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Pérez-Reverte: “Soy de Cartagena y me han puteado igual que a los catalanes”

Nos guste o no, Arturo Pérez-Reverte es la conciencia de España

por Rosa Panadero

Escucho a Arturo Pérez-Reverte presentando Una Historia de España y parece que me adentro en las verdades como puños que ya contaba en Territorio Comanche hace más de un cuarto de siglo, cuando en aquella guerra sinsentido de la Yugoslavia que se desgarraba en jirones, grabó la entradilla con su cameraman para el telediario, y cumplida la tarea, los dos dejaron los trastos a un lado y se arremangaron para ayudar a los heridos de aquella cola del pan de Sarajevo que segó la vida de decenas de personas mientras esperaban llevarse un trozo de pan a la boca. “Para entender esas guerras necesitaba los libros, para comprobar el horror”, dice el académico de la RAE. Un compromiso con la verdad. Sin intención de ocupar el sillón de historiador, sino el de testigo de la historia. No un testigo mudo, más bien al estilo de Pepito Grillo. Nos guste o no, Arturo Pérez-Reverte es la conciencia de España.

Una sinceridad sin filtro

Pérez-Reverte nunca deja a nadie sin opinar, y lejos de echar flores a ninguna corriente política, acusa a ambas partes de la destrucción del estado español que vivimos: “Blanquear la historia de España es malo, y denostarla es malo porque oculta la parte luminosa. Puedo permitirme el lujo de hacer la historia que no le gusta a nadie pero que me gusta a mí. La historia de España es amarga por los propios españoles, ha sido nuestra manera de enfrentarnos a las cosas. De Heródoto a hoy, se repiten las mismas cosas”. A las versiones clásicas de derecha e izquierda, él añade una tercera –los nacionalismos, “que imponen historias parciales y convierten la historia de España en distintos lugares sin relación entre ellos”–, y una cuarta, la de que España existe como un lugar donde ocurren cosas buenas y malas.

Alguna que otra cita, como la de Amadeo de Saboya, “Si al menos fueran extranjeros los enemigos de España, todavía”, hacen sonreír a los críticos autosuficientes de la mesa adelantada. “No es un ejercicio feliz leer la historia de España, es una sucesión de momentos a punto de tocar la decencia, la honradez, y por alguna razón perdemos el tren de la historia”, reflexiona el autor.

Su imagen de la historia

En cuanto a verdugos y víctimas, tiene muy claro que las generaciones que vienen no tienen nada fácil la convivencia: “Un joven ignorante de lo que somos, de lo que fuimos, está indefenso. Es una oveja  a merced del lobo. La desvergüenza de tantos ministros de educación de todos los colores hace que los jóvenes se enfrenten al siglo XXI sin saber quiénes fueron sus abuelos y bisabuelos, lo bueno y lo mano,… se ha hecho una asociación infame de la historia. Eso es un cáncer peligrosísimo y estamos metidos de lleno en él”.

García Lorca también sale a relucir en un momento de la conversación con los periodistas: “El español que no ha estado en América, no sabe qué es España”. Mientras tanto, los que se han quedado dentro han conseguido emponzoñar el aire. “La izquierda le ha regalado la historia a la derecha, todo lo que empezó, fue antes de Franco. España es un estado demolido, pero no sabemos qué nos estamos cargando y entre los escombros hay gente que no se merece esto”, advierte.

¿Cómo se pueden combinar las diferentes visiones? “Algo muy español es que está aquí o allí. La historia no es buena o mala, es y ya está. Asumir y comprender que nos hemos hecho en lo bueno y en lo malo. No hay que blanquear la leyenda negra, hay que explicarla, no hay que negarlo, sino contextualizarlo, por qué se daba eso: el centralismo de los Austrias, Europa,…”

Versiones opuestas de la historia

En España siempre convivirán visiones opuestas porque históricamente siempre ha sido así: “Desde las tribus prerromanas, las invasiones bárbaras, la invasión musulmana y los dos reinos durante ocho siglos de cristianos y musulmanes. Hay una división en la composición de España que nunca consigue la unidad. Al contrario de Francia, donde machacaron todo. Aquí existen factores disgregadores, la guerra del moro, la Inquisición creó el sistema de sospecha del vecino, igual que el islam de ahora, con la que no lleva velo, el que no reza… se sospecha, se denuncia… hemos tenido siempre esa dualidad”.

Su discurso recuerda la amarga lucidez del barroco español que revive con melancolía en las novelas del capitán Alatriste. “Al enemigo no lo queremos derrotado, lo queremos exterminado, degollado. No queremos conversos, queremos tumbas”, dice para explicar ese odio cainita que nos enfrenta unos a otros. “Infamia, desinterés, envidia, insolidaridad, apatía,… son las culpables de la demolición del Estados español, de todos los colores políticos. El único cemento en España es la memoria común, las lenguas, la historia de sufrimiento común. Soy de Cartagena y me han puteado igual que a los catalanes, a los navarros con Fernando el Católico…. Destruir la lengua es perder América, destruir la memoria es destruir España”, explica Pérez-Reverte. ¿Hay alguna posibilidad de salvar los trastos?

¿Y cómo enfrentarse a esta manipulación de la historia?

Parece ser que sí, pero hay que echarle ganas: “Somos variadísimos, divertidísimos, apasionantes. Como en la película “Ocho apellidos vascos”, te partes al estar todos juntos cuando les quitas lo que nos une, son marcianos. Sin cemento estamos perdidos.” El peligro estriba en ese tono políticamente correcto que nos auto flagela contra nuestra propia cultura: “Somos nosotros, los padres que no exigen a los colegios que disfrazan a los niños de pavos para el Acción de Gracias,… pero Cervantes era islamófobo porque mataba turcos,…” Así, poco a poco, la tarea de acoso y derribo va ganando terreno: “Demolemos el estado, ¿quién lo va a reconstruir? ¿Rivera, Casado, Echenique, Monedero, Quim Torra…? ¿Me van a crear ellos un estado de bienestar?” Al final tendremos que agarrarnos a un clavo ardiendo, don Arturo. “Ahí está Felipe VI, guapo, elegante, que sabe escuchar, que tengo controlado en sus apariciones,… dado el panorama, algo que sostenga este tinglado en demolición. Soy republicano de corazón y monárquico de razón”.

Mientras, en la arena parlamentaria no hay mucho de dónde sacar: “En el debate político falta cultura y generosidad. Que busquen solidaridad, no el exterminio del otro. Echo en falta tener socios de aventura, compañeros dignos de pelea, de combate”, lamenta.

No sé si nos dejamos algo en el tintero, me temo que no. “El español, hombre o mujer, es un ser muy peligroso, por razones geopolíticas y complejas. Esos líderes políticos somos nosotros, también. Conociendo las causas, tenemos que intentar no hacerlo. Nadie que no conozca la enfermedad, puede curarla. Mientras no exista esfuerzo nacional, territorio de España, seguiremos siendo peligrosos”.

Una última cosa, don Arturo. ¿Podríamos reeducar a los padres para que inculcaran los valores a sus hijos? “¿Escuela para padres? Eso no existe”.

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