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El periodismo del siglo XXI

(y cómo nos desinforma)

Cuando de pequeño me preguntaban qué quería ser de mayor siempre decía, y sin tartamudear, que veterinario. Quizá por el hecho de que me gustaban (y me gustan) mucho los animales y me llenaba, en el futuro, poder ayudarlos y hacerles la vida más sencilla y amena. Después descubrí que había que meterse en una universidad, y por el bien de mi hígado, por mi pánico a contraer enfermedades de transmisión sexual y, seamos del todo francos, por la vagancia de seguir estudiando, me decanté por un módulo de grado superior de dos años, gracias al cual he acabado trabajando con animales; aunque investigando con ellos.

La vida es una rueda extraña, sin duda. Un camino lleno de imperfecciones y de promesas que se rompen sin que nos demos siquiera cuenta de qué es lo que verdaderamente estamos haciendo o habíamos prometido y, como por desgracia soy humano, me ha tocado recorrer una la hostia de irónica. Pero bueno, al menos tengo buenas historias que contar y un buen discurso contra los que dicen ¡pobres animales!, y ya está.

Pero no iba a hablar de esto… lo siento.

La idea de este artículo es hablar sobre lo que, a día de hoy, diría que me gustaría ser de mayor, sobre lo que habría estudiado cuando tuve la oportunidad y que a estas alturas de la película no es que sea imposible, pero vuelvo a lo de los herpes y mi pobre hígado.

Periodista.

Es una profesión que desde que empecé a tener consciencia y a darme cuenta de cómo funciona el mundo me tiene, con la mano en el corazón, fascinado. Ser periodista ahora mismo, en el siglo XXI, es casi como ser un superhéroe o el líder de una secta, porque solo con palabras puedes hacer que la sociedad haga y opine las cosas más estúpidas o salgan a la calle repitiendo tus reflexiones sin haber comparado la información. A veces, cuando pongo la tele y veo a alguno de esos superhombres, me fascina la diferencia entre una cadena u otra, entre lo que defienden unos y otros pasándose, ambas partes, por el forro de los cojones algo que creo que se llama ética.

¿No sabéis qué película poneros en esos ratos de aburrimiento?, pues haced zapping un martes por la mañana de la Sexta a Antena3, o de Telecinco a TV3, y os aseguro que os lo pasaréis mucho mejor que viendo cualquier comedia de Seth Rogen.

Esos destructores de la realidad con el solo poder de las letras saben qué subrayar y qué tachar, a quién señalar y a quién tapar, y lo más divertido es que a veces incluso se les escapa una sonrisa o un gesto juguetón, como si fuera superior a ellos decir alguna de sus polladas o defender a cualquiera de los esperpentos que les pagan por sus lamidas de ojete. Pero lo que de verdad me hace morirme de risa no es solo eso, porque cada cerdo se entretiene comiendo la mierda que más le alimenta, lo verdaderamente trágico es que los que se tragan sus mentiras se creen bibliotecas andantes, capaces de defender el punto más rocambolesco y tonto, la mentira más absurda y anormal, ¡e incluso se pegan por ellas! Como si no hubiese mejores motivos para partirle la cara a alguien, como la educación, por ejemplo.

He llegado a la conclusión de que creo, me temoen realidad, que no hay manera de salir de esta bola de hámster, porque todos los que lo han intentado no acaban logrando ni un 1% de los apoyos que aquellos pertenecientes a los periódicos digitales o de papel más “serios”, o en los programas de debates los tratan poco menos que como mujeres barbudas o enanos de circo. Nuestra “inteligente” especie prefiere seguir a pies juntillas a alguien con carisma (al que la mitad de las veces ni comprenden pero, ¡oye!, quizá sea porque es más listo que yo y, ¡joder!, ¡eso quiere decir que tiene razón sí o sí!) que a alguien con la verdad en su mano, seguramente porque lo que te regalan estos segundos no te va a gustar o te obligará, Dios no lo quiera, a replantearte tu realidad y tratar de, ¡Dios mío!, cambiar.

Me encantaría ser periodista. Pertenecer a esa élite que manipula a todos los becerros de este planeta mientras dejo que la verdad me comiese la polla al tiempo que le pegaba un tiro en toda la cabeza a la promesa que hice en la facultad de ser moralmente neutro a la hora de escribir sobre lo que pasa en el mundo, olvidando y despreciando el miedo que experimentaron aquellos que, hace muchos años, se jugaban de verdad la vida escribiendo sobre lo que pasaba a nuestro alrededor.

Me encantaría poder levantarme cada mañana y, desnudo en el espejo, decirme mientras me miro a los ojos: hoy voy a hundir a <cualquier líder político>, dándole la vuelta a lo que dijo/hizo ayer, y cuando salga toda la turba a manifestarse, llenos de una ira que no comprenden y vitoreen mis palabras, yo seguiré aquí tranquilo en mi casa, ganando dinero haciendo aquello que cualquiera sabe hacer pero, pobrecillos, no tan bien como yo: MENTIR.

+ REFLEXIONES DESDE MI...

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