria e inteligencia a la hora de actuar (yo sí, pero tú ni de coña), vestir (un día hablaré de esas camisetas), hablar (que más que hablar es un eco gastado y casi moribundo que sigue y sigue) o señalar a los demás (o lanzarles cosas, ya puestos), mientras usamos como escudo la incultura popular, que como todo el mundo sabe está construida con panfletos para memos, pegamento fabricado por ansias de totalitarismo, y tiene forma de bandera ideológica.

Me prometí no perder mucho tiempo con este tema, por lo lógico y a la vez absurdo que es tocarlo, pero es que los dedos queman cuando te das cuenta de que estamos de camino a un agujero tan profundo y lleno de gritos y empujones, tan colapsado de falsos que no cambiarán nunca, que opté por respetar sus tonterías y apartarme de ellos.

Colocarme bien lejos, pero al tiempo muy cerca de lo que de verdad debería ser su diana a la hora de luchar, como los problemas sociales auténticos, todas las violaciones, los asesinatos llevados a cabo por descerebrados, y, sobre todo, los que están de verdad haciendo algo para solucionar esta locura, que desde luego no viven del dinero público o levantan el puño en una dirección guiados por quién es su dueño en la sombra, cuya correa es muy corta y huele a mentiras y monedas oxidadas.

Y ahora, si me disculpáis, tengo que seguir con mi vida, con mis ideas, y con mi forma de actuar y de tratar de arreglarlo todo.

¿Te parece bien?

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