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Apolo XI, hasta los Lego van a la Luna

por Rosa Panadero

Al tiempo que se estrena Apolo XI en los cines, el fabricante de juguetes Lego festeja el medio siglo de la llegada del hombre a la Luna con una reproducción de la nave en 1.087 piezas asesorada por técnicos de la NASA.

A aquella expedición lunar y a todo lo que la NASA ha desarrollado le debemos gran parte de los objetos que usamos hoy, como el velcro, el microondas, ciertas comidas, y sobre todo cine, mucho cine, como las pelis recientes Marte de Matt Damon, Gravity de Sandra Bullock, Los Pasajeros de Jennifer Lawrence y por qué no, Jimmy Neutrón, el niño inventor, además de los Lego asesorados por la NASA. No sabemos para qué sirvió ir a la Luna, pero fuimos. Celebrémoslo y hagamos America Great Again. 

Un aniversario muy especial

Posiblemente la estación de la NASA de Robledo de Chavela (Madrid) y el Museo Lunar se conviertan en sendos centros de peregrinación con niños este verano con el estreno en cines de Apolo XI, una ocasión única para rememorar lo que nuestros abuelos hacían cuando se informaban de cómo iba el mundo viendo el NODO en las pantallas de cine.

Así ayudaremos a perpetuar el complejo de inferioridad que aquejó a los estadounidenses en la carrera espacial que ganó la Unión Soviética. En 1957 Laika ya había ladrado dando vueltas alrededor del planeta azul a bordo del Sputnik 2 y el soviético Yuri Gagarin (qué sonrisa hollywoodiense, por favor) orbitó alrededor de la Tierra en 1961, así que llegar a la Luna por llegar, lo que se dice llegar, es un hito en 1969, pero tampoco le valió de mucho a Estados Unidos, que desde el principio iba por detrás de la URSS y su programa espacial, iniciado por Wernher von Braun y perfeccionado por Sergei Pavlovich Korolev.

Pero ahí estaban los yankies dale que dale tratando de cumplir la profecía que el malhadado JF Kennedy no pudo ver cumplida. En los libros de liderazgo queda para siempre esa anécdota del 35º presidente de los EE.UU. que se paró a hablar con un limpiador (peor, en inglés janitor esel que limpia retretes) y le preguntó qué hacía allí. “Yo no limpio, sir, ayudo a poner un hombre en la Luna”. Aunque ni él ni Katherine Johnson, ni ‎Dorothy Vaughan ni ‎Mary Jackson aparezcan en el documental, es indudable que el espíritu de equipo, con independencia de la calidad humana de algunos decisores, es lo que impulsa a lograr los objetivos. Lástima que para recordar que el aniversario del 16 de julio de 1969, cuando cuatro días más tarde llegaron los primeros dos hombres en la Luna —Michael Collins no bajó cuando el pasaje era gratis, ahora lo que pretende cobrarnos Sir Richard Branson con sus Virgin cohetes es prohibitivo—sólo se muestre una parte de la historia.  

Apolo XI, donde no se ve a una sola “figura oculta”

No hay una imagen en esta película con imágenes reales en la que se vea a las auténticas Johnson, Vaughan, y Jackson de fondo, sólo primeros planos de los WASPs, excepto un afroamericano que se coló entre los rednecks que oteaban en la distancia el lanzamiento del Apolo XI desde el Centro Espacial Kennedy de Florida. Al parecer, todos los que triunfaron en la odisea de alcanzar nuestro satélite eran blancos, a pesar de que, para entonces, Johnson y las otras calculadoras negras ya gozaban de la confianza tácita del equipo de hombrecitos anglosajones que dirigían la NASA.

 

Por lo demás, en la película se ve a los astronautas, las infinitas salas de control de la NASA cual praderas eternas del Oeste, y se oye mucha comunicación por radio en plan “teléfono roto” que da dolor de cabeza.  A Buzz Aldrin sólo le falta venir a comer a casa: le he visto tantas veces en la tele, en conferencias, en visitas alrededor del mundo, que parece que no sólo fue a la Luna en 1969, sino que es más marciano que Matt Damon con escafandra.

Los personajes reales

Sin quitar méritos a Neil Armstrong, al propio Aldrin y a Michael Collins, huelga decir que la misión “pisar la Luna” es, con permiso de Trump, un poco infantil, así como jugar al escondite, por mí y por todos mis compañeros y por mí el primero. Lo describió Tom Wolfe en Elegidos para la gloria, donde narra a modo de reportaje cómo los mejores pilotos de la US Air Force, con el atractivo John Glenn entre otros, los más mimados y a los que más travesuras se les permitía cometer en el ámbito público y privado (carreras de coches que ni en el parking del Wanda, alcohol y sexo), sufrieron de pataletas infantiles cuando descubrieron que no pilotarían sino que serían pilotados o, mejor dicho, que serían expulsados a una órbita calculada que les devolvería al punto de partida (unos grados aquí o allí en el amerizaje daba igual), y que todo su glamour como pilotos de caza se reducía a pasajeros sin poder de decisión.

Afortunadamente aquello fue mejorando desde las primeras misiones alrededor de la Tierra —capítulo aparte el pipí de Alan Shepard durante las tres horas de retraso que sufrió el lanzamiento de su cápsula— hasta llegar al Apolo XI, una odisea en el espacio.

A aquella expedición lunar y a todo lo que la NASA ha desarrollado le debemos gran parte de los objetos que usamos hoy, como el velcro, el microondas, ciertas comidas, y sobre todo cine, mucho cine, como las pelis recientes Marte de Matt Damon, Gravity de Sandra Bullock, Los Pasajeros de Jennifer Lawrence y por qué no, Jimmy Neutrón, el niño inventor, además de los Lego asesorados por la NASA. No sabemos para qué sirvió ir a la Luna, pero fuimos. Celebrémoslo y hagamos America Great Again.

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