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Bellas Durmientes / Stephen King y Owen King

Una nueva reinvención

por Manuel Gris

Millones de fans tenemos que reconocerlo, no podemos engañarnos más tiempo: el Stephen King que nos enamoró en su día no va a volver nunca más.

(Pausa para llorar un poco)

Esa frase, que por muchos motivos debería ser algo muy malo y que haría que los cimientos de la literatura se desplomasen, no es más que algo que en algún momento tenía que pasar. Es inevitable y, en muchos aspectos, necesario. Un escritor no puede estar toda la vida escribiendo sobre lo mismo, una y otra vez, y pretender que los lectores le sigamos ciegamente como borregos, porque si eso se hace lo que de verdad pasa es que se deja de disfrutar del arte de escribir y se vuelve todo muy artificial, casi mecánico, y sacrificaríamos a esa gran mente en pos de un entretenimiento aburrido y nada especial. Ha pasado con Dan Brown (barco insignia del copia pega de libro a libro), pasó con Bukowski en sus últimos años (incluso él lo dijo en su libro El capitán salió a comer y los marineros tomaron el barco), y por desgracia pasará con muchísimos que adoramos e idolatramos.

Pero no con Stephen King; no señor.

En esta última novela que ha escrito con su hijo Owen King (del que no había leído nada) encontramos pequeñas pinceladas del autor más loco y perverso, con escenas muy pero que muy chungas, pero no dejan de ser pequeños homenajes que él mismo se hace o que, seguramente, su hijo le animó a hacer. Lo cual me lleva a una teoría que tengo sobre el modo que han tenido de escribir el libro, y que gracias a la increíble traducción de Carlos Milla no se pierde, que es que se el libro no fue escrito a cuatro manos uniendo fuerzas y haciendo un bloque férreo, sino que se iban pasando la historia y cada uno escribía un capítulo ya pactado pero con cierta libertad artística. Me baso en que el tono y la forma de expresarse es muy diferente dependiendo de la escena, como las descripciones y forma de opinar sobre lo que pasa (que al estar escrito en tercera persona omnisciente te da la sensación de que en realidad, quizá, no te lo está contando todo un solo Ser sino dos), donde se nota claramente dos generaciones distintas de hablar con el lector, de llevarle; una más clásica y potente, y la otra mucho más desenfadada y experimental, lo que hace que la lectura se haga mucho más interesante y, como en otros libros corales, te alegres o no de empezar a leer sobre el personaje que le toca ser el protagonista.

Porque esa es otra, cuando un libro lo primero que te deja leer es una lista de personajes con sus descripciones, ponte a temblar porque estás delante de una monumental obra donde vas a seguir a tanta gente (con nombres inteligentemente bien puestos para hacerlos curiosos y los recuerdes mejor) que no vas a tener tiempo de aburrirte. en este punto es inevitable recordar La Cúpula, en la que también era más protagonista el pueblo que las personas que lo habitaban. Pero en este caso me aventuro a decir que los Kings hacen mucho mejor trabajo, pues la historia que aquí nos dan está mucho más trabajada, pulida, con tantas capas que a veces no tienes la seguridad de haber entendido lo que de verdad te están queriendo decir y, por suerte, nos regala un final bastante bueno si lo comparamos con, por ejemplo, Revival, el Doctor Sueño o la ya nombrada Cúpula (lo cual, añado, tampoco era difícil).

Bellas Durmientes es uno de los libros más buenos que el rey del terror nos ha regalado en mucho tiempo, y sigue consiguiendo algo que muy pocos autores de cualquier generación pueden hacer: que incluso los capítulos con mucho relleno (comúnmente llamada “paja”) hagan que el lector disfrute de la lectura aunque no avance la historia o lleves 100 páginas sin que pase casi nada. Eso es algo que siempre he aplaudido, y que para mí ha sido la característica principal que siempre debe tener un buen escritor, el hecho de que aunque no estés diciendo nada, el lector no pueda dejar de leerte y disfrutarte.

Así que todos en pie y gritemos: Larga Vida al Rey.    

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